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MÚSICA

Escuché Affaire, el segundo álbum de Mailén Pankonin, en un viaje a Lisboa, la noche antes de inaugurar una muestra. Estaba nervioso y no me podía dormir: los portugueses son tan elegantes y moderados, los europeos continentales tan fríos, calculadores y pragmáticos, y el latinoamericano parado ahí, en falsa escuadra, sintiendo que no encaja. Me puse los auriculares, esos que todavía te unen al dispositivo como un cordón umbilical (y que, por cierto, no abundan por estos lares) y, deambulando por las callecitas de Anjos, me senté en el descanso de un edificio y escuché “Billetes”, la primera canción.

En la tradición de una diseuse, como Gabriela Bejerman, con una que otra nota de Fito y el ritmo pegadizo como un chicle de yerba mate de esas bandas que militan el falsete y nos hacen bailar, Affaire me trajo el recuerdo del concept album Nightlife, de los Pet Shop Boys. Quizás porque se escucha como quien lee una novela. ¿O será porque podría devenir perfectamente en un musical synth-pop protagonizado por Leonor Benedetto? Por ahí fue sólo la montaña rusa de estilos musicales y estados emocionales que lo componen lo que me dejó la sensación de estar escuchando algo épico.

Sería injusto decir que el fuerte del disco son sus letras, que lo son. En el tejido de una posible historia de amor y desamor, tema tan universal como inagotable, que hilvana el álbum, se olfatea tanto la sabiduría intuitiva de alguien capaz de interpretar las señales de una luna neón (“Despejarte”), como de alguien con la suficiente complejidad y transparencia para no saber si quiere pegarse un tiro o ir a la peluquería (“No te quiero más”). Tampoco sería justo decir que son sus rimas sincopadas, el tono aterciopelado y grave de su voz o su mera presencia lo que nos seduce. Es todo eso, más el archivo que aparece en el fondo en forma de sampleos y citas que aglutina y nos da una recurrente sensación de déjà vu y familiaridad: como esa base de reggaetón tan lenta que enamora en “Las cosas por romperse” y el fantasma de “Can’t Hold Us Down” de Christina Aguilera, la eterna ganadora de la medalla de bronce de las reinas del pop de fines de los noventa.

Y eso que lo tuve que escuchar en YouTube porque no tengo Spotify ni Bandcamp. Cada una de sus canciones interrumpidas por alguna propaganda horrenda que sólo incita a gastar. Pero lo escuché igual, como un mantra, hipnotizado como quien escucha el salat de la puesta de sol en Tetuán, desarrollando la habilidad para omitir anuncios a la velocidad de la luz, con necedad, una y otra vez en repeat, como alguna vez, enamorado de no sé quién, había hecho con “Adónde” de Cetu Javu, el único cover que hay en Affaire. El álbum me acompañó el resto del viaje como una amiga con la que salís a pasear por la ciudad en una noche fresca de verano. Preparando gin tonics en la vereda para pasarla bien y contarnos todo sin gastar de más.

Me enseñó que no hacía falta aspirar al clan de los bien comportados y que no hay que posar con los brazos cruzados (“Meibelín”). Me quedé con ganas de tener una historia con un chongo portugués, esos de barba tupida y piernas como un pernil. Sólo para poder decirle: “Esto podría ser fugaz y salir muy bien” (“Crucero”). En un brote de frustración, me fui a una tienda carísima a tocar telas para sentirme mejor. Toqué un tapado de cuero largo hasta el piso de YSL, una camisa de manga corta de seda de Dior y un suéter de mohair de Marni. Y me fui feliz y satisfecho con la experiencia táctil. Orgulloso de no haber sucumbido a la permanente incitación de las propagandas de YouTube que repetían una y otra vez entre cada canción: "I’m shopping like a billionaire, I like it".

Una amiga muy sabia me dijo una vez que nadie te conoce mejor que YouTube. Pero más allá de lo que esta aplicación pueda pensar de mí, lo cierto es que los algoritmos no son aún lo suficientemente finos para percibir la poesía de Mailén Pankonin, que abre Affaire preguntándose: “¿Para qué billetes que huelen mal si hay tantas cosas que huelen tan bien?”. Si lo fueran, me tendría que haber sugerido un tutorial sobre cómo flirtear ligeramente con el marxismo desde la calle trasera del epicentro del capitalismo. Todo esto sin pagar nada ni tener que registrarse.

El hecho es que esa noche me pude dormir. Sintiéndome como el Sr. Prufrock, el protagonista citadino y taciturno del primer poema publicado de T.S. Eliot. Convencido de haber escuchado a las sirenas cantar. Seguro de que cantaban para mí. Y, sobre todo, sabiendo que a la mañana siguiente las voces humanas me iban a despertar y yo, como siempre, me iba a ahogar.

 

Mailén Pankonin, Affaire, Altafonte, 2023.

 

12 Oct, 2023
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