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La vida errante

Yves Bonnefoy

OTRAS LITERATURAS

Hay poetas que ante la pintura experimentan una nostalgia propia de lo que podríamos llamar el silencio de las cosas, la mudez con la cual su presencia, esa moneda acuñada por el banco de la edad dorada, se delata a sí misma en una y otra cara. Una túnica púrpura, un cuenco rojo, un cielo azul plomo o el enigma de un rostro en líneas rosadas y amarillas son sin duda lo que se ve; pero también, son eso que hace a la prescindencia del arte no bien este se realiza como tal. Por más que sepamos que esas formas, esos trazos y pigmentos representan el instante caprichoso de una visión, en realidad lo que sabemos es que, más allá de ello, estos no son otra cosa que la materia que embriaga a los sentidos; no son más que el rapto de la mirada frente a una tela que se puebla con sombras provenientes de una hondura blanca. Saber eso acaso sea vivir antes del arte. Y vivir antes del arte la ciudadanía de nuestra infancia perdida que ya, lamentablemente, no podemos recuperar.

Pero tal experiencia es un episodio en el álbum de la devoción que prestamos a las imágenes desde hace tiempo. Cuanto más miramos, más añoramos, y en esa añoranza algo se rompe, algo pide ser de nuevo restaurado. Así una vieja fábula nos recuerda que las uvas de un pintor, no bien este las terminó de pintar, enloquecieron a los pájaros, y estos, que no distinguían entre el motivo y su réplica, se precipitaron a devorarlas en el momento en que tanto la maestría como la ilusión se encontraron para ya no separarse más. Y es que tal vez esa fábula nos lo recuerde porque esos pájaros no solo devoraron con sus picos lo reseco del lienzo, sino también el corazón del pintor, dejando así la herida de la ausencia que, hasta hoy, llevamos con nosotros.

Yves Bonnefoy ha vuelto una y otra vez sobre esa vieja nostalgia de la totalidad que reside en la pintura y el resto ausente que resuena en la poesía. En La vida errante y en Otra época de la escritura, suerte de poemas en prosa y de prosas que se asoman al poema, se pregunta por ello. Por caso, un recorrido cualquiera se transforma en meditación, en ejercicio de extrañeza no bien el poeta encuentra, de repente, “grandes bloques rojos” junto al agua y en compañía de arbustos, ramas y ornamentos que lo interpelan durante un paseo por el campo. En esa escena, simple e íntima, lo que leemos es más que una anécdota; es tal vez la punta de un hilo por donde desenredar el ovillo de su poética. Aunque se trate de huellas a punto de borrarse en un camino cuyo recorrido es inverso —toda una vida dedicada a escribir que ahora se atiene simplemente a vagar, a errar en lo acertado—, pues bien, ahí, en cada poema, en cada frase extrañada, en lo que aún se deja leer, la verdad del poema regresa como el silencio de un espejo. Por lo que al asombro de escribir, esa pulsión de la juventud, le sigue la indagación cauta de la vejez, el tiempo propio del retiro, del ritmo vuelto conocimiento que se aparta de lo realizado, y que por medio de su vacilar, avanza hasta encontrar preguntas como la siguiente: “¿Por qué no hay un vocablo para designar nada más que con pocas sílabas esas hojas secas y esos polvos que giran en un remolino de la brisa?”

Presa por momentos de una melancolía clásica, que hace de la añoranza celebración, la poesía de Bonnefoy se juega entre el decir de las cosas y la diferencia del pensamiento, entre lo que nombra para que lo más insignificante exista, y lo que separa para discernir el registro de la tragedia en la que estamos extraviados. Al mismo tiempo se juega en equivalencias irrisorias, en licencias de una teoría de la poesía que postula todavía correspondencias: a cada pigmento, una letra, y a cada color, un sonido. Pero también, en ese regreso a lo que podríamos denominar leves capas de presencia, empastes de palabras que persiguen el silencio en la tela del poema, lo que también se juega es la escritura que aspira a decir lo que ve porque, acaso sin saberlo, la transparencia de quien mira sea la nostalgia de lo que no se nombra. Al igual que las uvas que Zeuxis dejara a merced de los pájaros, el poema no quiere otra cosa que realidad, o tal vez el poema no quiere más que el trazo próximo a eso que escapa no bien se lo persigue, a eso que busca retener no bien se entiende que su destino, siempre en riesgo, es ser la perpetua fuga que solo en la escritura se llega a evidenciar, aunque más no sea como simple descripción: “La noche, es decir, algo verde, azules y ese poco de rojo muy oscuro que invade con sus grumos la parte baja de la página. Escribo apurado la palabra charco, la palabra estrella. Escribo nacimiento. Escribo pastores y reyes magos. Escribo que rompo una bombilla y que se pone negro”.

Escribir es entonces el drama que representa lo irrepresentable. Así lo recuerda Bonnefoy en un extraño diálogo-caminado, donde pone en palabras de un acompañante misterioso la siguiente añoranza: “Nuestros signos eran cosas, por lo tanto eran infinitos”. Y tal vez hoy, ese signo de lo infinito, esa promesa rota en el corazón de todo poema, sea lo que cualquier poeta pide a otra época de su escritura.

 

Yves Bonnefoy, La vida errante, seguida de Otra época de la escritura, traducción y prólogo de Silvio Mattoni, Interzona, 2026, 136 págs.

30 Abr, 2026
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