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Sobre el Premio Faena a las Artes. Felices con poco

DISCUSIÓN

En una época en la que hasta el Papa critica el capitalismo salvaje, traer una vieja discusión de la izquierda puede sonar algo snob. Este es el momento en que el referente, sentado en una ronda amplia, se pregunta si su movimiento crece o la fragmentación hace estragos. Sin tiempo para mostrar miedo, habla como si supiese lo que va a pasar. Con premura levantan la mano, se discute la posibilidad de abrir nuevos frentes confiando en que una agitada dinámica generará nuevos y revoltosos socios. Surge una suerte de “foquismo”.

Basta leer los comentarios suscitados por el Premio Faena a las Artes 2012 para comprobar la manera inesperada en que la cultura pasa otra página: Franco Vico ¡¡¡¡FOQUISTA!!!! Ciertamente, lo primero que se percibe al entrar a la muestra es cierto aire de kermés, con el que Lucrecia Palacios –la curadora– fue muy insistente en el montaje. Un aire un tanto “amateur” que ablanda el Faena Arts Center, baja copetes y nos predispone distinto, dado que –a excepción de los que andan en rollers– el espíritu desenfadado no abunda en las calles sobrediseñadas de Puerto Madero.

En eso se aparece un obrero. Vestido con ropas de otra época, como recién salido del DeLorean. Mira para los lados como si quisiese leer el nombre de la calle, pensando “qué hacen estos acá” y baja el saco de café que lleva al hombro. Se trata de Guido Spinella, un vairoletto, el primero en aparecer, que mueve bolsas en medio de la gente que todavía está llegando. Para allá, para acá, sin parar, pero cuando se toma un respiro hace algún comentario descolgado, de un carisma latino parecido al de los pájaros.

No es cierto que todos los pobres anhelen ser ricos. En la Villa 31 hay niños que no conocen la ciudad formal hasta que tienen que ir al primario. Y esa parece ser una condición fundante de la muestra: los vairolettos son felices con poco. Son un mero eco del concurso inicial, por medio del cual Vico llamó la atención y se quedó con una buena porción de la torta. Bastardos, truchos, refritos por propia elección. La sutileza los deforma. ¡Oh, vairolettos! ¿No era el anarquismo la mayor digresión? Pero los vuelve singulares a la vez. Miran a cámara absortos sin saber si lo que hacen está mal o bien.

Liv Schulman: otra vairoletta de una inestabilidad temperamental inquietante, que programa lecturas en sótanos sin habilitación, en locales del Partido Obrero o en plena calle. Su propuesta para los mil dólares se parece a un videogame: hay que perder la suma de dinero rápido… No pudiendo evitar sentirse un poco idiota al hacerlo. Saliendo de una casa de cambio en la Triple Frontera y entrando en otra, pierde dinero en cada operación y se parece un poco al Woody Allen que se animaba a sacar a Marshall McLuhan de un rincón mientras discutía en una fila de cine. Desparpajo y acciones concretas contra la abundancia de pensamiento repetido.

Volviendo a la inauguración, después de que Vico hiciera su circo, entró un chico hablando en voz alta, preguntando qué estábamos haciendo ahí y si nos creíamos que éramos el pueblo… Ese ¿era de verdad o contratado? La mayoría lo miramos con duda. El chico ofuscado insistía: “Esto no es el pueblo”. Fue un gesto valiente. Y le aportó a la muestra un instante de lucidez. Con lo que se podría concluir que sí: Alan Faena abrió un espacio de expresión, un Centro Cultural en Puerto Madero.

Para el resto de las incómodas contradicciones hay unas palabras del gran Padre Mugica, elegidas por Demián Konfino para el logrado retrato que hizo en la revista Sudestada: “Es necesario un proceso revolucionario en nuestra Patria… No sólo para que los pobres puedan recuperar los bienes que les han robado y puedan vivir dignamente, sino también para redimir a los ricos de su ancestral estupidez”.

Allanar una manera pacífica en la que los ricos pierdan lo que les sobra, sin por ello quitarles la estabilidad social que, en un sentido estricto, sería lo mismo que buscamos asegurarles a todos los demás ciudadanos: salud, techo y trabajo.

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