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El espectáculo del poder y del peligro. A propósito del concierto de Kanye West en el Madison Square Garden

DISCUSIÓN

Mientras vamos caminando hacia nuestros asientos, superada la marea de asistentes que se había agolpado en los portones, lo notamos: encima de la cancha de básquet (estamos en el Madison Square Garden, el 5 de septiembre de 2016) hay una enorme estructura que sostiene centenares de lámparas y que empezará, no bien dé inicio el show, a moverse y descender, manipulada por los seis o siete operadores que esperan el momento en sus balcones o en sus jaulas, inclinados sobre sus computadoras. La impresión de ingresar en una nave (náutica, espacial) es reforzada por el bajo profundo de un drone, una masa ominosa y variable de sonido que hace que el cemento del edificio tiemble, impregnado de un poder intruso. De repente, el sonido se detiene. Allá abajo, dispersos en la cancha, los fans más entusiastas gritan creyendo que el show va a comenzar. Pero no es la hora todavía: el drone es reemplazado por voces tenues y angélicas (las mismas que un par de días más tarde acompañarán a los modelos que muestren la colección de moda que este año el cantante ha diseñado para Adidas), y máquinas de humo se activan alrededor de una plataforma colgante de metal, una suerte de columpio gigantesco, que vemos en un extremo del estadio. La plataforma se suspende a unos cinco metros de altura. A un costado del sitio donde nos toca sentarnos está el sector VIP. Una fila de celebridades (las fotografiamos) aparece, subiendo las escaleras, rodeadas de guardias; van charlando de a dos y pronto ocupan, muy erguidos, sus lugares. Es el signo. Todas las luces del estadio se apagan (pero están las luces minúsculas de las miles de pantallas).

Cuando las lámparas vuelven a encenderse, Kanye West está montado ya en su plataforma y la grabación que lo acompañará durante el show de punta a punta (no hay silencios, no hay discursos casuales) se dispara. La plataforma comienza a deslizarse por encima de los fans que levantan los brazos como si pudieran alcanzarla y forman espontáneos torbellinos sobre el parquet. Los reflectores que cuelgan de la parte inferior de la plataforma los alumbran, de modo que la escena es más de discoteca que de sala de concierto. Kanye va pasando por enfrente de nosotros. Arenga y posa. Está solo. Toda la noche solo. No hay banda ni orquesta: canta (a veces habla) sobre pistas pregrabadas. Es cierto que en un balcón remoto unas luces nos dejan entrever a algunos individuos que realizan maniobras opacas para aquellos que estamos donde estoy, aunque no es imposible que produzcan resultados sonoros (¿eso es un teclado?, ¿un micrófono?). Y Kanye despliega su gran drama, que involucra a sus niggas, sus bitches, sus enemigos, las mercancías que concibe, los planes que proyecta hacia su espléndido futuro, mientras su vehículo y su púlpito sigue desplazándose. Es el espectáculo del poder y del peligro. Es alarmante, tanto como el descenso de la parrilla de luces del techo (pronto tocará casi las cabezas de los celebrantes) y la inclinación repentina de la plataforma flotante: tememos que Kanye se resbale y se caiga. Pero notamos que está amarrado por un cable a un gancho clavado en el centro puntual de su tarima. Quisiera llegar hasta el borde y arrojarse, pero el alambre, el cable, la cadena lo retiene, de manera que tenemos la impresión de que fuera un animal capturado, la pata metida en una trampa, el cuello en un lazo, y esto redobla la ambigüedad de la escena que se ha armado, y no sabemos del todo bien quién es el esclavo y quién el amo, si la multitud cede a las maniobras a veces algo arteras de su líder, o el cantante es el esclavo que debe trabajar con energía brutal para suscitar esas aclamaciones que tienen lugar en la presencia del tribunal último: el austero, calmo grupo que, muy cerca de nosotros, ocupa el sector VIP, chequeando sus teléfonos y fumando grandes porros. Entre ellos, me dice un extraño (chequeando su teléfono), está su mujer, la de Kanye, Kim Kardashian. Trato de descubrirla. Pero ya han pasado casi dos horas, y el grupo (sus niggas, sus bitches), respondiendo a una llamada que sólo los insiders son capaces de escuchar, se pone en movimiento: ya han visto suficiente. Es la hora de salir. Yo los sigo y voy saliendo solo por la escaleras, los pasillos, los puestos de souvenirs, los portones, mientras pienso, tal vez ilusoriamente, que gracias a esta exhibición de la potencia y el capricho, esta mezcla de melodrama y comedia, esta performance extraordinariamente rigurosa y curiosamente infantil, comprendo un poco más que hace dos horas la razón del objeto mayor de nuestros miedos: la atracción del increíble candidato Donald Trump.

22 Sep, 2016
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