La máquina del tiempo
¿Podría decirle uno a Virginia Woolf lo que tiene que hacer? No tendría ningún sentido. ¿Podríamos imaginar a Kafka preparando sus líneas, trabajando la memoria para retener un diálogo al pasar y tensando el cuerpo para que este entregue la coreografía gestual que hace creer en un actor? ¿Alguien es capaz de pensar que Marcel Proust abandonaría sus dominios de cama para seguir los delirios tiránicos de alguien que busca leerlo, acomodarlo, llevarlo de acá para allá? El elenco estable de Carlos Surghi en este libro está compuesto por vagos y malentretenidos textos modernos de goce, piedras basales a las que sin embargo mueve. Tal vez se trate entonces de la tarea de un niño que, en las siestas del domingo, juega a los soldaditos para simular las grandes batallas de la independencia que aprendió durante el colegio.
Al leer El realismo sentimental es fácil suponer que Surghi escribe con placer, cada frase nace sin llanto o desesperación, tampoco hay solemnidad o afectación. Los temas bucólicos, la intimidad familiar, las escenas juveniles observadas desde la distancia no terminan de configurar el espacio mental de la ternura. Surghi tiene el gen propio de la discusión que ostentan los ensayistas, esto quiere decir que tiene una relación gimnástica con la palabra. Entrenado para disparar primero, acertar es algo secundario.
Este libro reúne cuatro ensayos —“Estudio”, “Jardín”, “Paseo”, “Conversación”— o situaciones del pensamiento donde vida y literatura se anudan. Estos sketches, en los que las minucias cotidianas de Surghi, sus lecturas, su paternidad, sus recuerdos de infancia y su gramática afectiva ordenan ideas sin la fuerza del tratado o la torpeza simplificadora del paperismo, son en realidad el territorio para que su estilo se despliegue con mayor solvencia. Tal vez por eso todo el libro trate de la vida como condición de posibilidad para una escritura emancipada de cualquier estrategia operativa y discursiva, eso que, de otra forma, llamaríamos la literatura como mancha semiótica. Acá decir “yo” o “nosotros” no es más fácil o difícil que en otras épocas. A pesar de que Surghi tiene una vocación por defender una tradición moderna perimida, el gusto y la profundidad son los emblemas de esta prosa que se resiste a la sentencia, al telégrafo, a la selfie, a todo lo que sea una forma vulgar de la velocidad que no inscribe rastros en el desierto, aunque toda huella pueda ser precaria. Las cuatro secciones del libro, más o menos extensas, más que un posteo en redes sociales o una nota periodística, menos que un capítulo de una tesis, dan forma a un recorrido equilibrado en el que los souvenirs de las aventuras de Surghi terminan por armar un inventario de signos, fragmentos, restos de belleza. A veces retoma un poema, otras, escenas de la vida de escritor, en varias ocasiones son fotografías de familia, de recorridos posibles por la ciudad. Pero siempre lo que persigue es un trazo que se borra.
El ensayo sostiene ese mundo de las ideas, pero para que estas alegren algo de la vida, o le tiendan trampas y humillaciones. Sin embargo, el ensayo produce las circunstancias de los incidentes, y si busca algo, apenas es una forma lo que lo tienta a detenerse. Los biografemas de Surghi, esquirlas frívolas y anómalas de la diacronía, son entonces la materia con que la prosa empieza su trabajo de erosión y torsión; lo que se lee no es la anécdota o la serie de programas narrativos que establecen un relato, lo que se lee es el pensamiento que lee. El programa que El realismo sentimental le pide a su elenco estable de lecturas no es del todo una representación; más bien se trata de una solicitud de incisión, abrir la carne, dejar que la lengua haga su travesura de fantasma: asociar los elementos lejanos, separar los materiales, huir de cualquier realismo conocido, y después proponer solo silencio.
Carlos Surghi, El realismo sentimental, Nube Negra, 2025, 196 págs.
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