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No contar todo

Emiliano Monge

LITERATURA IBEROAMERICANA

«Si se tratara de una obra de teatro, creo que el asunto podría resumirse de esta forma: cómo pasa el héroe (más mal que bien) del caos milagroso de la infancia, al orden feroz de la virilidad». Así intenta resumir su vida Michel Leiris en Edad de hombre (1939), el proyecto de feroz autoescrutinio que emprendió para contarla. Es un sendero muy parecido el que Emiliano Monge (Ciudad de México, 1978) ha decidido recorrer en su más reciente libro, No contar todo. Relatar la propia vida sin ficción; escarbar en la historia personal y familiar hasta las últimas consecuencias. El resultado es un coro de voces, masculinas y siempre enmascaradas, que Monge pone a hablar con la encomienda de refutarlo todo: un género, un país, una forma de ser hombre; pero también un pasado, una vida, o una serie de vidas. Una estirpe, la de los Monge, condenada al juego del disfraz y la tragedia de la huida. Tal como lo advierte el narrador desde las primeras páginas: «Los años de actuación habían sido demasiados y todavía llevaba puesta la máscara elegíaca que los hombres rotos al nacer siempre utilizan».

No contar todo desenreda el linaje de tres de esos hombres rotos. El abuelo, Carlos Monge McKey, un nieto de inmigrantes arrojado al México de los años cincuenta, que compra un cadáver y lo hace estallar junto al negocio familiar para fingir su muerte y así desaparecer. El padre, Carlos Monge Sánchez, un escultor que abandona a su familia con el fin de integrarse en la guerrilla de la Sierra Madre del Sur en el México post 68. El propio trasunto del autor, que mientras escarba en los ambages de sus antepasados, termina retratado desde la distancia de una tercera persona que acomete contra él con la inquina y el ensañamiento de los peores enemigos. «¿Ves cómo te escondes, cómo te sigues refugiando igual que has hecho siempre? Pero bueno, me da igual, cada quien es responsable de su encierro y de sus máscaras de mierda», le recrimina en algún pasaje el padre.

Hasta aquí lo familiar y su apariencia de saga, a pesar del hiperbólico anecdotario que da forma a la vida y milagros de los Monge, porque detrás lo que asoma sobre todo es un país. Las atrocidades de la historia de un país: la guerra sucia, el nacimiento del narcoestado, Sinaloa, Leopoldo Sánchez Celis, Félix Gallardo, Lecumberri, Tlatelolco, Lucio Cabañas y Genaro Vázquez. Pero también la gran familia mexicana y sus retruécanos machistas. Los roles que se imponen, las verdades ocultas, la mentira; la violencia masculina y sus herencias silenciadas. «Es como si aquí el silencio se hubiera recompuesto y otra vez se hubiera apoderado de los hombres, demostrando, de paso, que un silencio así de necio y hosco sólo puede convertirse en un callar masculino».

No contar todo es un libro sobre la ausencia y el silencio y Monge juega a estar ausente. Si el sino de los hombres de su familia es un afán por ocultarse o huir, «para ser Monge hay que haberse antes marchado, hay que haberse ido de uno, hay que haber dejado todo», el autor juega aquí a asumirse él mismo como un silencio. Uno de los grandes hallazgos del proyecto radica justamente en este distanciamiento. Monge se borra del relato en la mejor estela de Rachel Cusk (como afirma el español Alberto Olmos); o en la vocación que antes ya exploró Héctor Libertella en La arquitectura del fantasma, pero al mismo tiempo nos muestra casi todo. Para lograr estos efectos, Monge despliega los recursos narrativos más variados. Los presupuestos reconocidos de la autoficción con que la historia se introduce son rápidamente reventados. El relato prosigue en forma de diario, ensayando la posible voz del abuelo fingidamente muerto. Los recuerdos de la infancia de Emiliano son abordados desde la distancia y la inclemencia de quien se narra como si fuera otro. El caso del padre es quizá el que más llama la atención y contribuye a esa idea de borramiento. Una falsa entrevista recompone la historia familiar desde la voz y las visiones de Carlos Monge Sánchez, pero al diálogo se le han amputado las preguntas. El narrador se muestra ausente, o eso es lo que él quiere que creamos.

La gran confesión de Monge es en realidad un desenmascaramiento de su posición como autor. Allí radica quizá la cota de valentía del libro. Monge acude a todos los aspectos con arrojo (el pecho echado hacia adelante y con ganas de pelar, como hacen los hombres del Norte del país que le han inoculado su violencia y sus trampas). La disputa tiene varios frentes ya antes enlistados: el género, la autoficción, México, el poder y la familia, la verdad. En realidad Monge está allí para pelear consigo mismo. Todo se le cuestiona; se pone en entredicho su honestidad, sus convicciones, su lealtad y sobre todo su escritura. Al final Monge está allí para quitarse la máscara y mostrarnos las cartas, de una forma que no había ocurrido antes en el resto de su obra. O como él mismo cuenta que le dijo su madre luego de leer No contar todo: «Te guardaste la verdad para un solo pinche libro; ahora sí que no hay mentiras».

 

Emiliano Monge, No contar todo, Literatura Random House, 2019, 400 págs.

 

Imagen: detalle de “Pájaros en el poste de luz, carretera a Guanajuato”, de Graciela Iturbide (1990).

3 Oct, 2019
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