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Diarios de viaje

Matsuo Bashõ

OTRAS LITERATURAS

Una nueva y cuidada versión de los diarios de viaje de Bashõ da pie para considerar dos circunstancias que justifican la reiterada traducción de su obra. Por un lado, la persistencia de un obstáculo difícil de sortear desde nuestra realidad lingüística, el de la lejanía de la lengua y la cultura japonesas, que impide erigir en definitivo cualquier acercamiento. Por el otro, la expectativa y el beneplácito que la puesta en circulación de estos textos sigue provocando entre los lectores de este lado del hemisferio, admiradores de la contemplación mínima y concentrada sobre la materia del mundo. A las conocidas traducciones de Octavio Paz, de Antonio Cabezas, al español, a las versiones inglesas de Sam Hamill, por mencionar algunas, se añade ahora la realizada por Alberto Silva, un especialista de quien conocemos El libro del haiku, y Masateru Ito, traductor nacido en Osaka, quien se ha desempeñado además como embajador en Latinoamérica. Ambos realizaron esta versión a cuatro manos o, como ellos la llaman, al alimón, una manera de torear entre dos al mismo toro. Con las lenguas orientales, en particular, cada traducción incorpora nuevas resonancias, otra miríada, otra aproximación al original, tanto que es casi como leer otro libro cada vez. Puede ocurrir que aquellos pasajes o versos que hemos citado o recordado de memoria aparezcan transformados y hasta inubicables frente a la imposibilidad de cotejarlos como ocurriría con una lengua más cercana. Más allá de estas consideraciones, la poesía de Bashõ se despliega en este libro de manera excepcional: no sólo atraviesa el relato de sus viajes, también está presente en la inclusión de numerosos haikus. La vivencia, el contenido vital de las travesías que Bashõ realizó a lo largo de una década, se va consignando en dos planos: en la prosa con la anotación espontánea del diario y, muchas veces, en forma de poema. Esto permite al lector contrastar los dos registros; ver de qué modo la lengua poética transforma, intensifica la vivencia, y observar también cómo a menudo una y otra lengua son la misma, más allá de la exigencia formal de las diecisiete sílabas. Hay una gran correspondencia entre uno y otro plano, en parte debido al tratamiento con el que esta poesía objetiva el mundo. Decía Philippe Forest en una novela breve dedicada a Issa, otro de los grandes maestros: “el haiku no existe más que en razón de su apego a la fibra trivial y modesta del mundo”. Ese apego a la percepción material es el que se observa, por ejemplo, en este: “Noche sin luna/ un cedro de mil años/ abrazado por el ventarrón”; o bien en “Dormido en el caballo/ luna lejana, ensueño prolongado:/ humo de hogares donde hierven té”, donde los elementos clave de cada verso —caballo, ensueño, luna y humo del té— conforman la característica yuxtaposición que logra con escasos elementos crear un paisaje y una atmósfera.

En parte por la influencia del taoísmo y de una práctica del zen, salir al camino implicó para Bashõ el encuentro con la naturaleza que llama a su contemplación, el encuentro de aquello anidado en el afuera. Con el aspecto de un monje enfundado en su túnica, su sombrero de paja y sus sandalias, Bashõ recorrió la geografía de Japón y sus lugares sagrados en la época premoderna del siglo XVII. Austero, desprovisto a veces de lo esencial, otras con demasiados bártulos que le impedían caminar con soltura, su figura adquiere, a través de estos textos, el perfil del poeta itinerante con el que se lo identifica.

 

Matsuo Bashõ, Diarios de viaje, versión castellana de Alberto Silva y Masateru Ito, Fondo de Cultura Económica, 2015, 196 págs.

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