Koljós
En Agujeros negros. De la relatividad general a la información cuántica, Gastón Giribet va componiendo un recorrido por teorías, conceptos y antecedentes para desafiar el obstáculo mayor: hacer comprender al lector común la complejidad de los agujeros negros, esos astros que en principio no se ven, pero cuya presencia puede leerse en el espacio a través de indicios circundantes, como por ejemplo el comportamiento de las estrellas cercanas sometidas a la gravedad del astro invisible. Nunca deja de ser sorprendente que las formulaciones físicas enmarcadas en teorías permitan explicar funcionamientos que las condiciones tecnológicas de cada momento no pueden comprobar. Y que, sin embargo, tiempo después (en ocasiones son décadas) se vean esbozadas en fórmulas que se corroboran. Es también la historia de los agujeros negros.
La posibilidad de que existieran astros lo suficientemente densos como para impedir a la luz abandonar su horizonte podía desprenderse de las ecuaciones de Einstein, aunque quien señala esa posibilidad es Karl Schwarzschild, físico, matemático y astrónomo alemán. Pero incluso antes era una idea que orbitaba la mente de otros pensadores. El primero fue el inglés John Michell, quien hacia 1783 entrevió la posibilidad de que existieran cuerpos estelares oscuros. También los imaginó el francés Pierre-Simon Laplace hacia 1796, e incluso (este es un dato curioso en el libro) fueron concebidos por Edgar Allan Poe en su poema “Eureka”, de 1848.
Giribet da cuenta también de cómo los avances tecnológicos del siglo XXI han permitido no solo un mayor entendimiento de los agujeros negros, sino también la confirmación de hipótesis elaboradas en el pasado. Expresiones repetidas en cada uno de los capítulos así lo exponen: una y otra vez leemos “recientemente”, “por primera vez”. Ocurrió, por ejemplo, con la primera detección de ondas gravitacionales, que recién se dio en 2015 e inauguró un nuevo tipo de astronomía, “una nueva era observacional del cosmos”. A su vez, esta detección permitió confirmar “que las fusiones de estrellas de neutrones son el origen de muchos estallidos de rayos gamma breves y el principal mecanismo de formación de elementos pesados, como el oro o el platino, en el universo”. Hay más: “En los últimos años, el Telescopio Espacial James Webb ha detectado un nuevo tipo de objeto astronómico cuya naturaleza no está clara pero que podría corresponder a grandes agujeros negros. Se los conoce como Little Red Dots, ya que se trata de cientos de objetos que, desde aquí, lucen como ‘pequeños puntos rojos’”.
Un aspecto destacable del libro de Giribet es lo que podríamos llamar la distancia del lenguaje. Efectivamente, se trata de un texto que, además de enfrentar la complejidad del tema y las teorías que lo desarrollan, se esfuerza en salvar la dificultad expresiva. Merece mención porque la escritura de Giribet es precisa, clara, en el modo en que lo requieren los temas complejos y en especial los abstractos, y sin embargo no concede nada a la simplicidad reduccionista a la que sucumben, por presión editorial o pura decisión personal, otros divulgadores. Hay que decirlo: es un libro que por momentos exige consultar algunas informaciones que se dan por sabidas, pero aun así no es una escritura que deje fuera al lector común. Es evidente que nosotros, los legos, estamos a una distancia grande, cósmica, de esos saberes, que sin embargo entendemos esenciales, interesantes y entrevemos con fascinación. Pero incluso la incomprensión suscita asombro, porque lo que se nos oculta, en términos de comprensión cabal, activa no obstante la intuición. Nos queda, en ocasiones, aceptar el dato sin tener los elementos suficientes para entablar una discusión, una refutación, ni siquiera un contraejemplo. Sin embargo, así, a la distancia, Giribet nos acerca el misterio.
Gastón Giribet, Agujeros negros. De la relatividad general a la información cuántica, Salta el Pez, 2026, 280 págs.
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