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Usuarios terminales de sí mismos

MÁQUINABLANDA

 

Un amigo me tentó. Me recomendó –con intenciones puramente científicas– que ingresara en un sitio de Internet “abominable”: Second Life. Una tarde aburrida entré. El asombro bajó mis defensas. Me convertí, por un tiempo que no sé cuánto duró, en un “avatar” (así se denomina a los ciudadanos de esta ciudad virtual). Concurrí a partidos de fútbol. Visité tiendas de ropa. Compré un auto. Gané y perdí dinero (que según dicen –no lo comprobé– se puede intercambiar por dólares de verdad). Estuve a punto de armar una familia semejante a la de mi vida. Entonces me asusté y opté por no volver a jugar. Recordé esas experiencias oscuras en las que a veces nos complacemos en hundirnos para salir de allí como purificados aunque temblorosos. De vez en cuando ese tipo de experiencias sirve para redefinir los límites de lo que se quiere y busca. Nunca había imaginado que la puesta a prueba de esos límites iba a ocurrir en lo que se llama realidad virtual.

Dejé pasar el tiempo. Advertí que Second Life quizás sea una experiencia extrema de irrealidad en la que me había alienado con cierto gozo, pero que no deja de parecerse a muchas otras que no alarman sólo porque ya fueron asimiladas por nuestra vida: desde el útil intercambio de mails hasta la búsqueda en Amazon de libros apócrifos, cuando no de parejas. Pero ¿en qué se diferencian estas prácticas de la antigua industria del entretenimiento masivo o de los viajes de turismo sexual o cultural? Hay diferencias, por supuesto, pero hay también una sorda lógica que las relaciona y que desborda la interfaz tecnológica. Afecta el núcleo mismo de nuestra humanidad, suponiendo que este término refiera a algo con sentido. De los muchos sueños que anidó la Época Moderna mencionaré dos: el de dejar de ser uno mismo y convertirse en otro (la literatura moderna está plagada de este travestismo que nace con Don Quijote, se realimenta con Bovary y desemboca en el esquizofrénico de American Psycho) y el sueño prometeico de inventar vida a partir de la manipulación de la naturaleza (el arco iría de Frankenstein a la oveja Dolly o el cyborg: la vida y el cuerpo que la sostiene se consideran casi obras de arte o territorios para experimentar).

El proyecto científico moderno –hoy hecho añicos– suponía ciertas características que se convirtieron en maneras corrientes de pensar. Las asumieron el sentido común y el periodismo. Las ciencias imaginadas puras, por su parte, hace por lo menos un siglo que abandonaron el corsé clásico y lo cambiaron por caballos de tiro técnico: cada avance científico es posibilitado por la nueva tecnología, sin la cual la ciencia poco podría descubrir o inventar. Los inventos técnicos, amparados por el prestigio del conocimiento científico o por la utilidad que regalan en el quehacer doméstico, parecen imponer un tiempo autónomo de cualquier otro tiempo: su progreso ilimitado –pues cada descubrimiento acrecienta las posibilidades de descubrir otros y otros– conoce tan sólo el límite de su propia potencialidad. Es un nuevo tipo de tiempo que se despliega independiente de cualquier interferencia humana. Los hombres nos enganchamos en él, a lo sumo, como furgones de cola. ¿Quién escapa a la utopía de que la tecnología (los inocentes electrodomésticos blancos o la intervención técnica sobre la estructura informativa de la materia) mejora la vida? La ciencia clásica se había instalado ya en un mundo independiente matemáticamente perfectible: el telescopio, el microscopio, la electricidad descubren elementos que pertenecen a la naturaleza pero que son invisibles para la fallida percepción humana. Un espacio-tiempo otro, tan real como virtual, tan presente como imperceptible.

Frente a este panorama, dos opciones tensan las reacciones posibles: o de modo alucinatorio se festeja el mundo paralelo y los inventos técnicos que superpueblan nuestro universo, y que tan sólo ameritarían ser perfeccionados, o hipócritamente se quiere rechazar el mundo inventado por la técnica, que nos habría expropiado del universo concertado por la fe y el misterio. Lo cierto es que si se quiere pensar la técnica y sus proyectos habría que evitar sentarla entre los acusados para colocarse uno como juez imparcial. Las altas esferas científicas no pueden renunciar a la técnica, y la cotidianidad de millones de personas dependen de su funcionamiento. Esta certeza no reduce la sospecha de que la ya denunciada lógica instrumental de la técnica infecta ahora experiencias que estaban a salvo de su alcance: los afectos, el dolor, la angustia, el goce. Lo que se cree experiencia positiva (los afectos o la cura del cáncer) debería ser alentado; lo negativo (la angustia, el dolor o la explotación “salvaje” de la naturaleza), exterminado con megaperidurales o políticas agresivas de psicofármacos. Hay que ser necio para hacer reaparecer en escena el pensamiento de los otrora llamados fines últimos. A la vez, uno quisiera estar seguro de que aquí encontramos algo de lo cual lamentarnos.

En su momento la ciencia clásica prescindió de la dimensión lúdica del pensar y del vivir. Lo cierto es que el juego, el placer, la imaginación perduraron por sí solos, al margen de los imperativos científicos, del ascetismo protestante o del ahorro forzoso del capitalismo decimonónico. Hoy se ha apropiado de ellos la lógica productiva del consumo. A fin de cuentas –como resume Rosedale, presidente de la empresa que creó Second Life– el juego consistiría en “hacer otro mundo que sea mejor que el real en varios aspectos”. Pero ¿no pretendía algo parecido el original proyecto técnico de la modernidad? Es cierto, el fascismo también soñaba con organizar la sociedad para perfeccionar el mundo y vivir más cómodamente. Como si luego del día ocupado en trabajar necesitáramos el placebo de un mundo confortable en el que, en vez de dejarnos afectar por un arriesgado erotismo sin garantías, entrásemos por arte de magia en un universo paralelo donde no haríamos sino duplicar lo que acabamos de dejar atrás. O mejor: donde concretaríamos aquello que en el mundo real nos parece ajeno y lejano. Pero ¿no consistía en despertar experiencias como estas el hoy añorado poder de la literatura?

La civilización griega, cuna de nuestra imaginación, abominaba de los instrumentos y las prácticas que duplicaban la vida: el espejo y el coito. En el coito, o mejor dicho, en la sexualidad, reside ahora el dato último de nuestra personalidad. La sexualidad se impuso al precio de sacrificar el erotismo, una forma de comunicación que diferencia al reino humano del resto de la naturaleza. Los espejos pululan en el menor espacio vacío. Como en un rostro de Jano, la clonación o los transgénicos son el perfil respetuoso de los juegos en Internet, en los que nos convertimos en jugadores de fútbol o en francotiradores camuflados.

A esta altura sólo un idiota acepta o rechaza en bloque el proyecto técnico.

Por fuera de los detractores encarnizados o los apasionados defensores de la revolución tecnológica podría plantearse un principio quizás endeble que consiste en comprender la sobredeterminación técnica que atraviesa nuestra vida, o mejor, qué método somos capaces de elegir para desligarnos de nuestra vida y prestarnos, por un tiempo, a otro mundo. Habría que purgar, sin embargo, este principio del tufillo humanista y los recelos paranoicos que desprenda. Reflexionar en qué y hasta dónde la técnica –la técnica banal de la diversión o la sofisticada e ignota de la ciencia– es la única o la mejor opción para “mejorar” nuestra vida zozobrante de jugadores compulsivos.

1 Dic, 2006
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