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Inclusión, feminismo, lenguaje (parte 2)

DISCUSIÓN

Le mer estebe serene. He dicho que dejaba flotando una pregunta sobre los posibles atributos de un “psicoanálisis con voz de mujer”. El tema lleva a observaciones amplias sobre formas del lenguaje y el habla, pero dadas las contingencias prefiero detenerme en ciertos planteamientos “dualistas” (y por ello, en mi opinión, poco inclusivos) referidos al uso de la lengua como instrumento autónomo y casi deus ex machina (miren bien qué significa el término) del cambio social. Por lo que sigo en prensa o libros, se divulgan proyectos de neutralización lingüística a partir de demandas surgidas en medios estudiantiles y docentes, así como en corrientes específicamente feministas.

Si entiendo bien, la orientación feminista a que me refiero comienza del modo en que conviene empezar: abogando por leyes de equidad de género y, para ayudar a potenciar dichas demandas, una educación no sexista. Esta reivindicación resulta indiscutible: que desde la escuela se desarrollen actitudes y comportamientos igualitarios (en el sentido, por ejemplo, de igualdad de voz y luego de oportunidades). Referentes de esta orientación ven necesario divulgar términos que las líderes manejan internamente, pero que muchas seguidoras ignoran: sororidad, heteronorma, friendzone, patriarcado, micromachismo, empoderamiento, género, cisgénero, transgénero. Y otras más que desesperan al limitado corrector automático de mi ordenador o compu. Algunas féminas acaso pensarán que dicho programa de corrección fue diseñado por varones deseosos de perpetuar su dominación a través de la lengua (el corrector delata lo para él extraño, mediante unas muy conocidas rayitas rojas al pie, con criterio discutible por lo limitado, hay que decir).

Para esta tendencia, que se nutre de mujeres y se mueve entre ellas, el hombre fácilmente puede convertirse en objeto de sospecha. Porque en este movimiento de clase media el problema no parece residir en la inequidad estructural (como ocurre con una clase social, obviamente compuesta de hombres y mujeres), sino en una denuncia del “androcentrismo imperante”. La dominación entre clases estaría ¿solapada con?, ¿cimentada en? una dominación entre los sexos. Si de eso se trata, estamos volviendo a la “estructura patriarcal” de las teorías de los años setenta, ahora con un lenguaje más cercano a Butler o a Preciado.

Viendo que con la educación no alcanza (a sus ojos, la coeducación podría parecer el reformismo cosmético de quien no se atreve a revolucionar de veras el sistema), algunos movimientos llevan más de diez años buscando que las mujeres salgan de su invisibilidad mediante la divulgación de un nuevo tipo de lenguaje, que llaman “inclusivo”. Proponen por ejemplo el “desdoblamiento”, uso de los géneros masculino y femenino para referirse a la población en general: “todos y todas”. La Real Academia Española de la Lengua (RAE) intervino en el debate en 2010, pero las cosas no mejoraron. En este caso con razón, la RAE advertía de las incongruencias y dificultades del desdoblamiento indiscriminado. Pero la RAE es vista en América Latina y a veces en España como un organismo conservador que intenta, con aparentes buenos modos, poner las múltiples variantes de la lengua bajo el ala del castellano de España.

No dejó de manifestarse la tendencia uniformizadora con la invención de un género neutro que propone usar la letra “e” como medio de superar las dificultades planteadas por la Academia. Como más abajo voy a discutir la traducción comentada a la lengua de la dimensión de “lo neutro”, y para no generar confusión, aclaro que concuerdo con la reflexión de Roland Barthes. Plantea que, más allá del género gramatical, “lo neutro” constituye la acción de no tomar partido antes de una seria consideración de los hechos. Hechos colectivos (políticos) que pueden llevar a confrontaciones a veces innecesarias o evitables. Hechos individuales que se refieren a la construcción de la identidad personal.

El género neutro propuesto por un sector del feminismo contiene un plural genérico (“les ciudadanes”), un singular genérico (“para todes aquelles persones que no se consideren dentro del binario”, haciendo posible decir, por ejemplo, “Maríe es linde”), así como un indefinido (cuando todavía se desconoce el sexo de la persona aludida, como en “le nueve empleade llegará pronto”). Encara más: dado que el sexo biológico en muchos casos no se corresponde con el género, convendría modificar los pronombres (elle, míe, tuye, suyes, cuántes).

Pocos consideran actualmente esta propuesta lingüística, por distintos motivos. Para algunos, contraría el lenguaje de una doble manera: se opone a reglas gramaticales que bien o mal permiten leer, escribir y entenderse; y desatiende formas que un hablante reivindica en su uso cotidiano (y que no se modifican por decreto o por propuestas cuya relevancia muchos no entienden). Otros no conciben que quienes defienden un cambio tan sustantivo como la relación entre sexos y entre géneros argumenten en demasía con opciones de vocabulario como medio para conseguirlo.

Finalmente, esta política no cuenta con el apoyo de quienes se preguntan si iniciativas como las mencionadas en vez de incluir no estarían excluyendo. En vez de sumar ¿podrían estar restando?

El debate está lejos de su culminación. El argumento de las criticadas seguirá siendo (en esto llevan plena razón) que cualquier dominación deja un trasunto en la lengua (“¡el lenguaje es fascista!”, dijo también Barthes). Y quedará igualmente en suspenso esta pregunta: ¿por qué el género neutro se escribe en masculino? Como en todo “diferendo”, la solución pasa por una “transacción” (acuerdo entre dos partes, cada una de las cuales alega parte de razón). Como a una transacción se llega mediante “negociación”, la solución al diferendo de la lengua me parece, como siempre, “política”. Si hay un ámbito que puede incluirnos a todos (si lo consigue, cuando lo consigue) es la política.

 

Hacia un feminismo inclusivo. Todo lo anterior son opiniones no especializadas, argumentos a contrastar con otros (escribo desde esa presuposición). En todo caso, y por lo que percibo del tema sexo y género, existe para mí un feminismo atractivo que también forma parte de lo que, por simplificar, se suele conocer como movimiento feminista (sin duda el feminismo se presenta como “movimiento”; pero creo que puede ser más y llegar más lejos, por ejemplo en la dirección barthesiana de la neutralidad, que bien podría fundamentar un lenguaje de inclusión). Me inclino por un feminismo que, en todos los casos mencionados (y aparte de responsabilidades individuales de individuos o manadas incalificables, que resulta ¡urgente! neutralizar), intenta vincular el feminismo a miradas más abarcadoras.

Concuerda por ejemplo en que, ¡sí!, muchas mujeres son víctimas de muchos hombres. Aporto la horrible mención de aquellos “cinco hombres”, ¡como si no bastara con uno!, a los que según Confucio ha de obedecer toda mujer virtuosa: padre, esposo, hijo, sacerdote, jefe civil. No es difícil que, con tanto patrón, alguno se impaciente, suba el tono y alargue la mano.

Pero a la vez reconoce que el victimario no deja de ser a su vez damnificado (¡y esto no lo excusa!) por el síndrome que lo lleva a acogotar a la consorte, violar a la hija, acosar a la empleada, robar a la suegra o a la madre, comportarse en familia como un zángano. Cuando un hombre es tan desfachatado y sinvergüenza como para eso, por más punible que resulte (y a menudo LO ES y debe serlo cada vez con mayor contundencia), no deja de ser en cierta forma un aborto de lo humano. Paradójicamente, esta mirada (nada fácil de proyectar y sostener) la tienen mujeres libres y autónomas a las que intento escuchar.

Trato de seguir las huellas de un feminismo sin barreras, inclusivo de todo aquello que forma parte de las relaciones habituales entre sexos (en general normales y en ocasiones con elementos propios de las patologías de cada partenaire). Inclusivo igualmente de aquello que al mirar en el fonde de sí misme cualquier humane lúcide puede captar: cada cual es anatómicamente hombre o mujer; aunque con una construcción y una vivencia donde lo masculino y lo femenino se reparten de formas singulares según carácter, educación y circunstancias. Un feminismo donde, si algo de lo que vengo diciendo se reconoce como cierto, a nadie se le ocurriría tildar a otrx de poco viril porque no oculta su lado femenino, ni de poco femenin@ porque no desecha su lado masculino.

Eso en lo tocante a lo heterosexual, porque no hay que olvidar (aunque ahora quede en simple mención) diversos cruces entre sexo biológico (nativo) y género (escogido, impuesto o adoptado), abriendo a una variedad que muestra la importancia (numérica y simbólica) del llamado movimiento LGTBI. El lenguaje capaz de cantar la diversidad genérica de lo humano ha de estar allí,  formado por mil palabras, “todas las voces todas” capaces de abarcarlo. Son esos los parajes inclusivos que desearía frecuentar.

 

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