Krakatoa

Veronica Stigger

LITERATURA IBEROAMERICANA

El mundo ha entrado en convulsión. Todos los volcanes del planeta se activaron al mismo tiempo, escupieron lava por días y días. Luego se serenaron y empezaron a cantar. Un narrador, casi el único sobreviviente de esta suerte de fin del mundo, se despierta con el canto. Es un sonido que está por todas partes. ¿De dónde viene? ¿Quién llama? Pero cuando quiere responder a esas extrañas voces que resuenan por todos lados, se da cuenta de que no puede hablar. Su boca, cerrada a presión. Sus cuerdas vocales no emiten más que un sollozo débil. Un narrador que no puede hablar. Desde esta paradoja brota la escritura de Veronica Stigger en Krakatoa, una novela experimental sobre volcanes, materias, muertos y fantasmas.

El narrador que no habla, sin embargo, escucha: aunque se tape los oídos o la cabeza con la almohada, no puede dejar de escuchar “el único sonido entonces audible: el coro de los volcanes”. Es como si la pregunta por quién puede narrar, ya transfigurada en qué puede narrar, se hubiera fundido, además, con otra: ¿quién puede escuchar? Más que con una voz, entonces, nos encontramos con una oreja que experimenta umbrales auditivos: el estruendo de la erupción de mil quinientos volcanes y la vibración casi imperceptible de los estratos. Stigger escribe con esos estratos, los pone a cantar o bien advierte que estuvieron siempre cantando.

Desactivada cualquier oposición entre activo e inerte, dormido y despierto, muerto y vivo, no existe en Krakatoa algo así como una naturaleza en tanto telón de fondo de la acción humana. En tanto escenario. Porque el escenario se vuelve historia. La tierra se vuelve trama. “El mundo como teatro” ha dejado de ser una metáfora, y los volcanes dirigen y cantan por sus bocas abiertas al cielo el sonido del suelo más profundo de la Tierra, su centro ardiente, con el que tienen conexión directa.

Así, entre la explosión de un volcán que hace desaparecer una isla y el rumor geológico, Krakatoa arma un archivo acústico especulativo: ¿cómo sonaría el mundo después de una catástrofe planetaria? Pero eso es solo el primer capítulo de la primera parte, titulada “Krakatoa”. Lo que sigue son las voces del Fuego, el Hielo, el Carbón, el Sol, el Petróleo y el Agua, en monólogos y coloquios que se intercalan con relatos breves y enigmáticos sobre muertos y fantasmas, mujeres con cabeza de pescado, rituales hechos por niños y, por supuesto, llamas y fósforos que danzan en la boca del volcán Eldfell.

La segunda parte, “Anak Krakatoa”, es diferente de esa cosmogonía aural de la primera parte. Un montaje de textos heterogéneos, una erupción textual, donde lo sonoro vuelve a ocupar el campo de percepción. Noticias de periódicos brasileros que documentan la explosión del volcán Krakatoa en Indonesia en 1883, fragmentos de un diario de viaje a este mismo país de una narradora que se solapa —o juega a hacerlo— con la autora, y sus notas de investigación sobre vulcanología, como si se exhibiera un tramo del proceso de escritura del libro. Entre ellas, hay referencias a películas de Rossellini y Pasolini en las que el volcán Stromboli se mezcla con gritos, una carta que Clarice Lispector escribe luego de visitar el Vesubio, en la que habla de “el ruido que hace un volcán cuando escupe lava”, un ensayo sobre el fondo y la figura que grita (¿o se tapa, horrorizada, los oídos?) de la pintura El grito de Munch. En la mayoría de estos textos, los volcanes se sienten en temblores, erupciones, detonaciones y hasta como “extraños ruidos en el cielo”. En definitiva, otra vez, como teatro sonoro u ópera de la Tierra.

“‘Tu libro no es una novela —me dijo el otro día Eduardo—, es una ópera, es decir, una erupción’”, anota la narradora casi al final. En efecto, Krakatoa comparte con la ópera esta premisa: en el fondo sonoro está el drama. En vibraciones geológicas, explosiones volcánicas, voces materiales y gritos que resuenan en todo el planeta por días y días en un tiempo de poscatástrofe o sobrevida similar al del aria de Leonora al final de Il Trovatore, cuando el veneno letal ya corre por sus venas, pero todavía no ha muerto. Ese instante expandido después de la catástrofe pero antes del final es, también, el del inmundo, según lo nombra Jens Andermann en un ensayo reciente. Entre el desastre y la inminencia. En nuestro agitado siglo XXI, el desafío quizás ya no sea tanto cómo narrar la catástrofe sino lo que viene después… ¿Puede el fin de los tiempos ser un comienzo? ¿Puede pasar algo cuando ya terminó todo? ¿Puede un “planeta cadáver” gestar “el comienzo del mundo”? En ese instante expandido se ubican la escucha y la escritura de Veronica Stigger. La ópera, allí, para presentar —y escuchar— la materia, la historia y también lo que queda afuera, lo que no se canta, lo que no encuentra una forma, lo que todavía no tiene voz: vibraciones, resonancias magnéticas, las entrañas ardientes de la tierra. Y la ópera, también, porque es un arte que trabaja con mitos, y Krakatoa hace, no sin usar por momentos las armas del humor, una mitología del presente. Como sabemos, en un momento trágico del mundo está bien agregarle un poco de comedia.

 

Veronica Stigger, Krakatoa, traducción de Mario Cámara, Caja Negra, 2026, 200 págs.

 

22 Oct, 2026
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