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MÚSICA

Hay una historia del jazz tallada en los auditorios del college y la high school. Se trata de una historia alternativa, en la mayoría de los casos indocumentada, más allá de los memoriosos registros de sus testigos presenciales, y curiosamente situada en los intersticios menos conocidos de los años sesenta. En uno de sus textos autobiográficos, el crítico Gary Giddins recordaba aquel día de 1968 en que, con un grupo de amigos, organizó un concierto de su ídolo Louis Armstrong en Grinnell College. Todos eran muy jóvenes, salvo Satchmo: no es del todo verdad que en la década rebelde los jóvenes salieran a matar viejos. Por supuesto, es muy conocido el circuito universitario que fatigó el cuarteto de Dave Brubeck en los días inmediatamente previos al inicio de la Era de Acuario. De aquellas rondas quedó la imagen estereotipada del cool jazz como diversión culta de jóvenes blancos con corte media americana con navaja.

Quizá en esa serie —pero con un aditamento histórico diferente— debamos ubicar el concierto que Thelonious Monk y su cuarteto brindaron en el instituto secundario de Palo Alto la tarde del 27 de octubre de 1968. (Esa noche debían tocar en San Francisco). La historia del joven estudiante Danny Scher es ejemplar en más de un sentido. A la manera del “blanco negro” de Norman Mailer, acaso convencido de que el jazz atesoraba “la sangre lawrenceana, el bien hemingwayano y el vigor shaviano”, el adolescente Scher produjo una pequeña gran epopeya, un leve movimiento simbólico sobre el tablero de una conflictividad sociorracial extendida: llevar a la localidad de Palo Alto —nadie hablaba aún de Silicon Valley y los algoritmos no habían aterrizado entre los humanos— al más misterioso de los músicos de jazz. A cinco meses del asesinato de Martin Luther King, Scher se propuso entonces un concierto sin segregación; o mejor aún: contra la segregación. Se propuso un convivio improbable pero no imposible. Pero hubo un largo preámbulo de dudas.

Por un lado, ¿cómo convencer a la población melómana de aquella ciudad de que se podía trascender cualquier diferencia y escuchar todos juntos al hechicero del bebop? Semanas atrás, Monk había grabado un disco de tapa psicodélica: Underground. Su relación con Columbia, iniciada en 1962, se había deteriorado, sin que hubiera en ello otro culpable que el balance contable de la major. Increíblemente, Columbia había confiado unos años antes en que Monk podría vender muchos discos por tiempo ilimitado; quizá tantos como Ellington, Bennett y otros astros del sello. Pero eso no estaba sucediendo, por más que el cuarteto de Thelonious fuera la cima del bop tardío, en medio de un panorama colmado de free jazz, rock ácido y el mejor pop de la historia. A su vez, a Scher no le había ido del todo bien con la venta anticipada de tickets para el concierto. Al menos en el barrio blanco, allí donde confiaba en entusiasmar a sus pares, la idea de escuchar a un pianista negro de jazz no pareció ser un buen plan. En cambio, en el marginalizado East Palo Alto la respuesta fue algo más positiva, si bien habría que esperar al momento previo al concierto para saber cómo reaccionaría aquel público. Luego, ¿qué podía esperarse de Monk a esta altura de su vida, cuando algunos ya advertían algunos signos de despedida? Nadie podía saberlo, menos aún el propio músico, para quien el rumbo del jazz siempre era inextricable, un revés para cualquier especulación teleológica. “No sé a dónde está yendo el jazz”, había dicho Monk. “Quizá se esté yendo a la mierda”.

La primera pregunta finalmente encontró su respuesta en una audiencia negra amuchada en el parking del instituto esperando que dieran sala. Pronto habría magia negra en territorio blanco. La ciudad estaba zanjada, dos culturas recelándose. En cuanto a qué podía esperarse de Thelonious en el otoño del 68… bueno, tras sumergirnos en el hipnótico loop de su piano inmejorablemente acompañado y/o interpelado aquí por Charlie Rouse, Larry Gales y Ben Riley, podemos reforzar la hipótesis de que, como reconoció recientemente su hijo T.S., Monk siempre prefirió el vivo al estudio de grabación, si bien los “vivos” anteriores a este fantástico hallazgo extemporáneo nunca gozaron de buen sonido. Por otra parte, que la cinta del de Scher salga a la luz en el año de la pandemia y el aislamiento social, cuando la sístole y la diástole de la humanidad ritman con nerviosismo cada día que pasa, tiene la forma de una metáfora esperanzadora: ya volveremos a reunirnos en torno a la música.

Distendido hasta la ingravidez, certero dentro de su estado de dubitación creativa (verlo buscar las notas en el teclado: ¡qué hermoso espectáculo!), Monk estaba encendido aquella tarde. La entrada a “Ruby My Dear”, con los instrumentos aún a medio acomodar, es emocionante. Enseguida el tenor de Rouse conduce la melodía mientras un stride en cámara lenta va creando un clima de variedades expresionistas (las escobillas de Riley taladran con gracia). Otro gran momento será la versión de trece minutos de “Well, You Needn’t”, con un extenso solo con arco de Gales que no recordamos haber escuchado en otras versiones. Si bien en Underground Monk había estrenado “Ugly Beauty” (toda una poética en dos palabras), para los cuarenta y siete minutos de Palo Alto prefirió el viejo y conocido material. Como Bill Evans —en cierto modo su antónimo—, Monk iba de acá para allá con el repertorio de siempre.

Ciertamente no faltará el solo piano de “Don’t Blame Me”. Podemos imaginar que, a esta altura, envueltos en la melancólica calma que sólo él era capaz de lograr cuando se perdía con gusto en los tiempos lentos, los vecinos negros y blancos de Palo Alto creerán posible un armisticio sin plazos, ya que no una convivencia del todo armoniosa. Saben, sin embargo, que afuera posiblemente los aguarde la continuación de la refriega. Mientras tanto, todo será interior. “Blue Monk” fluirá con increíble swing y naturalidad, con el unísono de Monk y Rouse marcando la línea con una autoridad que parecen respaldar siglos de historia. El solo temático de Rouse avanzará esta vez sin que el piano le cubra las espaldas (era un truco habitual de Monk: desertar por un rato para que la armonía fuera esa cosa imaginaria), y otro tanto sucederá, en textura despojada, cuando Monk retome el tema y lo reinvente una y mil veces. Los últimos dos números serán “Epistrophy” y “I Love You Sweetheart of All My Dreams”. El primero, gran lección de obligato al servicio de una línea melódica quebrada (quintaesencia del bebop y su insurgente quinta disminuida), transmitirá la urgencia de la época (o al menos ese será el efecto de la doble historicidad de la música: ser potencialmente contemporánea en cada interpretación). En cuanto a “I Love You…”, la impenetrable ironía de Monk la ha elegido para decirle adiós a Palo Alto, y quizá también a toda una época.

 

Thelonious Monk, Palo Alto. Live at Palo Alto High School, 1968, Impulse! Records, 2020.