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La superficie más honda

Emiliano Monge

LITERATURA IBEROAMERICANA

Cuentan que en una tribu de la Polinesia es signo de duelo silenciar ciertas palabras asociadas a un recién fallecido. Expresiones que el clan relega como forma de homenaje al difunto. La superficie más honda, el libro más reciente de Emiliano Monge (Ciudad de México, 1978), parece empeñarse en una ofrenda parecida. Entre las once historias que lo componen se revela una especie de funeral por un mundo mancillado que engulle y regurgita violencia. Aunque la palabra violencia apenas aparezca en el texto. Aunque las causas que la siembran y el espacio geográfico que la padece se mantengan ocultos en la bruma.

Es precisamente la bruma y el silencio lo que activa los pequeños artefactos de Monge. Algo se sabe pero no puede decirse. La forma obedece en ellos a una única función: insinuar que algo está roto en ese mundo; que algo reclama con desesperación ser reparado. “Sólo importa que lo arreglen” se titula, sin ir más lejos, uno de los cuentos más poderosos del conjunto. Pero el arreglo no llega en ningún caso. Los relatos se presentan problemáticos, heridos, descompuestos. Nada ha habido antes de estas historias y nada se sabrá de lo que venga después. El lector es lanzado al centro de una serie de acciones aisladas que, con la acumulación, componen un mapa de los agravios.

El retrato consigue una hondura mucho mayor que la de la obviedad espectacular de los esbirros, las balaceras y los decapitados. El libro muestra los entresijos violentos de un país que se ha hecho a sí mismo ejerciendo estas relaciones opresivas. Monge no escatima en la indagación y busca pruebas en lo menos evidente: la diferencia de clases, los prejuicios y el ocultamiento, la brutalidad del clima, lo ominoso del campo, la amenaza que permea en lo doméstico. Entonces el miedo y la desconfianza gobiernan a los personajes e imposibilitan su movimiento libre.

Voces sin rostro, presencias enmudecidas que hacen fila tras el cortejo fúnebre. Un chico que busca iniciarse en la intimidad sexual y termina vejado por “los que andan en la calle”. Un pueblo literalmente enmudecido por la amenaza se pregunta: “¿Cómo puede ser que no se escuche nada?… Aunque sea un rumor de algo”. Una turba humana, “ávida de justicia”, se ensaña con unos forasteros para aplacar los motivos de su ira. Una ojiva aguarda cautelosa en el interior de un cuerpo el momento oportuno para hacerlo volar por los aires. Así, hasta que un hombre descubre el mantra de la supervivencia: “La única forma de que pueda seguir vivo es pensando que estoy muerto”, repite.

No es difícil conectar el universo de estos cuentos con Los muertos indóciles (2013), el ensayo de la también mexicana Cristina Rivera Garza: “¿Cuáles son los retos, los diálogos estéticos y éticos a los que nos avienta el hecho de escribir, literalmente, rodeados de muertos?” se pregunta la autora. La superficie más honda, y probablemente el proyecto entero de Emiliano Monge, son el intento reiterado de dar respuesta a esta pregunta. “Yo de aquí no me muevo. ¿A dónde quiere que vaya? Esta es mi casa y todavía estoy hablando”, dice un personaje exhibiendo la ambición y la condena de Monge.

 

Emiliano Monge, La superficie más honda, Literatura Random House, 2017, 152 págs.

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