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Pasa en todas partes. La mitad de lo que registró Roberto Merino en Todo Santiago podría haber ocurrido en cualquier otra ciudad; la otra mitad sólo podría haber ocurrido en la capital chilena. “Las ciudades se citan unas a otras”, apunta Merino, y es esto lo que subraya su carácter repentinamente ilusorio, las superposiciones de espacios y de tiempos. Acaso por ese motivo de a ratos estas crónicas parecen desplazarse al plano de lo onírico: una guía de viaje soñada como una novela por entregas. La repetida broma que tenía de excusa al Ulises de Joyce es aplicable a los escritos de Merino: si Santiago desapareciera, este libro permitiría reconstruirlo. Lo que es paradójico en un baedeker puntuado por “la imbecilidad de la demolición”, por casas ya inexistentes y quintas reemplazadas por playas de estacionamiento. Una obra de estas características –que puede leerse como un largo día– se toca con el Ulises en otro punto: la singular categoría de lo parcialmente intraducible. Quien allí no ha vivido no podrá leer todos los significados que esconden el nombre de una calle, un barrio, una familia de apellido compuesto, de las decenas que se pasean por los renglones de Santiago. Las palabras “Mapocho” y “Ñuñoa”, “Lastarria” y “Providencia”, “Vicuña Mackenna” y “Errázuriz Zañartu” le dirán a un santiaguino algo que no condescenderán a confesarle a un forastero presumido. El lector extranjero agradece su condición de huésped: antepatios y traspatios, “árboles podados y jardines de peluquería”. Ciclistas de bigote obligatorio. Bares en los que se corre “el riesgo permanente de enfrentarse a sujetos desagradables, principalmente cultores autoeditados del verso libre”. Carabineros que asisten a misa y que “en el momento de la consagración juntan sus tacos al unísono, con estruendo”. Es este un libro balzaciano, agraciado con trazos dignos de Dickens, que agota un mapa entero, pero su estilo es cualquier cosa menos catastral. Este porfiado cicerone es dueño de un castellano impecable, encantador (sobre todo cuando baja a buscar ciertos vocablos a la animada cripta del anacronismo), y es el autor de libros tan notables como Luces de reconocimiento y En busca del loro atrofiado, que uno llamaría extraordinarios si los modales de Merino no fueran imperturbablemente modestos. Podría definirse a Roberto Merino como un curador –en el sentido clínico y museológico– de su ciudad y de la tradición literaria chilena. Es una vocación encomiable, rara y generosa. Y no la ejerce en un tono institucional sino personal y exacto, como si creyera que la búsqueda de lucimiento tuviera algo trivial.
Roberto Merino, Todo Santiago, Hueders, 2012, 360 págs.
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