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Max Garita

Nicole Popper

TEATRO

Todas las épocas tienen un trabajo que define el límite inferior del escalafón social. El Rappi de hoy hace años era el telemarketer y, antes de eso, en los noventa, cuando el neoliberalismo partía el mundo en countries y villas (todavía lo hace), ese rol fue el del guardia de seguridad. Se levantaron rejas, torres, portones y puestos de control. El sistema se comió las antiguas garitas de conscriptos y las regurgitó como garitas de vigilancia privada. Y en esas garitas se colocó al trabajador sin mucha experiencia, secundario completo pero currículum corto, a hacer el trabajo más alienante posible. El trabajador-máquina del cambio de siglo. El obrero de los tiempos posmodernos. El vigilante sin poder. 

Max Garita es una obra en un solo acto que comienza cuando esa historia ya está contada y elige mostrar la última hora. Todo pasado, todo exterior, queda siempre fuera de la escena (una puesta minimalista pero efectiva) y los únicos vasos comunicantes son tecnologías de variable complejidad: una puerta, un panel, un televisor, una computadora, un intercomunicador, un escritorio, una silla. No hace falta más porque el mundo que se va a explorar no es el que está afuera, sino el mundo interior de Max, un hombre roto que muy eficazmente ejerce el rol de guardia de seguridad en esa garita, tecleando patentes de autos y autorizando el paso de vehículos a lo que, suponemos, es un barrio privado. Max es un gatekeeper, es decir, no el monstruo al que Internet le dio glamour en los últimos años, sino el guardián kafkiano, el que ni siquiera tiene poder de decir algo distinto de lo que el sistema espera que diga (Max nunca niega el paso a los autos, a lo sumo deriva por el ingreso de proveedores). 

Por supuesto, la escena construye tensión y la tensión eventualmente produce un quiebre. En este caso, toma la forma del fantasma de su hermano muerto ―un recurso a mitad de camino entre Hamlet y la lógica de la amenaza externa de Harold Pinter, pero de nuevo: siempre acá, siempre local, con ansiedad sudamericana―. El pasado de Max se presenta y lo envuelve, lo enrosca y lo desenrosca, y lo lleva hacia el clímax de la locura. Ocurren eventos terribles, porque no puede ser de otra manera: al fin y al cabo, es un hombre solo, en una garita, comunicándose a través de máquinas con personas que no sabe si están ahí. La opresión hipertecnificada del siglo XXI se convierte en terror decimonónico: el terror de ver a una persona caer en una justificadísima locura. El terror cósmico de saber que esas garitas quizá existirán para siempre. El terror trágico de entender que las garitas son artefactos de nuestra propia hechura. Nuestro destino en ellas es inescapable. Las diseñamos con ese fin.  

 

Max Garita, dramaturgia y dirección de Nicole Popper, Teatro El Grito, Buenos Aires. 

27 Ago, 2026
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