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Por qué escuchamos a Louis Armstrong

Sergio Pujol

MÚSICA

Sergio Pujol ha escrito libros de referencia sobre Atahualpa Yupanqui, Oscar Alemán, María Elena Walsh, Enrique Santos Discépolo, por citar algunos. Su trabajo sobre Gato Barbieri supuso un salto en sus afinidades electivas. Esa música lo constituyó como oyente. Acaba de ahondar en esa dirección donde convergen el objeto de estudio y los afectos más profundos. Y lo hizo con una declaración de amor. De eso se trata Por qué escuchamos a Louis Armstrong.

Pujol disecciona la pregunta que da título al libro —por qué escuchamos— a partir de un “nosotros” que reclama ser vindicado en tiempos de olvidos tan sedimentados como escandalosos, donde siempre parece haber sólo un uno que se relaciona con el deleite a partir de las plataformas y los foros, ese territorio de la subjetividad poblado de emojis. Si el pronombre sugiere un corte generacional respecto de este presente, el ensayo (escritura de lo escuchado) es una breve pero a la vez potente incitación a suturarlo, establecer una continuidad a partir de escuchar lo leído y sumarse a una pléyade de adoradores sin edades de Satchmo.

Para entender por qué escuchamos a Louis Armstrong es necesario responder primero la pregunta qué escuchamos en él”. De entrada, el autor plantea el problema Armstrong. Recuerda una clase de historia del siglo XX impartida en la Universidad de La Plata. De repente, irrumpe la figura de Pops y un estudiante cree que el profesor habla del ingeniero Neil Armstrong. Y esa confusión entre el hombre que pisó un satélite natural de la Tierra, es decir, la Luna, y una estrella de otro sistema, lo obliga a la consabida explicación en la que late el corazón de este delicioso libro: cualquier avezado astronauta de la NASA podría haber participado de una misión como la del Apolo XI; a Buzz Aldrin, el otro tripulante de la misión, podría haberle tocado la suerte de clavar antes que el pionero sus pies en aquella superficie. Sin embargo, no cualquiera podía haber fundado los Hot Five. Eso ocurre una sola vez. Se pone entonces en movimiento la tarea de reubicar al trompetista y cantante en la esfera de la distinción que le pertenece.

Armstrong es, por lo tanto, parte de una carrera de relevos que ha quedado en suspenso. Pujol joven podía escuchar a los Beatles, pero el padre tocaba en un piano vertical algunos clásicos de Satchmo (conozco esa escena, sólo que cambiaría el piano por discos: mi padre también amaba a Pops. El wincofón siempre acogía ese repertorio). Algo se sedimentaba con la suficiente potencia para que una música paterna pudiera ser propia en tiempos de fuertes disputas sobre los gustos, que lo lateral, acaso en principio resistido, deviniera central, un acontecimiento. Esa hebra sonora capaz de unir preferencias se solapa hoy con las recomendaciones fantasmales de los algoritmos.

El libro es una suerte de alegato. La pasión y la demostración se hermanan a través de las páginas. El amor hacia una música, en un punto intransferible —todos amamos el mismo objeto de maneras diferentes—, se vuelve una razonada explicación de una potencia. Emoción y cognición, entonces. Cuando más nos abrimos a conocer, más disfrutamos, y viceversa. Pujol nos cuenta su momento iniciático, sólo a los efectos de recuperar el valor cultural y político de Armstrong para la primera mitad del siglo XX, así como las sutiles ramificaciones que lo conectan con otros presentes. Porque —y es entonces cuando el interrogante reclama una respuesta argumentada, una serie de causalidades ineludibles— no es posible entender la voz, el cuerpo y la cinética teatralización de las músicas populares sin remitirse en un punto a aquel afronorteamericano. James Brown y Prince son, de algún modo, parte de ese linaje. “Este creador es el basamento de la mayor parte de la música popular estadounidense del siglo XX, y obviamente de todo el jazz. Escuchamos al inventor del swing, la improvisación solista, el canto jazzístico y el toque virtuoso de la trompeta […] escuchamos al animador, entertainer o showman que con sólo abrir grandemente los ojos y plasmar en su rostro una mueca expresionista galvanizaba la atención de su público […] y escuchamos al negro, la otredad de la sociedad norteamericana […] Quizá parezca innecesario o tautológico agregarles a todas estas caras del genio la del artista. Como sea, creo que es un buen cierre (a mi padre le hubiera gustado)”. Pujol ha revisado numerosas biografías e historias culturales. Articula escenas, establece conexiones, reflexiona sobre prácticas y consumos. Pero a la hora de dimensionar la importancia del biografiado, no encuentra mejor defensa de su causa armstroniana que en Keith Richards.

Dentro de un minuto va a salir Louis y va a empezar el fin del mundo”, escribe Julio Cortázar a propósito de una presentación ofrecida en París el 9 de noviembre de 1952. Pujol es un cortazariano de pura cepa. El autor de Rayuela late en este ensayo que es, por lo tanto, sobre más de un amor. Y es que no podría ser de otra manera: la música, iniciadora y acompañante de nuestras vidas, nunca reclama fidelidades absolutas.

 

Sergio Pujol, Por qué escuchamos a Louis Armstrong, Gourmet Musical, 2023, 112 págs.

5 Oct, 2023
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