LITERATURA ARGENTINA

Con frecuencia, las virtudes de un autor se hallan estrechamente ligadas a sus excesos, incluso a sus defectos. El escritor que posee un oído privilegiado para el diálogo a menudo recuesta todo el peso de la narración en él y produce un texto demasiado dicho o masticado; aquel que es dueño de una sensibilidad poética inusual de vez en cuando cae en sus propias redes para construir y enlazar imágenes que sólo se muerden la cola; el que administra sabiamente las digresiones y prefiere una literatura más expansiva algunas veces se separa tanto de su núcleo que lo extravía por el camino. Esa misma perspectiva permitiría pensar, sin duda parcialmente, la literatura de Ariana Harwicz, y en particular su última novela.

Dos aspectos se revelan furiosamente en la lectura de Precoz (y lo mismo ocurría con su novela anterior, La débil mental). El primero es la intensidad: un episodio se sucede detrás de otro, a veces sin aviso, y todo el tiempo se producen como pequeñas explosiones, una suerte de círculo enrarecido, vicioso y también viscoso. El segundo —pero en realidad están íntimamente conectados— es el lenguaje: no sólo por su violencia, por cómo trabaja el contraste, sino por el modo sorpresivo de adjetivar y, asimismo, de vulnerar la sintaxis a cada rato, como si trabajara febrilmente sobre las sensaciones y los estados de ánimo, montada en la borrachera literal pero sobre todo emocional de esa madre que está enferma de amor por su hijo, esa madre que enferma a su hijo porque no sabe contener su amor (“soy su nube, su perdición”, dice en un momento la narradora, y es una síntesis inmejorable de todo el libro).

Aunque Harwicz gana con claridad ambos combates, es ahí también donde por momentos parece engolosinarse. Por un lado, en algún momento el desarrollo se parece a una canción hecha únicamente de estribillos, y casi da lo mismo que los protagonistas se amen o se odien porque ya hemos dejado de sentir la diferencia, ya es como si los golpes no dolieran. Por otro, acción y discurso sufren en ocasiones espasmos injustificados, sobreactuados, como la compra repentina de un scooter para satisfacer al hijo, aunque estén casi en la ruina, y la pérdida instantánea por una multa “que nadie pagará”. (“Yo por las dudas voy a buscar el gas pimienta —se dice en otro rapto inverosímil—, lástima que no tengo el combo con la picana”).

Imposible pensar Precoz alejada de su antecesora, ambas como una sola y gran familia amorfa, demencial, hijas de una escritura que, aun con su afectación, se las trae. Resta comprobar si Harwicz se dejará llevar por esa droga que a veces fatalmente llaman estilo, si bajará pronto la cortina, si resistirá que el mercado y los medios —tan políticamente correctos con las damas— quieran convertirla ya mismo en la escritora fundamental de su generación. Si podrá hacer a un lado todo eso y seguir escuchando a sus demonios, cuyo idioma no muchos saben transcribir.

 

Ariana Harwicz, Precoz, Mardulce, 2015, 86 págs.

25 Feb, 2016
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