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El país del humo

Sara Gallardo

LITERATURA ARGENTINA

El impacto que un texto tiene en cada uno muchas veces ancla en la nitidez de las imágenes que quedan en la cabeza. No recordaba, por ejemplo, hasta que releí “Cosas de la vida” y la tuve de nuevo frente a mí, como si la viera, la casa del jubilado que se mece entre las olas en un mar sin límites. Lo mismo me pasó, aunque sea un cuento que ya había releído varias veces, con el final de “¡Pero en la isla!”: “Vio con los ojos cerrados que un joven caía desde una rama, una caída blanda, pesada. Vio caer sobre él unos animalitos acribillados”. 

La edición de El país del humo que publicó Fiordo en febrero de este año agrega, después del título, “Cuentos de Sara Gallardo”. La forma en que Gallardo encara el género cuento o, más en general, su manera de abordar la prosa narrativa, con un ritmo entrecortado, frases truncas, espacios vacíos que en algunos casos son imposibles de rellenar, ya es, por sí sola, muy particular, por no decir única (el estilo de Gallardo tiene mucho en común con el de Di Benedetto). Y si bien hay, en un libro algo extenso para ser de ficción breve, algunos cuentos propiamente dichos, la mayor parte de los textos que lo componen no tienen la extensión ni la estructura de un cuento. A veces tienen apenas un par de líneas, como “Un camalote”.  

El microrrelato es una forma históricamente bastardeada, con algo de razón, porque cuando uno investiga quiénes son los exponentes del género en español se encuentra en muchos casos con textos mediocres, acertijos infantiles, reescrituras ingeniosas, en el mal sentido, de escenas bíblicas y un manejo amateur de la frase. No pasa lo mismo cuando se investiga sobre flash fiction en inglés: Lydia Davis, Diane Williams, Jamaica Kincaid, Amy Hempel, Russell Edson. Pero en realidad hay una tradición igualmente valiosa del género en español, en donde existen textos de Pizarnik, Borges, Cortázar, Felisberto Hernández, Virgilio Piñera, Di Benedetto y Gallardo. Quizás porque esos textos siempre aparecieron, como en El país del humo, disimulados entre piezas más extensas es que cayeron en la categoría “cuento” o “relato”; quizás, en algún momento, merezcan que se los lea bajo otro código, y así se salven de que se los considere apenas como cuentos no muy logrados o fragmentos inconclusos. 

Cuando escribe cuentos en toda ley, como los que abren y cierran el libro, “En la montaña” y “Un solitario”, Gallardo se permite también explorar los (sub)géneros (el fantástico, el realismo) y darles un color propio, y se maneja cómodamente en el terror y en la ternura. Cuando narra en tercera construye una voz que parece venir de la tradición oral; un narrador entrado en años que introduce sus historias con sentencias como esta: “La vida de un solitario es exactamente eso: la vida de un solitario”; un narrador que se permite entrar y salir del relato, pero no del texto, para apoyarse en metáforas o en fragmentos de sabiduría popular. 

La joya de este libro es “Las treinta y tres mujeres del Emperador Piedra Azul”, compuesta por treinta y tres fragmentos, uno por cada mujer, en donde el relato no procede narrativamente, sino poéticamente. Lo que predomina es el ritmo, la construcción del ambiente y de las voces de las treinta y tres mujeres, sus relaciones entre sí y su relación con el emperador. Pero el lector no lee para saber qué pasa: quiere saber qué dicen, qué piensan, qué les pasa, en todo caso. 

El país del humo es un libro desconcertante. Es difícil saber qué hay del otro lado de cada página; cada texto propone un pacto de lectura distinto, y muchas veces, al terminar, uno se queda pensando si entendió o si no entendió y entonces vuelve atrás, vuelve a leer las frases truncas, semivacías de Sara Gallardo, como queriendo encontrar algo que se perdió. Si ese efecto es o no un mérito, ya depende de cada lector. 

 

Sara Gallardo, El país del humo, Fiordo, 2026, 248 págs. 

19 Mar, 2026
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