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Fetichismo, diversión y una especie de arte. Una visita a El mundo del espectáculo, de Lolo y Lauti

DISCUSIÓN

“Los griegos tienen una palabra para esto: ‘pelotudez’”, le decía el Casero de las buenas épocas a Alberti y Capusotto en un sketch de Cha Cha Cha que reflejaba una reunión entre un empresario y dos creativos publicitarios. Los años noventa fueron una época en la que el auge de la publicidad podía llevar a crear efímeras estrellas que trascendían su gremio. Así, Agulla & Baccetti podían vender tanto Quilmes como De la Rúa y —por quince minutos— ocupar mediáticamente el lugar que antes parecía reservado a los artistas pop. El problema, claro, había empezado con Warhol y la lata de Campbell.

Pero estoy divagando. A lo que voy es que las palabras de ese personaje de Casero aplican tanto a varios publicistas como a unos cuantos artistas pop/conceptuales/performers. Pero como lo último que quiero es que esto sea leído como una diatriba contra esas vertientes artísticas, quiero detenerme en la muestra El mundo del espectáculo, perpetrada por la dupla Lolo y Lauti —y no, no tengo empacho en reconocer que no sabía nada de ellos: su nombre me hace pensar en Loli López, una modelo de principios de siglo (!)— a partir de una comisión de la Casa Nacional del Bicentenario (según el texto firmado por Julieta Ascar, la directora de la institución), o —de acuerdo con una entrevista al dúo publicada en el diario La Nación— a través de una invitación de la curadora Mariana Obersztern.

En cierto sentido, no importa si la idea fue de Lolo y Lauti o si trabajaron en respuesta a un lineamiento externo. Sabemos que uno de los elementos que hace del arte contemporáneo algo pasible de ser reconocido como tal es el marco; en este caso, el coto delimitado por una galería de arte, espacio performático o como se quiera llamar a la Casa Nacional del Bicentenario, que, hay que decirlo, no deja de ser una buena noticia —aunque por momentos difícil de explicar, considerando factores exógenos y endógenos— que haya sobrevivido a la era Macri. Si la manifestación artística es buena o mala es otro cantar. (No voy a molestarme en argumentar si lo de Lolo y Lauti es parte de “el arte” como expresión estética o simplemente como homofonía de “cagarte de frío” porque eso sería hacerles el caldo gordo: a juzgar por sus declaraciones, parecen regodearse en este tipo de polémicas).

El mundo del espectáculo pretende ser una lectura a la argentina del libro de 1967 La sociedad del espectáculo de Guy Debord (quien luego lo transpuso al cine) ya desde el título, y una referencia a un clásico ciclo de películas de Canal 13 de los lunes por la noche. Lástima que a L&L no se les ocurrió utilizar como parte de la ambientación sonora la maravillosa cortina de ese espacio, tomada de un soundtrack de Elmer Bernstein, aunque eso hubiese contrapuesto latentemente el talento a la nada.

Porque ¿qué encontramos en El mundo del espectáculo? En su mayoría, un compendio de puestas interactivas que en muchos museos o espacios de arte ni siquiera están pensadas como parte de una instalación sino, simplemente, como entretenimiento. Que alguien me explique qué reflexión profunda se pone en acción cuando —croma mediante— jugamos a ser Mirtha Legrand. Mirtha eres tú, reza el título/propuesta. Bueno, sería tan poco situacionista y más punk (e igual de estúpido —sobre todo porque el que lo haga no va a cobrar por esto, a diferencia de estos dos jóvenes monotributistas del arte—) tomar el diario Clarín en papel del sábado o el domingo, recortar el contorno de la cara de la Legrand de la publicidad de sus programas y, bajo el hueco que queda, colocar una cuchara dada vuelta… y ¡voilà, Mirtha eres tú!

¿Y cuál es el sentido de ver en “realidad virtual” (en verdad, te meten la pantalla del televisor a centímetros de los ojos: me dio tanta vergüenza que los asistentes de producción de ese cuarto pensasen que uno se estaba tomando eso en serio que casi aclaro que lo mío era una mera necesidad crítica) a Susana Giménez y Verónica Castro viajando por Acapulco? Dos ventiladores aportaban la “sensación” de viento. Tanto como parte de una instalación artística como mero entretenimiento todo es más que pobretón. Intento darles el beneficio de la duda: ¿ese es el mensaje?, ¿que las representaciones que nos atraviesan cada vez bajan más la vara? Sigo sin convencerme.

Susana es la estrella de la instalación. “Susana astronauta” toma un cuadro musical berretísimo de Alberto y Susana, grabado de una emisión de Volver a la una de la mañana. Televisores viejos a color y un VHS hacen todo aún más patético. ¿Quién podría estar viendo algo así, mucho menos pasada la medianoche? La emisión original (1980, época Martínez de Hoz) se expande con los ochenta (la video, las tv a colores) y los noventa (el cable regurgitando basura de las latas de los canales). “En el mundo de Lolo y Lauti todo conato de superflua ironía se licúa para dar lugar a una honda veneración”, escribe Obersztern en el programa. Si hay algo que venerar acá es eso que nunca se hace visible, como Marlon Brando en el final de El padrino 2: el menemismo como state of mind del medio pelo argentino que nunca vuelve porque nunca se fue. Es por eso que El mundo del espectáculo es un claro subproducto de la pauperización cultural iniciada durante la última dictadura y continuada en los años noventa.

También encontramos un apartado titulado: “Carmen destroza a Moria”, con un loop —videointervenido— de Carmen Barbieri en un programa de chimentos hablando mal de Moria Casán. Es decir, la destroza. Ajá. Este es uno de dos verbos repetidos a mansalva hoy por los portales sedientos de clickbait que levantan no-noticias desde la esfera 2.0 u otros medios. El otro término es “calentó” (o su variante más semánticamente lavada: “revolucionó”), donde lo que cambia de temperatura o tiene su statu quo puesto en juego son las redes sociales, a partir de la foto de una mujer exhibiendo su anatomía. Este infotainment puede compartir en el portal espacio con el enésimo caso de femicidio. Claro que a Lolo y Lauti no les interesa el contraste entre ambos temas o ni siquiera avizoran contradicción alguna: simplemente replican lo ya visto, pero el ámbito “artístico”, el marco, no facilita una reflexión o toma de conciencia adicional. Es mera reproducción: para ser otro tipo de operación, primero debería sacarse de encima una trivialidad pasmosa.

Lo único ácido en toda la propuesta que se acerca a una mirada perspicaz sobre la realidad es un cuarto con un contador digital —como un doomsday clock de la farándula— que pretende actualizar en tiempo real el incremento de los followers en el Instagram de Mirko, el hijo de Alejandro Wiebe (a) Marley (“Argentina es un país muy generoso. Ese pibe no tiene salvación ni aunque se llame Zappa”, Juanse, 1997).

¿Lolo y Lauti realmente tomaron imágenes de Susana del archivo Dfilm sin pagar derechos por su uso (como sugiere el watermark impreso sobre la imagen) o es parte del chiste? Que otro tramo incluya un video levantado del blog “La tele del recuerdo” parece sugerir lo primero. Y en todo caso, si hubiese un chiste, ¿cuál sería? ¿Que el afiche de la instalación remede la tapa de la edición actual en castellano de La sociedad del espectáculo con una imagen similar de un auditorio donde, en vez de anteojos 3D, todos lleven —intervención mediante— uno de los visores de “realidad virtual” de la instalación? ¿Sumariar en el programa ese libro y la vida y obra de su autor como si esto fuese suficiente para creer que la Casa Nacional del Bicentenario estaría albergando una acción situacionista; el “salvoconducto” que Obersztern escribe hallar entre Debord y Lolo y Lauti?

Una cosa es citar a Debord con la idea de articular una postura crítica personal, otra es usarlo como una excusa y casi una parodia de sus ideas. Porque —siendo benévolos— hay que ser muy indulgente para decir que Lolo y Lauti, agrupando un montón de porquerías bajo un espacio dedicado a las artes y la cultura, están realizando un détournement situacionista. Si en la página central de Exitoína, La Marca Editora pagase un banner para promocionar su edición de La sociedad del espectáculo, el efecto sería mucho más poderoso. En todo caso, el espectro de Debord ha sufrido en El mundo del espectáculo los efectos de la recuperación que él tanto denunció.

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