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Escribir en el agua

John Cage

TEORÍA Y ENSAYO

¿Por qué leer un libro sobre cartas? O, también, ¿por qué editar un libro sobre cartas, y especialmente uno en el que sólo escribe una persona? La apuesta que hizo Caja Negra a fines del año pasado al publicar Escribir en el agua, de John Cage, parece osada o, como mínimo, anacrónica. Pero dado que ahora los millennials nos volvimos aficionados a las cámaras de rollo, parece una época propicia para promover las sanas costumbres de la comunicación asincrónica.

De cualquier forma, Escribir en el agua no es sólo para jóvenes analógicos: necesariamente te tienen que gustar la música —no la de Cage: la música—, el chisme y el mundillo de las celebridades. Tiene el mismo atractivo que las escenas de Hemingway y Gertrude Stein en Medianoche en París, y nos acerca a la crème de la crème de Europa y Estados Unidos de mitad a finales del siglo XX. Federico Falco, en una entrevista, se pregunta si John Cage es una figura histórica. Con Escribir en el agua la respuesta es fácil. Se entrecruzan interlocutores como E.E. Cummings, Leonard Bernstein, Octavio Paz, Marcel Duchamp o Yoko Ono, además de decenas o centenas de compositores, críticos y músicos.

El libro reúne muchísimas cartas desde 1930 hasta 1992, lo cual implica ver crecer en primera persona a un artista que cambió el paradigma de la música contemporánea. Para poner un punto concreto, 4’33’’ es de 1952: tenemos veintidós años de textos en los que se puede ver a Cage llegar, poco a poco, a construir una teoría musical que le permitió hacerse cargo del silencio, y cuarenta después de ese hito. Estamos hablando, también, del compositor que recurrió al I Ching para escribir música y es considerado un precursor del happening. En una de sus últimas cartas, afirma: “Lo que más me interesa es la música que no dice nada. […] La pieza [108] no tiene director. Mi deseo es que mi música sugiera que la sociedad podría arreglárselas sin gobierno”.

La música, en Cage, inunda todo. En Indeterminación, libro de poemas publicado por Zindo & Gafuri, los textos están enmarcados en una premisa rítmica: la lectura de cada uno de ellos debe durar exactamente un minuto, sin importar la cantidad de palabras que tenga.

Cage es un gran músico, quizás de los mejores del siglo XX, pero Escribir en el agua demuestra que va mucho más allá. Hay discusiones políticas, sexuales, lingüísticas, comparaciones entre Estados Unidos y Europa, se habla del sujeto moderno, el capitalismo y el psicoanálisis. Lo leemos ganar la beca Guggenheim, recibir manuscritos de los Beatles y decirle sin tapujos a Yoko Ono que no le interesa un proyecto de ella. Siete meses antes de morir escribe, en una carta sin destinatario: “Al igual que a ti, seas quien seas, me toca vivir en un tiempo complejo. Mi vida es una inconsistencia tras otra. Hago algunas cosas para salvar mi pellejo, otras porque me dan placer. Y otras porque parecen buenas o correctas. Escribo música cuando no estoy haciendo ninguna de esas cosas”.

Es difícil, hoy, el género epistolar. Requiere de otro tiempo, de otra lógica, y de poder sostener una lectura de un tipo muy distinto a la que nos enfrentamos a diario. Escribir en el agua no es un libro que se pueda leer de una sentada o en una tarde de lluvia. Quizás conviene reservarlo para la peluquería o las salas de espera, o tenerlo en el bolsillo para conversar con quienes conozcan al gran Cage. Esa versatilidad, creo, es la que demuestra en sus cartas, y la que hace de Escribir en el agua un libro único.

 

John Cage, Escribir en el agua. Cartas (1930-1992), traducción, selección y prólogo de Gerardo Jorge, Caja Negra, 2021, 472 págs.

21 Jul, 2022
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