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Las aventuras de la China Iron

Gabriela Cabezón Cámara

LITERATURA ARGENTINA

Novela de aventura, aprendizaje y utopía, Las aventuras de la China Iron, de Gabriela Cabezón Cámara, narra aquello que no podía ser contado en el siglo XIX: la historia de la mujer a la que el gaucho Martín Fierro abandonó cuando la violencia estatal lo alejó de su rancho.

Estructurada en tres partes, la primera describe el camino de desdiferenciación que la China recorre gracias a su encuentro con la cultura, encarnada por la inglesa Liz y su carreta hecha mundo, en la que ambas atraviesan la pampa en busca de los hombres desterrados a la frontera: “Yo, que había vivido entera adentro del polvo […] comencé a sentirlo, a notarlo”. La segunda es una pausa, en tanto se detienen en un fortín administrado por el coronel José Hernández. Esa transición sirve para desatar y desordenar fuerzas: sexuales (encuentro de los cuerpos sin distinción de género), sociales (gauchos que trabajan, hacen gym y recitan versos del Martín Fierro), literarias (el personaje José Hernández le roba versos al personaje Martín Fierro), temporales (se manipula información para desorientar la ubicuidad del presente: ¿estamos antes o después de 1879?). Para la tercera parte, ya hay un desvío consumado y surge la utopía: tierra adentro no es más la pampa sino el Paraná, el polvo se hace agua y lo fijo, móvil. Nace otra Nación, sin fronteras de género —“puedo ser mujer y puedo ser varón”— ni de especie —“la risa se nos salía de los pulmones a todos los animales de la carreta”—, en la que reina la igualdad: “las mujeres tenemos el mismo poder que los hombres”. Los Iñchiñ son un pueblo nómade, flotante y fantasma —existe aunque aún no se lo pueda ver del todo—, en el que los argentinos son extranjeros y las vacas vuelan.

Como si la literatura argentina necesitara transformar su pasado para discutir su presente e imaginar un futuro, hay en esta novela revisión, reescritura y proyecto. Por un lado, el desierto —vacío según la mirada de Sarmiento en Facundo: “ver… no ver nada”— ahora es un prisma de luces atiborrado de vida, muerte, figuras retóricas y aliteración: “no es que no destellara nunca la llanura”. En consecuencia, la obstinación en su falta de valor económico se reinterpreta como crítica: “la pobreza es de ideas”. Por otro lado, lo que cambia es el lenguaje. El ritmo constante y encadenado de la prosa impone una lectura de orden poético, cuyo centro es el golpe insistente del acento sobre la anteúltima sílaba. Repetición que confirma lo obvio: el castellano es una lengua de tono grave. Su uso saturado, más la palabra “gravedad” —que reaparece durante toda la novela—, evidencia que cierta afectación se extiende por toda la cultura argentina. Para desbaratar esa jactancia, la lengua se ve minada por tonos agudos extraños a ella —desde el criollo “ondeandosé”, hasta el indio “Kaukalitrán” o el guaraní “micuré”—, y la narratividad del espacio, más la épica y su carga trágica, se agotan para, en el desvío, abrir otra zona que permita devenir en entretenimiento aventurero.

Si la literatura argentina se funda sobre guerra y violencia, si el Martín Fierro desborda resignación y soledad, esta novela es otra cosa: proclama de amor, solidaridad, encuentro, libertad y deseo; nueva posición: apertura y avance. ¿Se trata de reescribir el libro nacional para dejarlo atrás? ¿Es otra fundación?

 

Gabriela Cabezón Cámara, Las aventuras de la China Iron, Literatura Random House, 2017, 192 págs.

17 May, 2018
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