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Nacido en los confines del Imperio austrohúngaro, en una provincia donde las lenguas se trenzaban como raíces que buscan agua bajo un suelo compartido, Joseph Roth vislumbró pronto que la patria podía ser, antes que un territorio, una modalidad de la nostalgia; y quizá por eso porfió en escribir como el notario de un mundo crepuscular. No era, en sentido estricto, un nostálgico. O tal vez sí, pero de una manera oblicua, como quien añora algo que aún no ha perdido o que, en rigor, nunca llegó a poseer. Su figura —delgada, de mofletes rubicundos, algo encorvada, siempre con un vaso a mano— tenía lugar fijo en las tertulias de los cafés de Viena, Berlín o París. Pero Roth no pertenecía del todo a esos lugares; estaba de paso, incluso cuando se quedaba. En hoteles baratos —algunos dicen: su verdadera patria— redactaba sus artículos con una celeridad febril, como si la realidad se precipitara en una fuga que él debía apresar antes de que doblara la esquina. El periodismo le permitía sobrevivir; la literatura, en cambio, le devolvía aquello que no terminaba de perder. Le fue dado peregrinar la hora en que Europa abdicó de su ilusión de perpetuidad, y Roth, que tenía un oído finísimo para los rumores de la historia, escuchó antes que muchos el crujido del derrumbe. Murió en París en 1939, poco antes de que la catástrofe terminara de consumarse. Para entonces ya había escrito algunos de los libros que mejor captaron el tono postrero del viejo continente.
De esa caterva situada a medio camino entre la crónica y el vaticinio oracular asoma por varios cuerpos La marcha Radetzky, novela de 1932, que hace caso omiso de las innovaciones literarias que agitaban la época para fraguar, en una robusta partitura canónica de prosa envolvente y desencantada, sinuosa en su elegancia pictórica y teñida de ironía discreta, mustia y compasiva, la novela familiar de un imperio que se viene a pique. El auge y la decadencia de la familia Trotta se entrelazan con el ocaso de la dinastía de los Habsburgo a partir del episodio fundacional en que un soldado ignoto salva la vida del emperador en una batalla que prefigura el declive del Imperio y que los manuales escolares recubren con un oropel ajeno a los acontecimientos. La letra del emperador ennoblece el apellido Trotta; pero el “héroe de Solferino”, tras fracasar en su intento de corregir la versión oficial, abandona el ejército y, con el tiempo, prohíbe a su hijo alistarse; este, a su turno, se convierte en funcionario y, llegado el momento, empuja a su propio hijo, Carl Joseph —de nula vocación de servicio—, hacia la vida militar. Cada Trotta traduce a su manera el equívoco heredado; y aunque cabría preguntarse cómo pueden sucederse al menos tres generaciones de hombres sin mujeres que los reproduzcan (Roth nunca destacó en la pintura de personajes femeninos, pero su ausencia está acá justificada), la novela es, también, una historia de padres e hijos. De la distancia entre ellos, de la obediencia ciega a un legado de gestos, errores y fidelidades que persisten en el tiempo y se descascaran con él.
A pesar de no ser nada planos, no son los personajes los verdaderos protagonistas sino los resortes que los mueven. Hay que seguir un conjunto de motivos que, como el dos por cuatro de la composición orquestal de Johann Strauss que da título a la obra, trenzan una costura que excede lo anecdótico. Ahí están las manos: las que aferran al emperador e inauguran la serie, las que luego se alzan o se ocultan en los bolsillos en momentos decisivos, y aun las que entintan los símiles (“Parecía como si una mano invisible hubiera borrado todo rasgo de juventud del rostro de Carl Joseph”). Otro tanto ocurre con los retratos y las campanas, cuya disposición o cuyo tañido nunca son gratuitos. El punto es que todos estos elementos anudan los dos órdenes que trajina la novela —el íntimo y el histórico—, mientras el lente de Roth modula el foco, aproximándose a un detalle fugaz o distanciándose para ganar profundidad de campo y conferir a la escena un movimiento coreográfico.
Luego de páginas y páginas escritas en estado de gracia —como aquellas en que un Trotta imagina la temida muerte del emperador sólo porque el criado, enfermo, no dejó la correspondencia en su sitio habitual—, queda uno barruntando si la idea que Joseph Roth tenía de la decadencia no se asemejaba a la de quien entra en un salón tras la fiesta: la vajilla todavía sobre las mesas, las copas a medio vaciar, los ecos de la música rebotando en las paredes y la sensación de que todo el júbilo se fue con los últimos invitados. Y ahí, en el umbral, permanece el propio Roth, testigo espabilado de un mundo que se desvanece.
Joseph Roth, La marcha Radetzky, traducción de Daniela L. Campanelli, Godot, 2026, 376 págs.
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