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Chispa. A propósito de Quemar el cielo, de Mariana Dimópulos

DISCUSIÓN

Quemar el cielo (Adriana Hidalgo, 2019) es un libro notable. Publicado ahora, cuando el revisionismo sobre la militancia política en la Argentina de los setenta parece aquietado, los juicios sobre delitos de lesa humanidad perpetrados por las fuerzas militares y de seguridad del Estado terrorista están llegando a su fin, los responsables de tales crímenes están muriéndose de viejos, el testimonio de los sobrevivientes parece haber perdido su vigor histórico y crítico casi tanto como su valor de insumo cultural, y cuando los palazos de la coyuntura nos ciegan frente a ciertas continuidades o ciclos históricos, Quemar el cielo viene a remover ese avispero. Se ofrece como el relato de una búsqueda, pero puede ser bastante más. Si lo logra, es probable que no sea tanto por lo que pueda generar hacia fuera de sí mismo —reacciones, debate, olvido—, sino —y también— por su manufactura y por el modo en que consigue amalgamar los materiales que lo componen como novela, desde la agregación y el tratamiento de lo documental —a veces de un modo muy directo, sin alertas ni comillas—, hasta la sutileza con que la narración parece acercarse y hundirse en la individualidad de sus protagonistas: en una historia que remite a colectivos, agrupaciones y movilizaciones anchísimas, Quemar el cielo rebusca también en lo íntimo y en las razones personales.

Es cierto que la narradora, a quien un tío anciano y hemipléjico llama una vez Monique, se interesa y comienza a rastrear a Lila, una prima de la que nadie habla o sobre la que todos mienten, y es cierto que esa búsqueda es el motivo dominante de esta historia; pero también es cierto que ese hilo es fuerte porque está hecho de hebras más finas que se anudan con otras formando una urdimbre sinuosa, de múltiples ramificaciones para cada lector conjetural, y única y robusta como si se tratase de una mecha encendida cuyo desenlace no pudiese ser otro que una explosión.

Narración mediante, llama la atención la manera casi natural en que asistimos a la entrada de Lila en la militancia. Desde luego que ese tránsito está cargado de decisiones y acciones uno diría… conscientes, según un acercamiento en el que cada palabra estaría sujeta a discusión. Pero también está esa suerte de atmósfera que el relato consigue crear con trazos más finos —una visita a deshoras, un diálogo iceberg que esconde buena parte de su contenido— y otros pesados o duros, como el asesinato de Emilio Jáuregui, en 1969, en una marcha que repudiaba la venida de Nelson Rockefeller a la Argentina y que Lila presencia de manera casi fortuita. A su vez, mientras ella interviene, sumando su parte en un proceso más basto de hechos (cada vez menos) políticos y acciones (cada vez más) militares, el Estado antagonista empieza a articular su respuesta represiva, que alcanzará su pináculo en los centros clandestinos de detención y en su poder desaparecedor. Esto, que parece dicho en un plano conceptual e interpretativo, en Quemar el cielo ocurre a través de elecciones estéticas y de dinámica narrativa: puntos y seguido que generan vértigo y cierta ansiedad por lo que viene, colores que sugieren plomo y represión, adjetivos de procedencias grises o trágicas, verbos de actos últimos o furtivos. El efecto de esa amalgama es ciertamente empático en torno a un tópico tan controvertido como la radicalización de la lucha armada revolucionaria en la Argentina. Tal empatía, si se consigue, no demanda ninguna adhesión o condescendencia de nuestra parte. En su lugar, un nuevo bucle —y los pensamientos helicoidales son un efecto primario de esta lectura— puede situarnos más cerca de la comprensión en contexto de aquellas acciones y decisiones, como si se nos invitara a recuperar la historicidad de una época explorando el sentido que tuvo para algunos de sus protagonistas.

Otra de las virtudes del relato sucede del lado de acá, digamos así, donde viven Monique y su búsqueda, y tiene la forma de una especie de imposición acerca de lo necesario o imprescindible que resulta, para nosotros, la pesquisa. A medida que Monique consigue datos, entrevista a personas que le hablan de alias y colores pero no de Lila, y se cansa y renuncia y retoma, nosotros también leemos una serie de cuadros y viñetas en las que la imaginación o un recuerdo contaminado ponen a Lila donde quizá no estuvo o donde quizá estuvo distinto. Producto (otra vez) de esa tensión entre ficción y documento, nos aborda ese convencimiento de que es necesario seguir buscando (y leyendo) hasta el final.

Escrita en una prosa con o contra la que uno debe acomodarse —“En la trampa de querer algo no caigo” o “Por un momento creo que yo por no buscar razón la tengo” parecen hitos disruptivos puestos allí para sacudir nuestra atención, como las acciones revolucionarias buscaban retumbar en las conciencias de su época—, estructurada en dos tiempos que corren paralelos y pueden superponerse —existe una instancia de “simbiosis Lila” para Monique— y provista de blancos y hiatos cuya función es darle una continuidad particular a la narración en su conjunto, semejante en vigor y energía a la de los policiales negros —y con algunos cortes y cesuras de la frase que evocan el pulso de la poesía—, Quemar el cielo pisa en la historia —del Cordobazo a Monte Chingolo pasando por a los fusilados de Trelew—, vindica el uso del testimonio como materia narrativa —el libro está dedicado y se enlaza con la memoria de Diana Cruces—, y se ocupa minuciosamente de dotar a lo documental de un dramatismo y una vivacidad dichosos en el empalme con la inventiva de la ficción. Conviven, en su apretada cronología, sucesos fechados y ciertos y los meandrosos caminos del recuerdo y la imaginación —¿qué hizo Lila aquella noche con su hijo? ¿de verdad caminó hundida en su abrigo, acechada por un Falcon verde? ¿existió Lila?—, haciendo uso de una poética admirable —“Pienso en L. Pienso un pensamiento como una escalera, subo y bajo. Pienso un pensamiento como una habitación, entro y salgo”—, como si supiera de antemano que su eficacia va a decidirse precisamente allí, en el vaivén y en la cuidadosa dosificación de marchas y contrapesos.

La lista de producciones culturales que fueron produciéndose al calor de los escrutinios de la historia de la militancia revolucionaria en la Argentina puede ser amplia y cambiante. Puede incluir el juicio popular a Eugenio Aramburu por los Montoneros según La pasión y la excepción (2003) y la pregunta con la que abre Dos veces junio (2002): “¿A partir de qué edad se puede empezar a torturar a un niño?”; el “Parrillita” de Calle de las escuelas N°13 (1999); el Siluetazo, los escraches y La voluntad; Cazadores de utopías (1996) y Los rubios (2003), y hasta la canción de Charly García “Los dinosaurios”. En ese contexto, lo singular de Quemar el cielo es que, incluso a destiempo, no parece una coda o una adenda estéril. ¿Importa algún desvío demasiado documental, como cuando se incluyen en la novela fragmentos de La patria fusilada, el reportaje de Paco Urondo a los sobrevivientes de Trelew? No. Importa el juego más intenso y vivo entre proximidad y distancia con los hechos y la reconfiguración de los documentos como materiales narrativos. ¿Importa si el cruce de Monique con ese viejo francés, experto en contrainteligencia, héroe de la Resistencia frente a los nazis y maestro en la tortura y en la infiltración del “enemigo subversivo”, a quien en otro tiempo llamaban “el Mago”, es la parte menos verosímil del relato? No. Importa más su construcción quimérica como personaje, atildado y locuaz, y tenerlo allí en esa escena en la que —y esto es decisivo en términos dramáticos— un revólver que aparece en el comienzo puede ser usado en el final.

Desde luego, los procedimientos que aquí se sugieren no son nuevos ni exclusivos de Quemar el cielo, pero alcanzan una formulación particular que llevan a la novela a ubicarse con peso propio en ese ámbito complejo de representaciones en torno a la militancia revolucionaria en la Argentina y —de nuevo— no es menor el hecho de que ello ocurra cuando esa discusión parece desnutrida de actualizaciones o se enrosca en torno a un número.

Como la piedra que arroja un obrero desde la tapa —un detalle de Cuerpo a cuerpo: el incendio y las vísperas, de Graciela Sacco—, Quemar el cielo nos llega de un modo repentino, lanzado y urgente. Una última ojeada sobre los materiales usados en la hechura del relato, que figuran al final junto a los agradecimientos, y el epígrafe que Dimópulos, traductora y especialista en la obra de Walter Benjamin, eligió como apertura refuerzan esa idea de excepcionalidad que prende en uno más hacia el final o después y no de inmediato, algo así como si el estallido intelectual y estético producto de la lectura estuviese asociado a un mecanismo de detonación tardía.

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