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Contra el Triunfo de la Muerte

DISCUSIÓN

La primavera llegó a Siria en enero de 2011. La flor más esperada, el fin del régimen y la renuncia del presidente Bashar al-Assad, en el poder desde 2000, tras suceder a su padre, Hafez al-Assad, quien gobernó el país de manera autocrática durante veintinueve años.

Las protestas comenzaron en Damasco y se fueron extendiendo a otras ciudades. Los partidarios de Assad también realizaron marchas multitudinarias. Las manifestaciones empezaron a sufrir ataques de bandas armadas no identificadas, que denunciaron tanto el gobierno como los opositores. La represión se incrementó en represalia por los asesinatos de policías y soldados. En abril de 2011 el gobierno empezó a valerse del ejército para aplastar las protestas. La oposición, representada por el Consejo Nacional Sirio, produjo rápidamente una rama paramilitar, el denominado Ejército Libre Sirio, conformado por desertores del ejército oficial, ciudadanos comunes y mercenarios de diversos países, sobre todo libios. Esta fuerza nunca hubiera podido prosperar sin una ayuda externa que en forma de armas llegó desde Arabia Saudita y Qatar. Turquía proporcionó las bases; Estados Unidos, Israel y el Reino Unido, fondos, comunicaciones e inteligencia. Assad, por su parte, no hubiera podido sobrevivir sin el apoyo de Rusia, China, Irán y el Hezbollá libanés.

Demasiados jugadores en un mismo tablero, señal inequívoca de que se disputa  mucho más que la caída de un régimen brutal. Este amor por la expansión de la democracia logró que Estados Unidos volviera a reclutar salafistas como tropas en el terreno y que resucitara Al Qaeda: de los trescientos grupos armados que combaten en Siria, más de setenta y cinco son parte del franchising de Osama bin Laden, y ahora además se dedican a masacrar a los rebeldes sirios no integristas. La rebelión mutó en guerra civil y proxy war múltiple y sin guantes. Las  consecuencias: cerca de ciento veinte mil muertos entre civiles, fuerzas gubernamentales y opositores armados.

¿Puede florecer la literatura en un país desquiciado y sin esperanzas? Sí, puede, y además, usando como plataforma Facebook, la “red social” epítome de la vacuidad contemporánea. El principio activo de esta notable experiencia se llama Aboud Saeed, tiene treinta años, y un cinismo negro y profundo como herramienta de supervivencia y sustentación de un yo que, asediado por el Triunfo de la Muerte en el exterior, emplea la vanitas en el interior de su casa y su conciencia para defenderse y continuar con los asuntos de su existencia. El intento está plasmado en el libro Yo, el más inteligente de Facebook, publicado en 2013 en Berlín y también en Buenos Aires por Mardulce.

Saeed lleva al paroxismo la lógica interna de la falsa socialidad de Facebook, construyendo un narrador que tiene algo de psicópata: se jacta, maltrata a todos y por eso mismo seduce y gana “amigos”. Actúa como un obsesivo de la escritura y de Facebook, pero su adicción está puesta al servicio de la disrupción de la etiqueta y los mecanismos de “reciprocidad” de la red social desde un solipsismo innegociable. Es decir, se constituye como centro que sólo emite y se reserva el derecho de interactuar con otros únicamente cuando él lo decide y en sus propios términos. Les dice a sus “amigos” lo imbéciles que son por contar sus vidas a todos mientras él cuenta la suya como una ficción movediza y arrogante, despliega una pose de pobreza material e intelectual, que no vacila en contradecir en el siguiente posteo, y se burla de los dispositivos sacros de todo facebookero, como el “muro”, los “me gusta” y la “actualización de estado”, al tiempo que está tan pendiente de ellos como los otros usuarios. Ataca así el núcleo mismo de lo que mueve a millones a informar al mundo sobre las nimiedades de sus vidas privadas desde una identidad disuelta, intercambiable, reversible, característica de la vida electrónica. Sus posteos pueden ser kitsch o leerse como haikus.

Los occidentales biempensantes, sobre todo en el hemisferio norte, suelen entusiasmarse cuando hallan a alguien que encaja en la figura del luchador por  la libertad de expresión y que, gracias a las tecnologías de la comunicación, logra emitir sus mensajes pese a las condiciones opresivas que lo cercan. Por eso la presentación editorial de Aboud Saeed como un “herrero” que vive en un “poblado sirio” tiene algo de marketing: Saeed fue a la universidad, su familia es propietaria del taller donde trabaja y Manbij es una ciudad de cien mil habitantes, que aunque tenga “casas bajas”, integra un distrito populoso del mismo nombre, en el que viven casi quinientas mil personas. Pero Aboud Saeed no es de esas celebridades que se alojan en las portadas y las buenas conciencias, como Malala Yousafzai, la niña pakistaní, o Yoani Sánchez, la bloguera cubana. Y tiene el equipamiento cultural necesario para producir lo que Roland Barthes llama un texto de goce, en su enunciación y en relación con el medio en el que escribe.

Saeed se resiste a ser tomado como símbolo de la “revolución” siria e incurre en ejercicios peligrosos en su país, aun en Facebook, como reírse de los integristas y del Islam, llamar dictador a Bashar al-Assad y no dejar nada sin escupir: su propósito es erigirse en el espíritu mismo de la contradicción, reflejando las condiciones del presente en su país, y en todos los demás, y que la guerra sólo hace más visibles y más miserables y dolorosas.

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