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OTRAS LITERATURAS

La cartografía literaria ha trazado localidades y urbes de las más diversas sustancias. La industrial Coketown de Dickens; la vertiginosa Dublín de Joyce; la decimonónica Buenos Aires borgeana, de patios, aljibes y tiempos fronterizos; el rural y ardiente condado de Yoknapatawpha ideado por Faulkner; la lisérgica Bucarest de Cărtărescu; los ejemplos, desde luego, proliferan. Fat City, la única novela del norteamericano Leonard Gardner (1933), engalana el listado precedente con una ficción que no deja de ser una radiografía austera y esquelética de Stockton, una triste ciudad californiana en la que el autor nació y, aún hoy, vive a sus 89 años.

Por las calles pobremente iluminadas de esta urbe hosca y decaída bosquejada por Gardner, de casas bajas, hoteluchos, bares de mala muerte y ríos cenagosos, pulula un puñado de hombres que llevan a cuestas su propia existencia como una cruz pesada, incómoda; y que entienden, en gran medida porque son boxeadores o lo han sido, que no hay victoria ―lo que sea que eso signifique― sin resistencia. Y que, como señalara Joyce Carol Oates en Del boxeo, el boxeo no es metáfora de nada; en todo caso, para un verdadero púgil, la vida misma ―con su violencia y achaques, su incertidumbre y velocidad― es símbolo del boxeo.

Separado, Billy Tully se acerca a los treinta años, vive intermitentemente en rotosas habitaciones de hospedajes baratos, evocando, no sin melancolía, su dorado matrimonio. Dueño ―acaso― de un par de billetes de dólar en el bolsillo, y dueño, a su vez, de una chance final en el ring, cree atisbar en ella su última posibilidad para dejar, por fin, las infernales jornadas de trabajo agrícola, desmalezando los cultivos de tomates, recolectando cebollas, por las que cobra miserables, ignominiosas monedas. El azar lo cruza en un gimnasio con Ernie, un jovenzuelo que, en opuesta simetría, comienza a dar sus primeros pasos en el deporte. La novela se ciñe, en esencia, al arduo derrotero de estos personajes, a sus encuentros y desencuentros amorosos, a las dificultades para la subsistencia digna. Como si reescribieran la manida sentencia de Spinoza, los hombres de Gardner no expresan ―ni saben― lo que puede un cuerpo, sino cuánto ―un cuerpo, su cuerpo― es capaz de soportar. Porque eso ―un cuerpo, su cuerpo― parece ser todo lo que tienen.

La prosa austera del autor, el diestro manejo de los diálogos ―que la esmerada traducción de Juan Nadalini logra reproducir―, el crudo trato al que el destino somete a estos boxeadores de ángel opaco hacen de Fat City una novela que Hemingway habría apadrinado con ganas y, probablemente, con algo de envidia. Al hablar de la rigurosidad y la densidad de cada uno de los términos del texto, Denis Johnson sostuvo que podría leer la ficción de Gardner con las yemas de los dedos, como si de braille se tratara. Como si se inscribieran en Fat City palabras universales, comunes a todos, capaces, incluso, de exceder la escritura misma; un libro cuasi sagrado, elemental. Un libro con el cual un boxeador derrotado, de rostro demacrado, la visión nublada por la sangre, intenta descifrar, tanteando la forma de esos signos, las verdaderas razones por las que pelea.

 

Leonard Gardner, Fat City, traducción de Juan Nadalini, Chai Editora, 2023, 188 págs.

22 Jun, 2023
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