Macunaíma

Mário de Andrade

LITERATURA IBEROAMERICANA

César Aira dijo hace unos años que la de Brasil era una herencia cultural “basada en las transformaciones, maleable, mestiza, con sutilezas imperiales, africanas, orientales, cortesanas, indígenas, europeas”. Dijo eso para denunciar ciertas rigideces hispánicas, entre ellas la ignorancia altanera que de este lado se tiene —o se tenía, si consideramos el alud de traducciones concretadas en el último tiempo— de la literatura brasilera, y en el párrafo siguiente, para graficar las secuelas del desprecio, levantó el nombre de Mário de Andrade (1893-1945), a quien en otro ensayo equiparó con exotistas de la talla de Raymond Roussel y Victor Segalen.

La cita de Aira está sospechosamente cerca del resultado que el propio De Andrade buscó al escribir Macunaíma: un cóctel potente de leyendas, historia, tradición, humor verde, presunciones sobre el ser nacional y un número no menor de extranjerías. Lo que completa el título de la novela, aquello del héroe sin ningún carácter, habla de la desnudez de una cultura sin raíces hondas, fortuna de un caldo que se cuece a la sombra de todo y de nada. Poeta y musicólogo, organizador de la Semana del Arte de San Pablo que en 1922 dio puntapié al modernismo brasilero, De Andrade venía pensando en esa carencia por demasía cuando remató, en seis días fabulosos de hamaca, tabaco y cajú, el borrador de lo que sería su obra fundamental, las aventuras de un joven tupí a lo largo y ancho de un país en construcción interminable. Para ello se apoyó en el mito de Makunaima, dios ladino y alegre, gran creador de lo terreno, que el etnógrafo alemán Theodor Koch-Grünberg —cuyas memorias también inspiraron la película El abrazo de la serpiente— había recabado a orillas del Orinoco.

La selva multiplica las historias. Contra la expresión “¡Ay! ¡Qué pereza!”, que el protagonista repite durante un centenar y medio de páginas, el saldo de Macunaíma es un desquicio de la peripecia. Desde su nacimiento hasta su exaltación, al héroe le pasa de todo: desanda la jungla, migra con sus dos hermanos a una pensión paulista, viaja a Río de Janeiro, es perseguido por boas y panteras hasta la espesura norteña, riñe con monstruos de todos los colores, es estafado al comprar una comadreja que defeca plata, por algún motivo arrastra una jaula con dos gallinas Leghorn, participa de colosales exorcismos, acomete la brincadeira con cuanta mujer se le pone enfrente, cuñadas incluidas, y hasta muere y es rearmado gracias a la regurgitación que unas hormigas hacen de su sangre. Hay, intermitente, débil a propósito, un hilo argumental que pormenoriza un altercado con un gigante de ascendencia europea —De Andrade siempre negó la simbología— por la posesión de un amuleto que el héroe supo llevar en el labio en honor a su novia original, pero la sobreabundancia anecdótica lo pospone y hacia el final ya lo excede.

Es que la selva verdadera es el lenguaje. Como indica De Andrade en el prefacio de la primera edición, Macunaíma es un canto vertiginoso, surgido de “ese hablar simple, tan sonorizado, música misma, a causa de las repeticiones, que es costumbre de los libros religiosos en los cuentos estancados en el rapsodismo popular”. A partir de enumeraciones veloces, que prescinden de la puntuación y emanan una sensualidad que aspira a mucho más que la jarana pornográfica, las descripciones que lanza la novela la ubican en una región amoral, impermeable a prejuicios de cualquier era, cuya fragmentariedad en términos de fuentes y saberes se oculta en el continuismo de la acción. Orfebrería en movimiento —favorecida por una traducción a la altura, soldada con latiguillos y canciones del folclore adoptivo—, Macunaíma corre y corre sin detenerse, abanicando los resplandores de un mundo que sigue disperso en la tierra, que sostiene el pulso de las tierras que todavía habitamos.

 

Mário de Andrade, Macunaíma. El héroe sin ningún carácter, traducción de Julieta Benedetto, Mansalva, 2022, 194 págs.

 

 

20 Oct, 2022
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