OTRAS LITERATURAS

Maestro y discípulo: ¿quién de los dos necesita más al otro? ¿Quién elige a quién? ¿Hasta cuándo se es discípulo, y desde cuándo maestro? La primera mitad de Kokoro —algo así como “corazón” en japonés, título que los traductores españoles de la novela decidieron conservar— da respuestas oblicuas a esas tres preguntas. La información que provee la anécdota es escasa: un estudiante conoce a un hombre maduro en una playa de Kamakura y por motivos no explicitados se fascina con él. Lo llama Sensei a la primera ocasión, lo frecuenta en su casa de Tokio, lo acompaña en sus paseos. Sensei es un misántropo sin ocupaciones, visitante regular de cierta tumba del cementerio de Zōshigaya. Si tiene alguna sabiduría para ofrecer, se la guarda junto con los pormenores de su pasado. Es igual: el estudiante no se despega de su sombra. Quizás lo que lo atrae de él sea justamente el autodesprecio, un arrepentimiento de años, imposible ya de sublimar.

Lejos del sarcasmo filosofante de sus primeras obras —entre las que destaca Soy un gato, brulote empeñado en mofarse sin pausa de la clase media de la era Meiji (1868-1912), que encarnó la apertura de Japón al mundo y el puntapié de una modernización que ya no se detuvo—, Natsume Sōseki vertió en Kokoro todas las vacilaciones de la senectud. La prosa es tan taciturna que el nervio humorístico se ausenta hasta de los diálogos. El contexto tampoco ayuda: el emperador está muriendo, en breve el general Nogi se suicidará en ceremonial hara-kiri y de esa forma la gloria inaugural del nuevo país se eclipsará sin remedio. Son los tiempos del propio Sōseki, que escribe su novela definitiva mientras la publica por entregas en el Asahi Shimbun, el diario donde trabaja como editor de la sección literaria. Como un maestro que ya no cree que su doctrina valga la pena, construye a sus protagonistas sin ignorar que la época de las certezas ha quedado atrás. Ni Sensei tiene claro qué enseñanza puede dejarle al estudiante, ni el estudiante entiende del todo por qué venera a Sensei. Mientras tanto, las estaciones se deslizan y la amistad entre ellos se robustece.

La novela se rompe cuando el estudiante egresa y va a pasar una temporada con su familia en el interior de la isla. Hay un padre moribundo, que emparenta su enfermedad con la del emperador, y una ristra de eventos mundanos —la herencia inminente, la aversión por la vida de provincias— que ensamblan las historias del estudiante y el Sensei joven. El interludio se cierra con la llegada de una carta larga y concienzuda, en la que Sensei desfoga su gran secreto. El racconto espeja el intercambio que se inició en Kamakura, sólo que ahora Sensei es el discípulo y el maestro un anacoreta de su misma edad, lector de los sutras y de la Biblia. La segunda mitad de la novela esconde además un triángulo amoroso —muy tenue, al estilo japonés— y transforma el libro entero, cuya fisonomía se adelanta nebulosamente a la de El último encuentro, de Sándor Márai: primero el escenario que prepara la confesión, después el descargo en primera persona que lo explica todo.

O casi todo. Por momentos, incluso cuando narran, los personajes ignoran el fondo del conflicto. En la habitación de uno el brasero está encendido y en la del otro campea un aire helado; con esos detalles mínimos Sōseki hace de su novela una historia universal. Al fin y al cabo, el único maestro verdadero es el tiempo que se escurre, que no enseña con palabras, que deja las palabras para los aprendices que somos sin saberlo, y cuya lección siempre se revela cuando ya es demasiado tarde.

 

Natsume Sōseki, Kokoro, traducción de Yoko Ogihara y Fernando Cordobés, Impedimenta, 2022, 304 págs.

21 Jul, 2022
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