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La música de Frankie

Luis Gusmán

LITERATURA ARGENTINA

En verdad costaría encontrar en la literatura argentina otro autor con la trayectoria (en el sentido hiperespacial, de recorrido extenso y coordenadas) de Luis Gusmán. En esa trayectoria, por sus accidentes decisivos, Gusmán ha logrado que cada libro tenga algo de imprescindible. La música de Frankie, publicada originalmente en 1993, reeditada en 2017, es una de las primeras novelas de Gusmán donde la trama, los personajes y cierto territorio empiezan a formar parte de su lenguaje, se empiezan a volver marcas de lectura.

Respecto de la historia, y como Gusmán mismo señala en la indicación a esta reedición, “las coincidencias transforman a la fatalidad en una máquina de relatar”. Lo acertado y lo curioso es que el relato —no sólo este, cualquier relato— también tenga siempre un núcleo coincidente, misterioso, que repone ese elemento insólito y caprichoso propio de su linaje. Un motivo —un pecado— original. Con la fábula de un “asesino de taxistas” más o menos verídico, Gusmán cuenta una anécdota en la que aprovecha para deslindar confusiones entre esas rubias mellizas falsas: ficción y realidad.

Y la otra tensión está entre los personajes y el territorio. A partir de La música de Frankie, los personajes de Gusmán parecen más que representar, responder a una geografía anímica. Aislados, asediados, indiferentes al curso y recurso de la convención, sobrellevan el pulso de la pasión en una zona que a la vez los abriga y los expulsa. Tal vez por eso —y como en Tennessee, Villa, Hotel Edén— el desplazamiento, la huida al exterior, sea otra de las maneras de salvar los apremios de una vida no tanto fuera de la ley como fuera de lo socialmente aprobado y esperable. El Club Regatas que inventa Gusmán tiene algo de refugio y de palacio, con sus intrigas y pasillos, recibiendo y filtrando la radioactividad del mundo.

Finalmente, las máquinas. Las máquinas han sido un viejo sueño de la literatura. Hay un personaje, Stiel, que quiere instalar tragamonedas y flippers en el club. Todos lo observan con una mezcla de recelo, mezquindad y desprecio. Sin embargo, hay un giro ahí de toda una representación de la literatura argentina; porque no son las máquinas quiméricas de Arlt, tampoco la máquina de Piglia de La ciudad ausente o las máquinas parlantes de Laiseca, ni, mucho menos, la maravillosa e ilusoria máquina de Morel. No hay invención ni creatividad en estos mecanismos. De ahí lo siniestro; el designio oscuro que atraen no es porque las máquinas, como en cualquier viso de ciencia ficción, prometan algún tipo de magia o progreso, sino por el contrario, porque el que las traslada y arrienda y arregla, Stiel, parece cargar con sus hijos bobos, que a su vez emboban lugares y lugareños, como una tonta epidemia.

“Frankie me había contado lo que había hecho. Quién era seguía siendo un misterio”. Misterio: lo que está detrás de las palabras, de las máquinas, efectivamente, es una música. Ese es el rito formal de esta novela, y de esta etapa de Gusmán, de su escritura siempre espiritista; el pasaje no tanto a la trama como al misterio y sus efectos: peripecias, personajes, relato.

 

Luis Gusmán, La música de Frankie, 17 Grises, 2017, 140 págs.

 

 

 

15 Feb, 2018
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