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Diario de Alaska

Lara Segade

LITERATURA ARGENTINA

En principio, lo cotidiano no es lo excepcional. No podría serlo, ya que es el fondo sobre el que se dibujaría, para que podamos verla, la silueta de lo excepcional. Pero si lo excepcional irrumpe y toma el lugar de lo cotidiano, ¿cómo se estabiliza esa nueva realidad? ¿O lo cotidiano estaba desestabilizado desde un principio, solo que no nos habíamos dado cuenta? ¿Lo cotidiano sería entonces la estabilización de lo excepcional? ¿O es lo excepcional lo que crea la posibilidad de ver lo cotidiano? También podría ser que usemos la palabra “excepcional” sin saber realmente lo que significa; o, incluso, que cuando lo excepcional ocurra y lo sintamos como tal, no sepamos cómo hacer para significarlo. Diario de Alaska, de Lara Segade, podría leerse como el registro de distintas excepcionalidades confluyendo en el cuerpo de una escritora: la maternidad principalmente, como un caballo de Troya a través del cual irrumpe la vivencia de lo extraordinario, pero también el confinamiento durante la pandemia, la enfermedad de los padres, la reconfiguración de los lugares familiares. Y la imagen del poema como telón y figura, alegoría concreta de una percepción que capta esas intensidades que se presentan con la forma de una inminencia, visibles pero a la vez fugitivas. La poeta es una cazadora arrojada en un coto de caza y el poema, un animal que escapa a su cacería. O una fortaleza, que Segade elige sitiar de a poco y con paciencia, armada con su aguda observación y una escritura tan despojada como concisa. Maurice Blanchot señaló que el diario íntimo está sometido a una cláusula en apariencia liviana pero temible: respetar el calendario. Se trata de registrar lo que sucede en el marco temporal que el diario establece. Es por eso que decidirse a llevarlo es una apelación al futuro, que dará motivos para escribir. Pero el futuro es lo desconocido, y lo desconocido podría lindar con lo monstruoso. ¿Cómo saber de antemano si la llegada de un hijo no nos hará tambalear la vida? Con ese no saber que acompaña siempre al deseo como una sombra, Lara Segade construye su cuarto propio, el espacio de escritura de su Diario de Alaska. El recuerdo de un episodio sucedido en un viaje se vuelve entonces, de algún modo, cifra del libro: “Estaba escribiendo un poema sobre una gata que vivía en los acantilados y a la que en ese viaje habíamos estado llevándole comida. Un día, de la nada apareció un perro callejero y en un solo movimiento avanzó hasta el plato. La gata, que se alejó del plato, quedó al borde del precipicio, separada por el perro de la cueva donde había dejado a su cría para salir a comer. Los días anteriores la habíamos visto enseñarle con paciencia al gatito a moverse por esa tierra escarpada. Se veía ahora en su mirada que estaba haciendo cálculos, se veía la desesperación. Nosotros, inmóviles en la costanera, nos avergonzábamos de haberle ofrecido comida fácil a una gata hambrienta, de no haber visto al perro, de no haberlo frenado. Esa sensación de haber hecho algo mal por desconocimiento de las reglas que dominan al mundo”. Ahora bien, ¿cuáles son exactamente las reglas que dominan el mundo? La maternidad, parece decir Segade, es enfrentarse a la imposibilidad de medir con certeza cuál será la consecuencia de nuestras acciones. También, y sobre todo, la vivencia de un amor extraordinario, el ingreso en una cotidianidad encantada y, por lo tanto, excepcional. ¿De qué otro modo, si no es por ese estado de encantamiento, se explicaría cierta manera de actuar que si no fuera por ello sería vista más bien como algo esclavizante? Y junto con la vida maternal, están las múltiples lecturas que acompañan a Segade y que van construyendo un heterogéneo mundo de referencias literarias: Lydia Davis, Denise Levertov, Sigmund Freud, John Berger, Mary Shelley, Raymond Carver, Sharon Olds, Rivka Galchen, Jack London, William Carlos Williams, William Blake, Aldous Huxley, Clarice Lispector, Alfonsina Storni, Juana Manso, Eugenio Cambaceres y Louisa May Alcott aparecen a lo largo del diario. En otros tiempos, la cita era esencialmente un recurso de autoridad, hoy es más bien una forma de explicitar aquello que dio orientación al pensamiento de quien escribe, y en su uso hay un deseo implícito: dejar constancia por escrito de que la lectura es, para una lectora apasionada, un elemento decisivo que ayuda a posar la mirada sobre las cosas, a reflexionar sobre las situaciones que se suceden con los días, desde las más insignificantes hasta las más vitales. Y es, por último, una declaración: la de que incluso en sus momentos más excepcionales, la vida sin la lectura sería un error.

 

Lara Segade, Diario de Alaska, Bosque Energético, 2025, 126 págs.

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