LITERATURA ARGENTINA

Quien lea la obra de Hernán Vanoli puede llegar a esta conclusión: su autor no le saca el cuerpo al desafío que implica hablar de la actualidad. Como si surfeara la ola del tiempo, Vanoli procura mantenerse en la cresta antes de que rompa, y por ahora —este reciente libro de cuentos es una muestra— lo consigue. En Pyongyang están, de nuevo, el registro de lenguas codificadas, el consumo como parte ya inevitable de las identidades urbanas, sus personajes construidos superficialmente —sin conciencias complejas o lenguajes densos, perfiles que acumulan datos sobre gustos, relaciones, gastos o trabajos— y referencias tan actuales como efímeras: la cantante pop Ariana Grande o la serie Bojack Horseman.

Por lo tanto, Vanoli no parece pensar en la posteridad sino en un lector contemporáneo. Interviene (con el viejo Sartre sobre los hombros) en el presente a través de la literatura, porque confía en que esa es la mejor forma de conocimiento, antes incluso que otros discursos como el periodismo, el ensayo o el análisis histórico. Ahí, además, se muestra maradoniano: así como Maradona hacía malabarismo con lo que se le presentara —pelota de golf, chapita, naranja—, Vanoli funciona igual con los contenidos, porque el repertorio temático es previo a la escritura. Podríamos decir: tírenle un tema a Vanoli y él hará con eso ficción. Como en el excelente cuento “El comando central”, que da cuenta de las nuevas maneras de hacer política, con el desplazamiento de la pregunta sobre el qué —proyectos y plataformas— a la pregunta sobre el cómo llegar al poder, mientras registra el modo en que las antiguas jergas y personajes se incrustan en los nuevos métodos: militancia virtual corroída por viejos militantes reciclados. O como en “Pyongyang”, donde un grupo de máquinas pretende hacer la revolución y humanizarse. O “Los sintonizadores”, esa mezcla de sectas y mafias de la adopción con tratamientos fertilizadores. Y también “Ursus americanus kermodei”, fantasía de viaje urbano a partir de nuevas costumbres como el carpooling que permite la interacción de unos extraños osos con algunos parapoliciales. Toda su literatura parte de un postulado: “hoy hay que hablar de esto”. Y esto, hoy, es la tecnología.

En vez de color local, hay en la literatura de Vanoli color actual. Si siguiéramos el argumento borgeano que va en contra de toda tipicidad, esa actualidad sería entonces una falla. Sin embargo, el autor parece saberlo y la carcome, haciendo de la noción de falla, en tanto propiedad inherente al presente hipertecnológico, aquello que hay que narrar. Así lo que podría ser realista deriva en salidas fantásticas —un oso, que en sí mismo es una falla (el Kermode es un oso blanco nacido de osos negros), corre por el medio de la ciudad— y en reversiones utópicas —otro viaje en moto como el del Che que trastoca heroicidad romántica por utilidad—.

Pyongyang, capital de Corea del Norte, anticipa en el título la clave para unir política y presente: allí se juega con misiles confiando el control a la tecnología, pero como pasa en cada uno de estos relatos, ese control puede fallar en cualquier momento.

 

Hernán Vanoli, Pyongyang, Literatura Random House, 2017, 192 págs.

 

 

 

21 Dic, 2017
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