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Música que cura. Sobre Songwrights Apothecary Lab, de Esperanza Spalding

DISCUSIÓN

Además de explorar mundos lindantes con el jazz y tensar sus confines, a John Coltrane le habría gustado que su música fuera también sanadora: “si uno de mis amigos está enfermo, me gustaría tocar una determinada canción y se curará; cuando esté en la ruina, sacaría otra canción e inmediatamente recibiría todo el dinero que necesita”. La década del sesenta se nutría de mitos órficos. Recuperaba además a modo de jerga la creencia de tradiciones milenarias en los poderes sanadores del sonido. Y es así que, dos años después de la muerte de Coltrane, otro gran saxofonista y compositor, Albert Ayler, publicó en 1969 Music Is the Healing Force of the Universe. El disco se abre con la voz de Mary Maria Parks: “Oh, déjala entrar / La música del universo / La música del amor / Sánate / La música es la fuerza curativa del universo”. No deberíamos olvidarnos acá de Sun Ra. Su biógrafo John Szwed cuenta en Space Is The Place: The Lives And Times Of Sun Ra cuando Sonny Blount ―ese era el nombre de origen del pianista y, también, prodigioso compositor― se presentó en un hospital de Chicago para un grupo de esquizofrénicos graves. “Mientras él tocaba, una mujer que, según se dijo, no se había movido ni había hablado en años, se levantó del suelo, se dirigió directamente a su piano y gritó: ‘¿A eso llamás música?’. Blount ―que acababa de empezar a ser un artista original― estaba encantado con su respuesta, y contó la historia durante años como prueba de los poderes curativos de la música”. El resultado de esa experiencia fue “Advice to Medics”, un tema incluido en Super-Sonic Jazz, de 1956. La terapéutica y la imaginación, quiso probar, no eran territorios enfrentados.

Songwrights Apothecary Lab, de Esperanza Spalding, parece haber hecho suyos los anhelos de esos ilustres antecesores. Y lo subraya desde el mismo título de su octavo álbum de estudio. “Apothecary” no es otra cosa que una boticaria. Una maestra de los preparados, como si se hubiera propuesto reescribir con su contrabajo y su voz, junto con el soporte de un colectivo de extraordinarios intérpretes, la Cartilla pharmaceutica, chimico-galenica, de 1729. El disco fue editado por el sello Concord en septiembre de 2021 y, desde entonces, no deja de ser objeto de las más variopintas y merecidas ponderaciones.

Han pasado quince años desde el auspicioso debut de Spalding con Junjo, y cinco desde Exposure, que escribió, arregló y grabó en Facebook Live durante setenta y siete horas seguidas. En 2019 publicó Little Spells. Cada canción se relacionó con una parte del cuerpo. Songwrights Apothecary Lab ya no es descriptivo: quisiera prescribir. Spalding consultó a neurocientíficos y musicoterapeutas. La ciencia converge aquí con el sufismo y las músicas carnática del sur de la India y de África del centro. Razón, intuición y adivinación. Harvard y Alejandro Jodorowsky, a la vez. Con cada canción se ha propuesto abordar emociones y tensiones específicas. El disco, dijo su autora, es, en ese sentido, “mitad taller de composición, mitad práctica de investigación guiada”. “Casi como un feng shui auditivo”, dijo Sheldon Pearce en The New Yorker, pero, más que sorna, deja la pregunta en el aire, como si creyera en la respuesta: “¿podríamos llegar a la visión de Coltrane, creando canciones deliberadamente como remedios para restaurar el espíritu?”. Más que un ejercicio de chamanismo o la puesta en funcionamiento de una app eufónica, Songwrights Apothecary Lab tiene también un contexto que la explica: la pandemia y el negacionismo norteamericano, el confinamiento y los discursos paranoicos. La inédita situación, puntuada por las muertes, reactivó un interrogante de larga data: ¿para qué puede servir una canción? Es como si Spalding acá hubiera querido replantearse el concepto de lo utilitario. Un valor de uso que pudiera nutrir al oyente, consolarlo y también enriquecerlo.

“Hundite en el suelo a lo ancho y firme mientras el ardor / parpadea hasta brillar en la punta de la oreja / Mientras el peso de nuestro predicamento es inflexible / El amor viene a fluir por aquí”, canta en “Formwela 1”. La canción se construye lentamente a partir de voces superpuestas hasta que el contrabajo corta la textura y la voz solista gana el primer plano. Así como “Apothecary” remite a una aspiración salutífera, “Lab”, la tercera pata conceptual del título, avisa que el disco es un espacio de prueba y cruces, desde el jazz hacia otros géneros, para siempre retornar al mismo lugar de enunciación. No sólo se conecta con el Sonic Healing Lab, del que Spalding forma parte. El laboratorio es un territorio donde se trata de verificar una hipótesis. La música no puede ofrecer esas certezas. Un experimento tiene éxito o fracasa por anticipado con respecto a un objetivo exactamente definido. Presupone reflexión e implica una experiencia. De ningún modo puede ser un fin en sí mismo. Como solía señalar ya en 1961 Hans Magnus Enzensberger en su Aporías de la vanguardia, para ahuyentar a los cageanos de todo pelaje, un auténtico experimento no tiene nada de audaz; es un procedimiento muy simple y previsible para investigar fenómenos regidos por leyes. Por suerte, Spalding se cuida de invocar la jerigonza experimental, a estas alturas un anacronismo total. A su modo, ella ha buscado resultados (más allá de las aspiraciones regenerativas). Y vaya si el disco los alcanza.

Spalding contó con la colaboración de Raphael Saadiq, Wayne Shorter, el trombonista Corey King, la multiinstrumentista india Ganavya Doraiswamy y el muy interesante pianista rosarino Leo Genovese, habitual partenaire de la autora. “Básicamente, lo que queremos hacer es escuchar lo que la gente desea de la música, como ¿qué necesitás?”, ha explicado Spalding, pero el disco no se ha diseñado a la carta de un oyente abstracto e incapaz de tolerar músicas que no fueran codificadas. “Oír es un trabajo como leer / Oír es un trabajo como quedarse quieto / Oír es un trabajo como ver / Como ver, ver de verdad”, canta en “Formwela 7” y se lo toma realmente en serio. Como si quisiera decirnos: no hay juicio sin escucha comprometida. El disco lo propone sin ambigüedades. Atraviesa géneros, pendula entre el canto despojado o provisto de un simple acompañamiento, no reniega de la complejidad, con sus guiños, si se quiere, a cierto Ayler y Mingus, pero, también, a Bjork. Sólo basta con ver la presentación del disco en la NPR semanas atrás para encontrar analogías o inspiraciones. “Esto es lo contrario de la improvisación ―esta música está cuidadosamente formulada, trazada con un propósito― pero conserva gran parte del encanto y la intrepidez de los trabajos anteriores de Spalding. Las composiciones hacen un uso eficiente de su voz relajada, que es en sí misma un instrumento de curación capaz de aquietar la mente y relajar el cuerpo”, dice Pearce. “Spalding se ha concentrado en un lirismo que es psicológicamente más duro, menos preocupado por el placer y más alineado con revelar niveles de dolor y cómo se adhieren a nuestros cuerpos”, comentó Pitchfork. Como si la valoración no pudiera salir de un propósito rehabilitador. “Imaginate que ya hemos sufrido bastante / Entre el techo y el mito de la autonomía / La densidad de todo el mundo me supera / Todos están cargados con la conciencia zombi”, canta ella en “Formwela 3”, uno de los puntos altos de un disco por lo general muy poderoso. El track precedente, “Formwela 2”, es otra de sus bellezas, resaltada por la intervención de Ganavya Doraiswamy, cuyos melismas revisten a la canción de algo más que un ornamento orientalista. “Formwela 4” puede escucharse como un tributo a Joni Mitchell. Ese homenaje se vuelve más borroso sin embargo cuando la voz de King dialoga con la de Spalding. “Atrevete a decirlo”, se dicen, mutuamente. No hacen otra cosa que subrayar el arrojo constante de Songwrights Apothecary Lab. “Formwela 5” se sostiene a través de un patrón rítmico en el piano al que se pliegan el contrabajo y las voces. “Mientras estás ocupado buscando una luz / Te ilumino, lo intentaré / Mientras estás ocupado buscando a los tuyos / Yo te amo, yo te amo, yo te amo”. En la anteúltima se respira a Gismonti, quizá de la mano de Genovese. Un trepidante unísono que le permite a Spalding exhibir sus dotes de vocalista. El cierre del disco, “Formwela 13” no podría ser mejor: sobregrabaciones, cortes, un compendio de los recursos expuestos previamente.

Spalding apenas tiene treinta y siete años. Suele escribir su nombre en minúsculas. Más que un ejercicio pudoroso, la grafía es inversamente proporcional al tamaño de sus proyectos. Acaba de elaborar el libreto y protagonizar Ifigenia, la ópera compuesta por Wayne Shorter. Su confección atravesó numerosos obstáculos. En 2018, Shorter ya no podía tocar el saxo. Un temblor metabólico le impedía trabajar sobre el pentagrama. Spalding solicitó un año libre de Harvard y se fue a Los Ángeles para ayudarlo. El casi nonagenario recuperó parte de su fuerza. Su temblor disminuyó. “Ella tiene una misión”, dijo. La obra fue estrenada a fin de año. Cuenta con veintiocho cuadros. Además del papel solista de Esperanza, la ópera se asienta en un grupo de cámara, nueve cantantes y un coro. En el mito original, la diosa Artemisa exige que Agamenón, comandante de los griegos, sacrifique a su hija, Ifigenia, a cambio de vientos favorables en su viaje a Troya. La historia ha sido subvertida. No hay una sino muchas Ifigenias, como tantas músicas en definitiva habitan en ella. Ese personaje multiplicado tiene, según la libretista, un fuerte sentido de autonomía: “en esta aventura de la vida, tenés libertad de elección”. Algo que Spalding ejerce disco a disco. Y se lo agradecemos.

 

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