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Única luz del mundo

Osvaldo Bossi

LITERATURA ARGENTINA

Si uno lee en continuo la obra de Osvaldo Bossi, no le parecerá arriesgado decir que está signada por dos artistas muy disímiles: Andy Warhol y Constantin Kavafis. Por un lado, la irreverencia de la cita y la transfiguración de la cultura pop y, por el otro, la constante y rumiante presencia de una conocida carne ausente. Única luz del mundo, esta reunión de los libros publicados por el poeta (Del Coyote al Correcaminos, Tres, Fiel a una sombra, El muchacho de los helados, Ruego por el tornado, Esto no puede seguir así, Ni la noche ni el frío, Chicos malos, más el reciente 31 poemas a Robin), condensa por multiplicidad y persistencia el espacio que su obras han ganado en la poesía argentina: un punto de comunión lírica para el aprendizaje del deseo y la ternura.

En una zona equidistante de la crudeza perlongheriana y la ironía de Fabián Casas, la poesía de Bossi se nutre de figuras y personajes de lo popular (Elvis Presley, Viejas Locas, Sandro, Batman y Robin, Hamlet, Caetano Veloso, Telémaco, el Coyote y el Correcaminos, Mr. Valdemar, etc.). Acá se constata el ascendiente de Warhol, ya que, al igual que el estadounidense, Bossi pone la mirada en el resplandor aurático que esas figuras y personajes le han grabado en el cuerpo. Pero hay algo que separa rotundamente esta conexión: la asimilación en el poeta no ha sido por opción como en el plástico, sino por pertenencia a una clase desposeída.

Leamos “La escuadra”, ese poema que forma parte de un inventario de útiles escolares en el cual el verso desfigura la canción infantil: “Siempre se portó mal, / midió por su cuenta el mundo / en total desamparo / y desoyendo / las órdenes de la maestra / que no soportaba tales vértices, / tales ángulos de atrocidad. / Una mañana / la utilicé como revólver / y disparé contra el mundo / mi primer rencor”. El malestar que aparece no es solamente personal; hay un evidente rasgo social en la escena. Así, la invocación de lo popular no es un modo de ampararse en el kitsch, el grotesco o el cliché; es, por el contrario, un fermento desde el cual la voz puede alzarse en busca de su serena dignidad. Sigamos leyendo: “Podrás llevarme / donde los búhos no duermen / y no pedirme nada / porque yo te lo daré, / mi amor es tuyo / y sería estúpido negarlo / pero por favor, por favor / no pises mis zapatos / de gamuza azul. // Podrás decirme / una mentira cada día, / llamarme corazón / porque siempre olvidás / mi nombre; podrás darme / esto, quitarme aquello / pero por favor, por favor / no pises mis zapatos / de gamuza azul”.

Esta apuesta se hace extrema en Fiel a una sombra, especialmente en la sección homónima dedicada a Hamlet. Si bien en Tres Bossi ya había explorado las figuras de Telémaco y del señor Valdemar, esta reescritura del drama shakesperiano es una provocadora apropiación de la alta cultura a través de un antagonismo entre la pervivencia de la imagen del príncipe en el pueblo llano y la impoluta iconografía que sostiene el mundo letrado a su respecto. De este modo, el texto reabre el telón en una especie de backstage o reality show telenovelesco y melodramático, donde la escena se despliega bajo el esquema de la novela coral. Por tanto, el Hamlet que Bossi utilizará como máscara lírica es aquel que lo popular les arrancó a las aulas (“No hay antes / ni después que no sea esa cálida / boda de los sentidos, que saben mucho más / que nosotros. Atravesar la carne para llegar / al alma, y siempre volver y regresar”).

Paralelamente, la cadencia sonora y la experiencia lírica que atraviesan de punta a punta esta obra es el amor (en particular, a partir de El muchacho de los helados). La primacía de la segunda persona del singular es notoria. La mayoría de las veces se trata de un otro carnal; algunas, de uno ideal; y, las menos, de un yo espejado. Este plano, lleno de ansias por el éxtasis del evento y ocupado siempre por elaborar la ausencia, emparenta la poética de Bossi con la de Kavafis. Sólo que, en vez de concentrar su fuerza en la pérdida posterior al encuentro y la caída de los cuerpos en el irremediable paso del tiempo, la voz siempre busca en sí misma su lección, como si con cada poema fuera desarrollándose un tratado sentimental. Así, el distante primer Batman de Los batipoemas (otra de sus máscaras líricas, quizá la principal) va transformándose en un maestro socrático que ejerce el cuidado de sí, y en consecuencia el del ser amado, como lo atestiguan los 31 poemas a Robin. Pero quedaría agregar que las dos vertientes que mencionamos más arriba actúan continuamente en conjunto, como en Camellos, pieza donde la cita bíblica y el legionario anhelado se enlazan en el pelaje de la voz.

 

Osvaldo Bossi, Única luz del mundo. Poesía reunida 1988-2019, Caleta Olivia, 2019, 448 págs.

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