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Aunque parte del público estadounidense ya conoce una variante del mate, un energizante enlatado a base de ilex paraguariensis que se vende en los supermercados, pocos seguramente están enterados de que ya sus antepasados indígenas de América del Norte sorbían algo muy parecido, una infusión de una planta también de la familia de los ilex, el yaupon. Y lo hacían muy a la manera en la que en Sudamérica los guaraníes ingerían su ilex local: como psicoestimulante y para usos ceremoniales. ¿Por qué el hábito del yaupon no sobrevivió, mientras que el mate sigue firme en el sur de Sudamérica y es la tercera infusión cafeínica del mundo, después del té y el café? Y, si se sigue tirando del hilo: ¿por qué, si la yerba llegó a Europa antes (y si las moléculas alcaloides de los tres son químicamente idénticas), el té y el café ganaron tanto más terreno en el mundo como estimulantes naturales de preferencia?
La historia de las principales infusiones con cafeína dice mucho sobre la construcción de la modernidad, entiende Christine Folch. Después de todo, cuando los españoles conocieron la yerba en el siglo XVI, “casi nadie en Europa Occidental había probado siquiera una bebida con cafeína, y mucho menos desarrollado preferencias estimulantes fijas”. Su investigación sobre el mate pone de relieve la trama de imperios, comercio, valores culturales, religión, distinción, sensibilidades identitarias, que sostiene la adopción de un hábito gastronómico.
El mate es una bebida amigable. Se lo convida, genera rondas y “lo beben todos del mismo canuto”, como apuntó un europeo hace cuatro siglos. Menos apacibles son los caminos por los cuales la planta selvática que los guaraníes cosechaban para sí mismos y llamaban caá se convirtió en codiciada mercancía y objeto de disputas. Según Folch, los intereses de la yerba jugaron un papel en conflictos cruciales que marcaron la región, como la expulsión de los jesuitas y la Guerra de la Triple Alianza.
En un principio, los españoles miraron a la “hierba del Paraguay” con recelo, pero a medida que todos pasaron a consumirla —ricos y pobres, soldados y civiles, así en Quito como en Asunción y de todas las etnias—, se forjaron mercados y rutas comerciales. Para hacer fortuna con ese oro verde, los encomenderos sometían a los indios a atroces internaciones en la selva, para extraer la hoja que luego acarreaban, con gran penuria y mortandad, hasta los puntos de embarque. Mejores empresarios, los jesuitas estudiaron cómo reproducir la planta en tierras de las misiones, con la ventaja de que el producto ya no estaba lejos de los embarcaderos y de que no perdían el personal. La competencia de la Compañía en el comercio yerbatero alimentó la inquina de los encomenderos y fue uno de los factores que precipitaron su expulsión.
Décadas después, la yerba también causó problemas al naturalista francés Aimée Bonpland, empeñado en recuperar los saberes sobre cultivo que se habían dispersado con el fin de las misiones. Mientras recorría el territorio, el dictador paraguayo Francia lo acusó de algo así como espionaje etnobotánico y lo tuvo preso diez años en un pueblo de Paraguay.
La biblioteca histórica sobre la yerba mate, que tiene su clásico en un omnicitado libro de Juan Carlos Garavaglia de 1983 sobre la economía colonial, ha recibido alguno de los aportes más recientes del lado de la llamada “historia de las mercancías”, una corriente que, al investigar la trayectoria de un particular producto, echa luz sobre aspectos poco registrados de la historia mundial. La explosión de estos estudios dejó libros sobre el café, las bananas, la pimienta, el bacalao, la cocaína, las flores. En lo que va de esta década el mate ha tenido su turno con al menos tres títulos publicados en Estados Unidos, entre ellos El libro de la yerba mate, ahora traducido al castellano. Uno de los capítulos más atrapantes de este libro es el tercero, que pone en foco las conexiones entre conquista europea y ciencias naturales. El proceso de nominación de los ilex es un buen caso para observar cómo aun los aparentemente impasibles nombres en latín de las especies botánicas arrastran huellas de prejuicios, jerarquizaciones culturales y supremacías.
Christine Folch, El libro de la yerba mate. Una historia estimulante, traducción de María Julia De Ruschi, FCE, 2025, 336 págs.
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