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En El lado oscuro del corazón (Eliseo Subiela, 1992), Oliverio es el poeta perfecto. Guapo, bien vestido, conquista mujeres con versos de Girondo, Gelman y Benedetti, y habita una Buenos Aires bohemia, de whisky, cigarrillos y camas revueltas. De algún modo es la perfecta fantasía del poeta maldito latinoamericano: sensible, viril, subversivo, trascendente. Celebrado por un mundo donde la poesía todavía tiene valor social, seduce, fascina y permite una vida viable. Tres décadas después, Un poeta propone el reverso exacto: Óscar Restrepo (Ubeimar Rios), un poeta fracasado de Medellín. Feo, sin dinero, dependiente de su madre, encerrado en un cuarto de infancia donde reposan olvidados los dos libros que publicó décadas atrás. Si Oliverio encarna la idealización del arquetipo maldito, Óscar materializa su versión más ruinosa. Rechaza trabajos porque (dice) “es un poeta”, pero no escribe ni publica. Bebe hasta perder la conciencia y amanece sucio y desprolijo en aceras. Grita “poeeesíííaaa” por las calles y cuelga en su cuarto la foto de José Asunción Silva —poeta suicida, maldito perfecto— como recuerdo de una promesa juvenil incumplida. Donde Oliverio era un poeta con poesía y una vida poética plena, Óscar es un poeta sin poesía, habitando un mundo prosaico donde nadie parece recordar cómo volar.
Esa imposibilidad define el tono de la película. Mesa Soto no parece fascinado con el arquetipo del maldito, más bien parece que observara con un grado de escarnio. Desde Quevedo y sus burlas del hermetismo de Góngora hasta la antipoesía de Parra, satirizar al poeta forma parte de la tradición hispana. Mesa Soto se inscribe en la tradición y a su modo la radicaliza, satirizando ya no al poeta hermético que oscurece lo claro, sino al que ni siquiera produce versos y vive en una grotesca fantasía juvenil. La risa surge así de la distancia entre lo que esperamos que sea un poeta —la idealización de Subiela— y lo que Óscar materializa: un hombre desagradable, sin versos y con problemas de bebida. Así, entre el poeta exigido por la tradición romántica y el poeta consumado por Mesa Soto, se abre el abismo risible.
Pero el filme expone sobre todo las condiciones materiales que hacen posible la existencia del maldito. La madre de Óscar le da dinero, casa y comida. Su hermana le busca trabajo. Su ex pareja cuida de Daniela (Alisson Correa), su hija. Esta red de mujeres sostiene su vida, solo así puede dedicarse a encarnar su fatalidad. Sin ella, tendría que hacerse adulto, conseguir trabajo, asumir responsabilidades. Mesa Soto visibiliza con esto el privilegio de género que sostiene la bohemia poética. Si en Subiela las mujeres eran musas o amantes intercambiables, en Un poeta son los pilares fundamentales de una red que impide que en su larga caída el poeta termine estrellado.
La película, sin embargo, no propone que la poesía haya desaparecido. En su Medellín existe una Casa de la Poesía institucionalizada, con talleres, festivales y poetas respetados que reciben financiamiento europeo. Efraín (Guillermo Cardona), el poeta laureado, encarna ese modelo: premios, reconocimientos, proyectos educativos. La poesía pervive ahí, profesionalizada y productiva. Mesa Soto filma ese circuito institucional con la misma distancia irónica con que filma a Oscar. Efraín no es tan grotesco como Óscar, pero tampoco escapa a la degradación. Además, está Yurlady (Rebecca Andrade), la estudiante talentosa que Óscar descubre y Efraín quiere integrar rápidamente al circuito institucional. Pero luego de conocerlo, Yurlady rechaza ese mundo de egos frágiles. La película propone entonces algo más que la sátira del maldito. Incluso quienes tienen verdadero talento deciden no entrar en ninguno de los modelos poéticos que se le presentan. Ni la bohemia adolescente de Óscar ni la institución mercantilizada de Efraín son atractivas.
Esta mirada se construye también desde la forma. Mesa Soto filma en 16 milímetros granulado, con bordes irregulares, movimientos de cámara erráticos y secuencias brevísimas que saltan sin transición. Sus primeros planos se detienen en Óscar, mostrando de cerca su sudor, sus gestos torpes, su rostro desencajado por la bebida. La imperfección replica en la textura de la imagen algo del caos de su personaje. Esta estética se conjuga con el neorrealismo que Mesa Soto hereda de Víctor Gaviria y su observación fascinada de universos sin salvación —Rodrigo D. No futuro (1990), La vendedora de rosas (1998)—, registrando la vida precaria sin redimirla. Así, donde Subiela construyó un refugio lúdico para Oliverio, Mesa Soto construye una cámara de tortura para Óscar. Entre el lirismo de uno y el realismo del otro, algo fundamental parece haberse perdido.
Tal vez, la posibilidad misma de representar al poeta fuera de la lógica capitalista. Carolina Sanín critica en Un poeta una “moral bancaria” que distingue con claridad al escritor exitoso del fracasado según criterios de mercado. Creo que Mesa Soto no impone esa moral, sino que la recoge del presente como una condición contemporánea. El modelo que Yurlady rechaza, profesionalizado y performático, es el único que la lógica capitalista permite. No se trata ya de que nadie sepa volar, sino de que volar así —dentro de la Casa de la Poesía, con patrocinio europeo, exhibiendo tu miseria como una virtud— resulta inviable incluso para quienes tienen el talento. Mesa Soto filma ese presente: una bohemia sin arte, un poeta sin obra, un mundo bancario donde ya nadie quiere ser poeta. Ni siquiera un poeta.
Un poeta (Colombia, 2025), guion y dirección de Simón Mesa Soto, 120 minutos.
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