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¿Cuándo hay que soltar en las series? A propósito de El Camino. A Breaking Bad Movie

DISCUSIÓN

En los setenta y ochenta eran comunes las TV movies o especiales televisivos que funcionaban como secuelas ―no remakes― de exitosas series. En el mejor de los casos, con la mayoría del cast principal retornando, inevitablemente más viejo, casi siempre con muchos menos trabajo que en la época en que habían establecido sus recordados personajes. Aquí en la Argentina a veces podíamos ver por TV abierta algunos de esos retornos, o quizá en VHS o en la mejor época del cable. Me vienen particularmente a la memoria dos films basados en El súper agente 86 (uno, para cine; en los noventa hubo también una efímera serie), una TV movie de Los intocables a color y también la “película” de El agente de CIPOL, que vi un sábado por el glorioso Uniseries. Paradójicamente, no era nada memorable pero tampoco había visto nunca la clásica serie, así que no había mucho para comparar. Lo que sí recuerdo, por lo patético, es el cameo de George Lazenby ―el hombre que reemplazó a Sean Connery como James Bond, le fue muy bien en la taquilla, pero se la creyó tanto que dejó la franquicia y con eso su carrera― manejando un auto cuya patente sólo decía JB.

El equivalente moderno de estas secuelas está hoy en el premium o el streaming. Sólo que ahora se han comenzado a hacer películas que bien podrían ser un capítulo doble de las series de esta era dorada actual de TV prestige pero con production values aun superiores. La idea de estas secuelas es atar cabos sueltos y dar un poco más a los fans (y, claro, al ser exclusivas de un servicio online, funcionar como caramelos para nuevos suscriptores). En el mejor (o peor) de los casos, estas series eventualmente podrían funcionar como nuevos universos televisivos/fílmicos a la Star Trek, Star Wars o los universos de Marvel o DC. Precisamente, tienen una analogía en el comic: los one shots que funcionan como epílogos o complementos de exitosas sagas, que también pueden originar nuevas series como spin off. Y unificando cómics y TV, ay, Watchmen.

Deadwood es otro caso de este año, tras una abrupta cancelación por parte de HBO. Como no he visto ni la serie ni la película posterior, me voy a abstener de opinar, pero sí lo voy a hacer sobre ese otro western ―moderno― que era Breaking Bad, ahora continuado en El Camino. A Breaking Bad Movie. En dos horas, el film está destinado a contar lo que, con cinco minutos más en el último episodio (o si no, como extras en DVD o Blu-Ray) se podría haber establecido sin problemas: ¿qué pasó con Jesse Pinkman una vez que fue liberado por Walter White de la esclavitud a la que había sido sometido por los neonazis que lo tenían encadenado cocinando metanfetamina, doblegando su voluntad?

Vince Gilligan ya había demostrado una reticencia a dejar Albuquerque con Better Call Saul, precuela que prepara su quinta temporada y funciona muchísimo mejor cuando se centra en cómo Jimmy McGill se va sacando escamas y escamas de escrúpulos para emerger como Saul Goodman (aunque Gilligan escribió y dirigió episodios cruciales, el día a día de la serie está timoneado por Peter Gould, quien creó al personaje). En toda la otra mitad, la más ligada al negocio de la metanfetamina, con personajes que no sólo sabemos cómo van a terminar sino cómo son (Mike, Gus ―hay algunas figuras nuevas en esta subtrama, pero son más de la categoría meh más que meth), la cosa muchas veces nos hace preguntarnos: ¿para qué?

Y ¿para qué? es la pregunta que recurre una y otra vez en El Camino, para la cual la historia se muda de su formato original a Netflix, desde donde hace rato estaban disponibles la temporadas y, es cierto, el boom se disparó. ¿Para qué ver de vuelta a Aaron Paul haciendo de veinteañero, cuando su physique du rol ―esa frente generosísima― y sus cuarenta actuales lo acercan más a una biopic de Lars Ulrich? ¿Para qué más escenas de degradación moral de Jesse a manos del psicópata Todd (que ya sabíamos que lo era), encarnado por un notoriamente más gordo Jesse Plemons? (Es cierto, en un par de momentos lo siniestro de Todd bajo su afable apariencia ―un hallazgo de personaje― lleva a un par de instantes graciosos). ¿Para qué un esquema argumental que parece una amalgama de los episodios antepenúltimo y final de Breaking Bad? El protagonista es mejicaneado, se repliega, planea su venganza y lo logra en otro desenlace con aires de western.

Gilligan tuvo mucho más tiempo ―es decir, dinero― para filmar cada plano de El Camino del que gozó para cada episodio de Breaking Bad, y la “película” nunca tiene el aire barato de sus equivalentes de décadas atrás. Pero contiene algunos porqué en común. Por ejemplo, actores necesitados de revivir viejas glorias: que el trabajo más celebrado de Aaron Paul post-BB sea una serie animada donde puso su voz (Bojack Horseman) certifica que su carrera no despegó como él lo esperaba, algo que recientemente reconoció. Jesse Plemons, por ejemplo, ha hecho más méritos, sea en la segunda temporada de Fargo o apareciendo ahora en The Irishman de Scorsese. Aún uno quiere creer que, a diferencia de esos actores de series clásicas que eran geniales en sólo un personaje, Paul podría ser un muy buen intérprete que no encontró otro vehículo adecuado. La manera en que personifica en El Camino a Pinkman en distintas instancias de su vida ―para completar dos horas, está llena de flashbacks― muestra a un actor versátil.

Lo mejor del film ―que se puede sintetizar como entretenido pero innecesario― es, quizá, lo más criticable, el llamado fanboy service (algo que el final de Breaking Bad ya había hecho con muchísima más clase): darles a los seguidores lo que quieren ver. Precisamente, el retroinjerto de continuidad donde se reencuentran Jesse y Walt es una pequeña maravilla donde se aprecia la química entre Paul y Bryan Cranston y un punto crucial del desarrollo de ambos personajes. Y es admirable ver la clase de Robert Forster hasta el final: murió el día del estreno.

Por lo demás, exceptuando una o dos temporadas más de Saul, espero que con esto se termine Breaking Bad. Que Sony no la vuelva una franquicia bajo la excusa “Quedan muchas historias que contar”: ¿Acaso alguien quiere otra “Breaking Bad movie” para ver si Skyler se reconcilió con su hermana, y si Walter Jr. recibió el dinero de su padre para ir a la universidad? Y Vince Gilligan, que siga el ejemplo de David Simon, quien acaba de finalizar una gran serie, The Deuce, en lugar de seguir exprimiendo The Wire; algo que ya había demostrado que no quería hacer cuando encaró Treme. Con The Deuce, la idea era clara desde un principio: tres temporadas, 25 episodios, una historia con principio y fin. Si HBO habilitaba una segunda y tercera temporada, esto no servía más que para completar el proyecto, no mantener el kiosco. Porque si en las series se está escribiendo la gran novela moderna estadounidense, hay que tener cuidado de no pasar de la gran novela al gran folletín o, peor, la gran telenovela.

La incógnita es cómo le irá a David Chase con el film-precuela de The Sopranos: pese a no haberse jugado por nada en estos últimos años, el crédito a Chase ―con el joven Gandolfini en el rol de su padre― está. Pero al bueno de Gilligan, solo dos palabras: let go.

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