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Diario pinchado

Mercedes Halfon

LITERATURA ARGENTINA

Uno de los mandatos más incontestables de nuestra época (al menos hasta la llegada del coronavirus) es ese que afirma que viajar debe ser siempre una experiencia dichosa. Se trata de un poderoso lugar común que atraviesa clases, culturas, géneros, edades. Hay viajes para todos los gustos, desde el hippie introspectivo a las ruinas de Machu Picchu, pasando por el noventoso a los shoppings de Miami hasta el cosmopolita urbano de las becas y las movilidades académicas. No todos podemos, pero todos queremos viajar. Son pocos quienes se animan a afirmar públicamente que preferirían no hacerlo. La literatura es uno de esos lugares excéntricos en que a veces toma cuerpo el lado B de los viajes: experiencias del desarraigo, siempre al borde de la disolución, que son en definitiva las que hacen que verdaderamente pueda valer la pena emprender uno. “Navegar es preciso, vivir no lo es” acaso quiera decir también eso: que sólo vale la pena emprender un viaje cuando este nos pone en el umbral de nuestra identidad. Si no, mejor quedarse por el barrio y no andar contaminando el planeta y desparramando virus por ahí.

Diario pinchado se inscribe en esa tradición que narra la experiencia del viaje desde la intemperie y el descolocamiento. Sucede en Berlín y eso lo sitúa en la serie de memorias dedicadas a retratar esa ciudad, pero en realidad su búsqueda lo acerca más al Diario de Moscú, en el que Benjamin registra sus experiencias en la Rusia bolchevique mientras relata, en tono de triste comedia de enredos, sus desencuentros amorosos con Asja Lacis, la actriz revolucionaria letona que es el verdadero motivo de su viaje. También en Diario pinchado, aunque aquí de manera más programática, el tema principal (un viaje a Berlín) es la excusa para contar otra cosa (el final de una relación). La diarista llega a Alemania para reencontrarse con su novio, luego de tres meses sin verse, y acompañarlo en el último tramo de su estadía. Lo que imagina como un reencuentro romántico rápidamente se transforma en una sucesión de malentendidos. Él está demasiado ocupado en la elaboración del informe final de su beca y en “hacer contactos” con personajes de la escena literaria latinoamericano-berlinesa como para poder prestarle un mínimo de atención. Ella debe recorrer Berlín sola. La ciudad es fría, gris, asfixiante, por momentos bella; le cuesta ubicarse, se pierde, no logra hacerse entender, está fuera de lugar. Esta experiencia de desorientación y desamparo es narrada, paradójicamente, en una prosa serena, con una sintaxis transparente. Las entradas son misivas destinadas a ese novio sin tiempo para leerlas: “Estoy llevando este diario mientras vos hacés una beca. Un diario de los días nublados, del cuerpo destemplado, del tiempo no remunerado por institución alguna, del tiempo no prestigiado, del tiempo perdido en Berlín”. Los desplantes que él le propicia son tan desagradables y recurrentes que resulta difícil imaginar un pasado en el que haya sido una persona querible. ¡Es un tarado, dejalo!, estamos tentados de decirle a la protagonista desde el primer momento. Pero también querríamos preguntarle cómo pudo engancharse con un tipo así. La pareja se desmorona irremediablemente ante nuestros ojos, pero resulta difícil lamentarlo. Nos falta ese detalle singular, ese punctum que nos haga presentir la magia de los primeros momentos míticos del enamoramiento. Sospechamos entonces que es probable que no se hayan amado nunca, y experimentamos cierta tristeza por algo que nunca fue, sí, pero no desgarramiento.

Mercedes Halfon, Diario pinchado, Entropía, 2020, 117 págs.

26 Nov, 2020
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