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Poemas de amor

Idea Vilariño

LITERATURA IBEROAMERICANA

César Aira propone en unas conferencias sobre Alejandra Pizarnik —en las que también habla de tantas otras cosas que le interesan— que habría que quitarle el malditismo y atender más a su método, a su escuela —el surrealismo—, a “la roca del modernismo” en que se estrelló en busca de la “pureza”. Aira dice que habla para corregir una injusticia: la crítica suele recordarla como “niña perdida” o “estatua deshabitada de sí misma”, lo que “reduce al poeta a una especie de bibelot decorativo en la estantería de la literatura”.

Algo parecido se podría advertir ante Idea Vilariño: habría que sacarla del decorado, dudar del personaje, de la amante de Onetti, de su rareza o soledad o lo que fuere. Fue vieja y no se estrelló buscando nada, sino más bien se mantuvo en la pelea de lo impuro. En la lucha del amor, escribió poemas ejecutando una labor tradicional. No sirve mucho seguirle la pista genealógica, escolar o de grupo, quizá sólo consignar que fue rioplatense en los cincuenta, amante de los tangos y de Shakespeare.

Este libro, editado por Milagros Abalo, es ejemplar en el sentido de hacerle justicia. Fiel a lo esencial de la poesía, no se rinde ante el personaje, que por supuesto cuenta rigurosamente. Abalo habla directamente del no, la palabra que la poeta más usa. En la solapa aparece lo que dijo de sí Vilariño: “Pude ser profesora o no. Sola o no. Música o no. Estudiosa de la prosodia o no. Todas esas cosas que amé y que realicé en la medida que pude. La poesía no fue accidental. Mi poesía soy yo”.

Los Poemas de amor, obra de una vida, son de una música muy fina, aunque tanguera, el decantado de los estados de amor de una mujer. Es la persistencia de la labor de la poesía, no tan diferente a otras labores, en el sentido de hacer, preservar, insistir. Idea, como supone su nombre, fue estudiosa, traductora, profesora, sola, poeta: la gran poeta de Montevideo. La madre del Uruguay, dice la editora de allá.

Los títulos de los poemas son muy modestos: “Qué lástima”, “Yo quisiera”, “El amor”, “Carta”. Por ejemplo “Qué lastima”: “qué lástima estar muertos / faltar a tan hondo deber / a tan preciada cita / a un amor tan seguro”. No dejó de decir, de decir no, de sufrir, de reprochar, de partir, de irse. De principio a fin niega para afirmar, por decirlo como paradoja; así, como concluye Abalo, escribe los versos más sorpresivos e hirientes de la poesía amorosa en castellano. “Te estoy llamando” o “Me pregunto” son ejemplares en ese sentido.

El último poema logra, otra vez, la magnífica negación: “no conocí jamás / no tuve a nadie / nunca nadie se dio / nada fue mío”. Del amor: “lo que hubo fue dolor / lo solo que hubo/ Que fue colmado atestiguó fue cierto/ pero dónde quedó / qué consta ahora”. Cierra: “Por qué entre tantas noches no hubo nunca / una noche un amor / un amor / una noche de amor /una palabra”.

Si habla de sus ojos, dice: “Como no viste en ellos / no miraste / un pequeño animal que pedía aire”. Hace años, cuando no conocía a Vilariño, escribí un poema de amor con un animalito que tampoco es visto, unos cuencos brillosos, sin iris. Y en un poema griego (Esquilo) encontré: “En el vacío de sus ojos / toda Afrodita está ausente, ida”. Estas coincidencias, más que iluminar un misterio, constatan que en la fatigosa, incansable tarea de escribir el amor, quedan las mismas figuras, esa vieja e indeterminada palabra, como la sigue Erich Auerbach, que apenas quiere decir algo incompleto: un dilema. Las palabras encarnan, fuera del juego del lenguaje; recuerdan, conjuran, suenan, caen, fracasan, acaban, persisten.

 

Idea Vilariño, Poemas de amor, prólogo y edición de Milagros Abalo, Ediciones UDP, 2015, 100 págs.

26 Nov, 2015
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