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Quieto en la orilla

Marcos Bertorello

LITERATURA ARGENTINA

Como si el único modo de comprender ciertos actos, de volverlos más reales o posibles, fuese contándolos hasta el cansancio, Marcos Bertorello trabaja en esta novela breve sobre cuatro miradas, cuatro perspectivas del horror, cuatro sinsentidos: el instante en que secuestran a un alto dirigente montonero en una playa de Olivos, en diciembre de 1975. Aunque no se lo nombra (sí en el posfacio; sí desde el juego semántico del título), se trata de la historia de Roberto Quieto, pero Bertorello la reconstruye ingeniosamente desde la ausencia, o el vacío. Salvo –hasta cierto punto– por uno de los cuatro relatos, el procedimiento es en esencia elíptico: hay un centro, y ese centro es el líder montonero, pero la mayor parte del tiempo se habla de otra cosa. Esa “otra cosa” es, antes que la biografía de Quieto –o su álter ego ficcional–, el episodio del secuestro. Bertorello toma una premisa básica de la literatura, que a veces esta exagera, y la devuelve a la realidad: apenas un hecho basta para darle significado a una vida, y asimismo para echarla a perder. Y el episodio en cuestión permite ver hasta qué punto se trata, más allá del grado de implicancia que los protagonistas tengan respecto del hecho en sí (en un extremo, el hijo del dirigente –una licencia de la ficción–; en el otro, una mujer a la que un testigo le refiere parte de la historia, poco más que una fotografía), de un estado general, una tragedia anunciada, una fiebre que se extiende y cuyos ecos jamás dejan de oírse. El planteo de Bertorello es inteligente porque en las ramificaciones de la trama descubrimos o sospechamos que todos, de una u otra manera, estamos implicados: no hay modo de que el pasado común no resuene fatalmente en nosotros.

A la vez, ocuparse de esas otras perspectivas implica correrse de lo obvio sin abandonar una idea: estos tipos, con sus equivocaciones, no se guardaron nada. De cuántos de nosotros podrá decirse eso, en el terreno que sea. Tal vez resulte pertinente volver a la vieja pregunta de para qué sirve la literatura, y no pasar por tontos. En todo caso, el acierto fundamental de una novela como la de Bertorello, escrita desde un distanciamiento que no cae jamás en el pecado del cinismo, es que no intenta resolvernos nada. Pero tampoco permite que nos hagamos los distraídos.

 

Marcos Bertorello, Quieto en la orilla, Interzona, 2012, 73 págs.

18 Abr, 2013
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