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Los casos del comisario Croce

Ricardo Piglia

LITERATURA ARGENTINA

Si Emilio Renzi creció en el universo de Ricardo Piglia tanto como para asumir la autobiografía narrada en lo que terminaron siendo sus diarios, el comisario Croce ahora también ensancha su categoría de personaje y logra libro propio: en Los casos del comisario Croce, su trayectoria, esbozada ya en Blanco nocturno (2010), se amplía en un recorrido desordenado por sus diferentes épocas —y las distintas posiciones que va ocupando—, gracias a las entradas que marcan los cuentos de este libro póstumo.

Croce es “un policía de provincia” que se mueve por otras orillas, entre las afueras de La Plata, al norte, y los extremos de Mar del Plata, Necochea y Quequén, al sur. Investiga con un sistema personal, basado en intuiciones, corazonadas y pálpitos. Usa palabras de la época: las mujeres son “loras” o “coperas” y los hombres, “cuatreros” o “gavilanes”. Resuelve crímenes privados, llenos de jugadores de ruleta, póker o carreras de caballos, y también crímenes públicos que alteran su vida personal. Pero lo que hace, en realidad, es recorrer, desde 1952 hasta 1976, el mapa político y literario de Ricardo Piglia.

Primero, el gesto borgeano le agrega un final al personaje de Arlt en “El astrólogo”: en 1952, Croce, como joven pesquisa, persigue en sus inicios a Leandro Lezin, ahora su archienemigo, y más tarde en 1954, pero terminan coincidiendo en la resistencia peronista, ambos clandestinos y con nombres falsos. Antes, también en 1954, se encuentra con un Borges que anda de gira por los pueblos en “La conferencia”. Y previo a su exoneración, en febrero del 55, investiga en “La película” la extorsión que parece releer el cuento “Esa mujer” en clave virtual: todavía no es el cuerpo de Evita la prenda política, sino su imagen. Hacia 1967, al Croce reincorporado y vuelto a jubilar a la fuerza, lo siguen convocando para resolver sendos casos de presos inocentes: el marinero yugoslavo que no domina el lenguaje local en “La música” y el guía de pesca acusado de asesinato de quien en realidad es un suicida en “El jugador”. Pero en 1968, Croce otra vez recupera su puesto e investiga la huida de quien termina siendo un espía en “El impenetrable”; más tarde, en 1973, respaldado por el gobernador peronista Bidegain, consigue, en “La promesa”, la devolución de la imagen secuestrada de la Virgen de Luján a la basílica. Finalmente, en “El Tigre”, otra vez perseguido en septiembre de 1976, Renzi lo esconde en una isla donde hacen pasar el tiempo narrando historias.

Este libro nos habla del presente, no por sus temas policiales, ni por su ideario político, tan situados en el siglo xx, sino por la nota que el autor incluye al final, donde alude a su limitación física, explica cómo pudo escribir con la mirada gracias a un software específico e invita al lector a evaluar cambios en su estilo. Ese marco condicional corre los límites y mezcla vida y literatura; como si fuera la respuesta a una postulación que en términos piglianos diría: “habría que contar la historia de un escritor que ya no puede escribir pero encuentra todavía una forma de hacerlo de un modo demencial hasta morir”. ¿Habrá más libros entonces? ¿Dónde termina la vida de un escritor, cuándo termina? ¿Termina?

 

Ricardo Piglia, Los casos del comisario Croce, Anagrama, 2018, 184 págs.

 

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