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El río en la noche

Joan Didion

OTRAS LITERATURAS

La obra de Joan Didion goza de una floreciente sobrevida. Ensayista versátil y figura clave del Nuevo Periodismo (a diferencia de compañeros de ruta como Hunter S. Thompson o Tom Wolfe, proclives a la pirotecnia autorreferencial y épica de la contracultura de la Era de Acuario, Didion, más escéptica, había advertido las señales del desencanto inminente y se movía con igual soltura, pero sin tanto candor), permanecía sin embargo, en buena medida, inédita en español. El punto de quiebre fue la obtención, en 2005, del National Book Award por El año del pensamiento mágico, lacerante autopsia en torno a la muerte de su marido, que junto con Noches azules conforma un tratado involuntario sobre el duelo. Desde entonces se ha acrecentado el merecido reconocimiento de la “poeta del gran vacío norteamericano”, como la llamó Martin Amis, que ahora cuenta hasta con un documental en Netflix. A ese viraje se ha sumado ahora la editorial Fiordo, con la edición de la primera novela de Didion. El río en la noche (Run River, 1963) narra los albores crepusculares de un matrimonio como metonimia de la decadencia de la aristocracia terrateniente de la Vieja California. Al comienzo de la novela, una pregunta horada la noche como un disparo. “¿Qué quieres?”, le dice Lily Knight a su marido, Everett McClellan. El narrador matiza: “¿Acaso había en la vida de alguien un punto libre del tiempo, despojado de memoria, un punto en el que la elección fuera otra cosa que la suma de todas las elecciones ya pasadas?”. Estamos en 1959, y la ubicuidad del calor de Sacramento dilata la pregunta hasta hacerla retroceder veinte años. Para entender el presente, habrá que recorrer el espectro que va de 1938 a 1959 en busca de ese punto libre del tiempo.

Hija de un político venido a menos y de una experta anfitriona, la joven Lily Knight avizora una vida sin más complicaciones que saber organizar una fiesta. Sin embargo, el intercambio social no es su fuerte. “Era tan artificioso que hasta el más pequeño gesto de Lily orientado a la jovialidad o la gracia domésticas despertaba sospechas de desastre inminente”, dice el narrador. Esta incomodidad en el desempeño de un rol impuesto se irá acentuando a medida que Lily se aleje, nunca completamente, del abrazo protector de sus padres. Incomodidad que se va tiñendo de distancia e incomprensión: “Era simplemente que entre ella y el resto de las mujeres existía un vacío en el que las oberturas se apagaban, las voces se volvían inaudibles y las conexiones se rompían”. Sin demasiada convicción, pero como si cumpliera con un presagio inevitable, se casa con Everett McClellan, hijo de una familia amiga. La relación estará signada por la incomunicación, las ausencias, por la distancia a veces inconmensurable entre ambos; y por las infidelidades. Sin ser bonita, Lily cultiva una “fragilidad cautivadora” que seduce a hombres con los que mantiene relaciones que no deparan más satisfacción que un alivio momentáneo en la búsqueda siempre infructuosa de lo que desea alcanzar: “el lugar donde la batalla se libraría en sus propios términos”. A pesar de estar condenados a repetir la misma escena una y otra vez, “hurgando en sus recuerdos en busca de nuevos agravios”, Lily y Everett persisten; algo de la presencia del otro los resguarda de la fragilidad que los amenaza. Por eso Lily atesora pequeños momentos de sosiego: “Porque las cosas que se decían en voz alta tenían para ella un aura de peligro tan volátil que sólo se podía controlar en esa provincia oscura donde viven quienes comparten cama”. Para hacer más trágico el asunto, se suceden la locura, la muerte y la guerra. Pero por sobre todo se vienen a pique la bonanza económica de antaño, una forma de hacer negocios, un estilo de vida. Las hojas de lúpulo esmaltadas por la luz y el rumor del río acompañan cada recodo de la historia. Y claro, ante tanto polvo y calor seco, bourbon, martini y más bourbon. “Esta es una historia de amor y de muerte en la tierra dorada”, inicia uno de sus ensayos más recordados y bien pudiera ser el resumen sintético de esta novela elegante, irónica, por momentos patética, siempre inteligente. También un recordatorio de que si el pasado es un reservorio de mitos caducos, no vendría mal agenciarnos unos nuevos.

 

Joan Didion, El río en la noche, traducción de Javier Calvo, Fiordo, 2018, 312 págs.

31 May, 2018
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