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Hubo un tiempo en que la aparición de cada nueva novela de César Aira generaba iguales dosis de estupor y desconcierto. Tal vez, incluso, una velada incomodidad, como un malestar inconsciente. Esto no sólo para quienes podían desestimar el valor de sus “novelitas”, que eran cada vez más aclamadas por la crítica, sino también para aquellos que eran sus más apasionados lectores (y todo lector suyo era, a su vez, un posible crítico) y habían llegado a la conclusión de que Aira era una especie de genio o, al menos, un prodigio literario. ¿Otra novela? A ese ritmo, ¿cómo harían para leerlas todas? ¿Dónde detenerse además para contenerlo al menos con un gesto crítico? El tiempo pasó y todos (lectores, críticos, escritores, editores, libreros) nos acostumbramos finalmente a convivir con esas constantes apariciones, a mirar con regularidad las vidrieras de las librerías y percatarnos de que un nuevo libro de César Aira estaba siendo exhibido. Mientras tanto, Aira siguió escribiendo, casi ajeno a las especulaciones sobre su trabajo, fechando sus textos para publicarlos tal vez treinta años más tarde y agregarle dificultad al trazado de una posible cronología de su obra. Como si desde un principio hubiese hecho el descubrimiento de un método para escribir interminablemente (un método generativo que le permitiría, mientras otra cosa no se lo impidiera, llevar adelante una producción infinita) y con ello hubiese sabido que, a partir de allí, sólo quedaba ocupar el tiempo poniéndolo en práctica. Pero el tiempo ya estaba abolido desde un principio, en el momento de ese descubrimiento, y quizás por eso haya querido crear la ilusión del paso del tiempo (que se le debió haber presentado de un golpe y todo junto) fechando cada una de las “novelitas” que escribía.
La Sala. Una novela francesa, es una hermosa y breve novela llena de un humor típicamente airiano. Su título refiere a una salita de cine ubicada en París en la que se proyectan en continuado secuencias de tomas en blanco y negro de cementerios coreanos. Allí se congregan jóvenes de esa comunidad con una finalidad no demasiado clara, entre el culto a los ancestros y la necesidad de un punto de encuentro donde planear sus salidas nocturnas. De todo esto nos enteramos por el registro escrito de un electricista de clase obrera que al abandonar todo para escapar de su monótona vida de trabajo, se encuentra de pronto con la inesperada oportunidad de convertirse en escritor. Como cada vez que hay un narrador-escritor en un texto de Aira, están presentes sus especulaciones y las alusiones encubiertas o explícitas sobre qué son los actos de narrar y de escribir. También en este caso, y por su temática, hay lúcidas consideraciones respecto del cine. Sucede en las novelas de Aira que una secuencia de hechos narrada con gran precisión desemboca muchas veces en una reflexión, muy condensada, que le hace al lector detener la lectura; pero a ella le sigue otra instancia narrativa que la deja atrás sin desarrollarla y que la olvida exactamente después de que fue enunciada. Los lectores de Aira conocen esos golpes de efecto (de sentido): queda la impresión de un fuerte sacudón que la lectura le produjo al pensamiento y que más tarde quedará asociado a esa narración específica. En esas detenciones puede aparecer una definición del arte, una sumarísima teoría de la vanguardia o el desglose de un procedimiento narrativo que, de tan gráfico, nos hará reír. Es lo que sucede en La Sala, con esa máquina de crear episodios que el narrador inventa para no aburrirse de una de las tareas que le han encomendado: inventariar la entrada y salida de unos objetos que están bajo su cuidado: “Como recurso mnemotécnico usé las razas (un negro y un centroeuropeo, una negra y una coreana). Debería haber creado más personajes para representar el tamaño de los objetos, pero me mantuve en ese elenco reducido que puse a actuar al ritmo del trajín de Fon y sus secuaces, y el tamaño de los objetos los representé con la cualidad de la conducta de los personajes: objetos grandes, se portaban mal; objetos chicos, se comportaban civilizadamente. Por ejemplo, si se me aparecía Fon con una tumba del tamaño de un ropero (ingreso/masculino, objeto grande/portarse mal): el negro le pegaba a su esposa”. Fechada en 1996, la reciente publicación de La Sala nos habilita a pensar que, si en su momento el autor la desechó por alguna razón, ahora, mediante su publicación, la convalidó para que podamos leerla desde la actualidad de su escritura, que parece ir hacia una concisión de estilo cada vez más marcada. En un famoso ensayo, Adorno propuso la posibilidad de concebir el “estilo tardío” de un artista examinando la relación que este entabla con las convenciones del arte que practica: “La fuerza de la subjetividad en las obras tardías reside en lo inesperado del gesto con el que se huye precisamente de la obra de arte”. En el caso de Aira, que se pensó siempre a sí mismo desde la tradición vanguardista, ese escapar de la convención puede decirse que estuvo como punto de partida. En todo caso, sus últimos textos nos hacen pensar que Aira ya ni siquiera se propone huir de ningún lado, mucho menos de lo real en que se mueve la práctica de su escritura tal como se presenta en sus últimos libros, que van cada vez más en busca de un fondo debajo del cual se hacen indiscernibles los conceptos de literatura y de vida.
César Aira, La Sala. Una novela francesa, Random House, 2025, 96 págs.
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