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Por si se va la luz

Lara Moreno

LITERATURA IBEROAMERICANA

A causa de una crisis de pareja –cuyos orígenes nunca se hacen del todo evidentes– y de la omnipresente crisis económica española –también latente durante toda la novela–, Nadia y Martín deciden abandonar su vida en la ciudad e instalarse en un pueblo alejado del ruido y el ritmo de la vida moderna. Este es el punto de partida de la primera novela de Lara Moreno (Sevilla, 1978), que narra en dos partes, “Invierno” y “Verano”, la convivencia de la pareja y su relación con el medio rural y algunos de los habitantes del pueblo. Y lo hace construyendo un mosaico de voces y puntos de vista que se van entremezclando, capítulo tras capítulo, para crear en la mente del lector un cúmulo de sensaciones y emociones cuya fuerza y potencia acaba superando a la historia que se relata.

Como en algunas obras recientes en español que muestran al individuo frente a un contexto alejado de la civilización –pienso en Iván Repila, Jesús Carrasco o Rafael Pinedo–, no ocurren demasiadas cosas –el argumento se puede resumir en unas cuantas líneas– y, además, la narración se reduce a unos pocos personajes. Lo importante es la profundidad del conflicto y, sobre todo, la intensidad de las emociones. Me recuerdan estas novelas la reciente tendencia del videoarte a mostrar imágenes fijas o muy ralentizadas de paisajes en los que aparentemente nada se mueve hasta que uno los mira con detenimiento y descubre mundos en constante movimiento. Y es eso lo que ocurre en Por si se va la luz: la exploración de un mundo interior complejo y denso, y las dificultades de ese mundo interior para acomodarse a su contexto –en este caso, el medio rural– que, lejos de ser glorificado, es visto como un entorno hostil al que, sin embargo, los sujetos intentan asirse por todos los medios. Un territorio que no es ya un paraíso al que acudir para salvaguardarse de la modernidad, sino un lugar extraño que no sabemos cómo habitar.

De todos modos, el verdadero protagonista de la novela es el mundo interior. El mundo de lo no dicho. Los personajes muchas veces son paredes frías y mudas cuyo interior, sin embargo, está preñado de emociones. Y la escritora demuestra destreza para entrar en la mente de cada uno de los habitantes del pueblo –quizá con la excepción de Elena, que parece un retrato demasiado típico de la vieja huraña–. Aun así, es la voz de Nadia la que prevalece sobre las demás; en las elipsis, en los espacios entre capítulos y voces, uno no puede dejar de pensar en ella, en su cuerpo frágil, en su psique cambiante y contradictoria.

Luego de leer Por si se va la luz, lo que queda son las sensaciones físicas que se han experimentado a lo largo de la lectura. Eso y, por supuesto, el lenguaje, la prosa cuidada, medida y pulcra, culpable de que la novela acabe creciendo en el recuerdo.

 

Lara Moreno, Por si se va la luz, Lumen, 2013, 328 págs.

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