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Es una copa de lo mejor, dice el Indio del amor, o de una mujer en especial, o del sexo, o de todas las cosas a la vez. Lugar común en el acercamiento entre alcohol y amor y sexo, o no, porque subraya el aspecto goloso, casi caníbal, de la relación, y recoge también lo que hay de invitación en una copa. Podríamos seguir con las asociaciones. Es, en todo caso una metáfora, una en la que es posible detenerse un rato.
Definiciones de metáfora, discusiones técnicas y filosóficas sobre la figura, hay muchísimas. Tal vez una de las más interesantes se dio a raíz de que Gottlob Frege, un positivista, les negó a la literatura y al discurso figurado todo valor de verdad (porque carecen de referencia verificable). Años más tarde, en un libro largo y algo tedioso, otro filósofo, Paul Ricoeur, se dedicó a desmentirlo. Para él la metáfora hace aparecer algo que antes no estaba, pone algo donde no había nada o había algo difuso. Ricoeur lo llama conocimiento. Pero podría pensarse también como algo de otro orden, algo que los filósofos y escritores románticos ubicaban en la escala más alta de las aptitudes humanas: imaginación. Una imaginación que surge de y a la vez despierta el juego de los sonidos y los sentidos y sus desplazamientos incesantes, entre uno y otro, también entre sí.
Según la RAE, la metáfora es la figura retórica que consiste en designar una cosa con el nombre de otra, estableciendo entre ambas una relación de semejanza o comparación tácita. Pero las posibilidades son inmensas. Algunos estructuralistas hasta se animaron a medir la distancia relativa de esos dos objetos o conceptos o mundos que la figura pone en relación. Sin olvidar la divergencia total, esa que hace astillas todos los sentidos conocidos, y es una pequeña bomba molotov para el cerebro y para el lenguaje, como la definió Isidore Ducasse o Conde de Lautréamont: “Bello como el encuentro fortuito, sobre una mesa de disección, de una máquina de coser y un paraguas”. De aquí tomaron los surrealistas su poética de elegir dos elementos lo más distantes posibles para generar ciertos efectos: asombro o despertar de la mente ante el aburrimiento o tedio cotidianos, shock de los sentidos y de la inteligencia que rechaza el mundo burgués y sus valores (basados en la productividad, el dinero y la apariencia), pero también para poner en acción una política de volver presente la existencia de otro mundo, el que levanta las banderas de la imaginación, el deseo, el erotismo.
Entonces la metáfora, como el humor, es “una rebelión superior del espíritu”. Se resiste a las clasificaciones o las salta, las astilla y de esa explosión hace algo: a veces fuegos fatuos, a veces motor de cambio o grumo de aglomeraciones. Porque tampoco es válida una asociación cualquiera. De algún modo debe construirse un sentido a otro nivel. Y este sentido puede ser fragmentario, puede ser una estrella fugaz o la cola del cometa a la que se aferra cualquier partícula en suspensión, para torcerla, o adueñarse de ella, llevarla para otro lado, o, simplemente, colgarse y volar.
Si esa metáfora es además sonido, un sonido que subraya la atomización del sentido, o insiste en la repetición (en lo coral de los estribillos que funcionan como un colectivo que no olvida a nadie a pie) o deja espacios, sonoros o silenciosos para los estallidos, entonces su explosión es tanto más atómica (estalla lo más pequeño, a nivel de las partículas de sonido y de sentido, para producir el mayor efecto). Así, como diría Pablo Schanton, es el éeeee de “No lo soñé, yehh”, lo que más tira de la cola de este cometa. En la prolongación de la “e” caben más sueños que en la noche eterna: ¿qué soñó o no soñó cada uno que escucha y corea, que salta en el estadio, que espera, y ahora, llora? No importa, esto es lo que quiere decir y esto es en realidad lo más importante: ese vacío de sentido único o determinable es lo que permite que se aloje algo de la singularidad en lo común de la frase.
No es esa sola, hay por decenas en las letras del Indio: pequeñas casas móviles para quien anda perdido, pone palabras a la diversidad de experiencias que anclan en la del “ángel de los perdedores”, aquellos que no duermen por la noche, para quienes “nuestra estrella se agotó y era mi lujo”, para los que huelen “perfumes al filo del dolor”, o quieren tomarse “un bondi a Finisterre” después de gritarle al monito, que cuanto más alto trepa (así es la vida), el culo más se le ve. Frases como descargas de ametralladoras sonantes y contantes, tics de la revolución, que además, o sobre todo, salen de lo más ronco de la voz para invitar: a bailar, a brillar. Incluso promete: “vas a bailar / a bailar… bailar”.
Uno diría sin dudar que eso es poesía. No es el menor de sus méritos: hacer literatura para las masas, hacerlas vibrar con la metáfora y con la poesía. Se dice “los jóvenes no leen”, se dice “los jóvenes son literales”. Pero el Indio repartió poesía y música para todos, y todos lo rodearon por eso y no por otra cosa. Demostraron en los hechos que hay un poder inmenso para lo singular y para lo colectivo cuando el lenguaje se usa en libertad, cuando se anima a salir de sus carriles, cuando interpela porque llama a alojarse; no disciplina, no ordena, no da consignas, no busca obediencia: incita, invita, a corear, a bailar, a pegotearse en el pogo.
Cuando la llamada “poesía de los noventa”, sobre todo la escrita por varones, letrada en la propia tradición, ahondaba una escritura reticente, que rehuía la metáfora como marca de “lo poético” recalcitrante, se adhería a una “poesía de las cosas” en la línea del objetivismo norteamericano y sus versiones vernáculas, elegía un modo estético que iba hacia su referente, a veces un poco socavado, a veces no, por cierta ironía, ensayaba modos oblicuos de lo político y hallaba cierta fortuna en la postura desilusionada, hasta apática, de un yo poético “nieto y bisnieto de una derrota” histórica, el Indio les lanzaba a sus seguidores una poesía de la época hecha de contrastes, cosas sin resolver, desesperanza y esperanza al mismo tiempo. Un llamado: a seguir viviendo, a resistir, a buscar un espacio donde sustraerse al disciplinamiento, ahora del mercado, también del yo, una zona para escapar del Sentido con mayúsculas. Espacio intermedio, que retoma viejos pilares del rock.
Según Carlos Monsiváis, el rock ha significado tres cosas en la historia: “La lucha contra la censura, aun desde el relajo, el enfrentamiento al más cerrado de los nacionalismos, desde la gana de hacer lo que venga en gana, y la destrucción de los tabús del lenguaje”. La poesía del rock reinventa la juventud y su mito como base de su papel o falta de papel en la historia que le toca vivir o presenciar, como la parte más crítica y al mismo tiempo más lúdica de la conciencia cívica de la sociedad. Como es rock, no es ni tiene sino solo esporádicamente un programa político, más bien congrega un conjunto de ideas y políticas micro, microutópicas, microterroristas, que no pueden ser presentadas ni efectuadas de otro modo. ¿Es eso lo que queda de la revolución? Todavía no se sabe, a juzgar por lo que todavía se mostró vivo, o tal vez resucitado, tras su muerte.
La actitud crítica y transgresora está en su base. Un afán de irritar, no de complacer, una postura o impostura salvaje, una música que molesta, no que hace mover los piececitos. Así trascendió el gueto. Porque como afirmó Pete Townshend, el líder de The Who: “Si grita pidiendo verdad en lugar de auxilio, si se compromete con un coraje que no está seguro de poseer, si se pone de pie para señalar algo que está mal pero no pide sangre para dirimirlo, entonces es rock and roll”. Ahí está su verdad, no como valor referencial del discurso, sino en la performatividad, que es tal vez lo más importante: la verdad como lazo social, no Sentido sino búsqueda, de cuerpo presente y en reunión.
En la fragmentación del sentido, en esos huecos de la metáfora y del sonido, hubo, hay, un espacio vivible, incluso tal vez un refugio. Pero también unas frases que permiten contar a contrapelo la historia, o las historias de los que no están en “la historia”.
Y el contrapelo está en lo no dicho, en los resquicios del sinsentido o la contradicción: en lo imposible de suturar como “traducción” del significado de un oxímoron, una contradicción irresoluble, como “vencedores vencidos”, en la que el adjetivo contradice lo que afirma el sustantivo porque, en una primera instancia, o se es un vencedor o uno ha sido vencido, está toda la ambigüedad, toda la potencia, de poder bascular entre uno y otro, toda la reivindicación de cada una y de ambas posiciones de enunciación, potencia de vida, a la vez.
Si alguna vez alguien pudo decir, para hablar de Juan Gelman, que la poesía política de Gelman tiene su raíz en el hecho de hablar como la gente de cosas que le pasan a la gente, el Indio tomó el camino contrario e hizo bailar, gritar, recitar, a la gente las cosas de la poesía, y la gente supo que la poesía es cosa de la gente. Nadie puede negar que supo escribir, porque supo escuchar o tal vez prefigurar el grafiti de la época, “qué escribe en la pared, la tribu de tu calle, la banda de mi calle”.
Y en medio de la feroz farsa actual, sigue brillando la exhortación a no quedarse callados, quietos o sumisos: “¡vamos las bandas, rajen del cielo!” o, en los versos que más me gustan, a no ser esos “caballos que / se mueren potros sin galopar”.
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