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Ofensiva de primavera

Herbert Clyde Lewis

OTRAS LITERATURAS

La Segunda Guerra Mundial se detuvo no bien declarada. Al menos, así ocurrió con la infantería. Si bien barcos y submarinos se perseguían, atacaban y hundían en los mares, en la frontera franco-alemana, sobre el ejército nazi y sus rivales franceses e ingleses, ubicados frente a frente a pocos kilómetros con todo el material tecnológico bélico engrasado y listo para aniquilarse, flotaba una extraña prudencia: la drôle de guerre o “guerra falsa”, como se llamaría aquel período de inactividad bélica que se extendió desde septiembre de 1939 hasta junio de 1940 sin ningún ataque que lo rompiera.

Durante esos meses, del otro lado del Atlántico, el neoyorquino Herbert Clyde Lewis (1909-1950) escribió y publicó esta novela que sucede en aquella frontera inmóvil cargada de pólvora. Su protagonista es Peter Winston, ciudadano norteamericano, tal vez de los pocos que se encuentran en el frente porque el país, aunque evalúa con desconfianza la ideología nazi, no va a mover todavía músculos para defender a Francia e Inglaterra. Winston se encuentra ahí de forma voluntaria y se comporta como un electrón extraño. En vez de agradecer su presencia, los compañeros ingleses y franceses le echan en cara que su gobierno les demande el cobro de deudas públicas en momentos complejos. Nadie lo aprecia demasiado en el regimiento, y él, aburrido por la falta de acción, sale una noche empujado por silogismos curiosos a sembrar semillas de flores en la frontera que separa a los dos ejércitos. Cuando está regresando, rápido, antes del alba, se tuerce el tobillo en tierra de nadie. No puede caminar. Y esa mañana justo comienzan la ofensiva alemana y el contraataque aliado. Empieza la guerra en serio y Winston queda en medio de las explosiones brutales, sin ningún arma.

En la novela anterior de Herbert Clyde Lewis, Un caballero a la deriva, publicada en 1937, un hombre caía desde un barco y tenía que encontrar la manera de sobrevivir en alta mar. Acá, muy herido, agonizando, cae en el pozo que dejó un obús. Jaqueado por las explosiones, el humo, la sangre, Winston recuerda las personas que lo quisieron y defraudaron: la novia que se casó con otro hombre, mayor y con más dinero; el jefe del periódico que lo despidió; el mejor amigo y su padre millonario que no le dieron el trabajo bancario prometido una vez terminada la universidad. No hay juicios de valor arrebatados, sí intentos de comprensión reflexivos y algo cínicos, y un camino de ida y vuelta de aquellos pensamientos porque la novela, escrita en tercera persona, también se detiene en la mente de esos personajes. ¿Qué piensan de Winston? ¿Por qué se fue? ¿Ellos tuvieron algo que ver en esa partida? ¿Se los puede acusar o responsabilizar de algo?

Ofensiva de primavera envuelve al lector en la tierra revuelta por las bombas, pero también en páginas de reposo y humor negro que construyen un alegato profundo contra cualquier guerra. Cuando se publicó en 1940, pasó sin pena ni gloria, tal vez porque la avanzada nazi que rompió la drôle de guerre no tuvo lugar en la frontera franco-alemana en la que Winston había sembrado flores, debajo de las defensas antitanques para que crecieran sobre ellas, sino más al norte, en el verano, en los Países Bajos, donde prácticamente esas defensas no existían. Haber equivocado la geografía del ataque, el mismo error que cometieron los generales franceses, acaso hizo que todo el resto de la novela se desmoronara y perdiera valor. O tal vez por aquel entonces no se necesitaba de libros que criticaran no solo la vocación bélica idiota del ser humano, sino también las injusticias dentro de Estados Unidos y su American way of life. Se la condenó al olvido. Más de ochenta años después se exhuma este escrito que florece desde un hombre desarmado y moribundo a la espera de lo inevitable, en medio de la brutalidad.

 

Herbert Clyde Lewis, Ofensiva de primavera, traducción de Ángeles de los Santos, Periférica, 2025, 224 págs.

 

7 May, 2026
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