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El título de la más reciente novela de Fernanda García Lao no hace referencia al planeta de los anillos ni al apellido de aquel jugador de Huracán y Boca que solía practicar la bicicleta, ese amague de la pierna que gira sobre la pelota sin tocarla. Aunque algo de ellos resuena en las alusiones planetarias y en la circularidad temporal que aparecen en la novela.
Saturno es, en realidad, un pueblo de la provincia de Buenos Aires, semivacío luego de que cerrara su estación de tren en 1977, cuando ya se sentían los primeros impactos de la política neoliberal. Encontramos a los dos personajes principales —“el hermano” y “la hermana”— saliendo del pueblo con el gato de un tercer hermano que acaba de suicidarse, al que enseguida extravían en la ruta. La carga emocional por ambas pérdidas les hace creer que ha sido robado y los empuja tras sus supuestos captores. El ambiente fantasmal de los alrededores del pueblo casi abandonado, la noche que cae, la lluvia torrencial que se desata, la tensión entre ambos, el calor y la humedad del auto en el que viajan, la angustia por el animal y la ansiedad por la persecución termina desviándolos hacia un extraño hotel al borde de un dique, regenteado por dos mujeres orientales, donde el agua circundante funciona como canal conductor para los avistajes extraterrestres que otros pocos pasajeros se dedican a experimentar.
De mayor a menor, la novela se estructura en tres grandes bloques, divididos en capítulos que, a su vez, contienen pequeños fragmentos, todos encabezados con la fórmula gramatical “lo que se…” (“lo que se ve”, “lo que se dice”, “lo que se huele”, “lo que se puede y lo que no”). Ese tipo de recurso sintáctico produce un efecto de impersonalidad que se traduce en una mayor distancia del narrador con respecto a la escena que cada título nombra, lo cual le permite interrogarla exhaustivamente hasta lograr una descripción precisa y, en cierta forma, cerrarla sobre sí misma en un puro presente. Es la acumulación de estas escenas, a la manera de las páginas de un flipbook, lo que ordena el discurso, le da sentido al relato y permite el avance cronológico de la historia. Sin embargo, el tiempo vuelve a desordenar todo: los relojes marcan distintas horas, el viaje de una tarde también es de una semana y los hermanos entran varias veces en loop al verse a sí mismos ejecutar acciones ya vividas.
En ese juego de orden y desorden también entran las vidas vacías que estos personajes desesperados intentan llenar con su pasión por lo paranormal o la entrega al sexo ocasional. La cofradía que se arma en el hotel deriva así en la composición de una pantomima que recuerda a la de Los siete locos, de Roberto Arlt: el capitán Minor es en realidad el locutor de la radio del pueblo, las orientales vienen del norte del país y la abducción que sufre la francesa Betelgeuse —en realidad, una argentina llamada Beatriz— se revela como una farsa representada para un sueco que va por el mundo en busca de un contacto alienígena. ¿Y no es una suerte de “Astrólogo” el capitán Minor, quien define la democracia como “una entelequia que se reproduce por inercia” y es llamado “versero”, “ególatra”, “líder estrafalario” e “idealista perverso”? Su teoría de que lo mínimo (el átomo) reproduce lo máximo (el universo) hacia afuera del texto podría también ubicar al pueblo —Saturno en lugar del Temperley arltiano— como réplica de todo el país. En ese caso, la representación explícita en uno y otro nivel iguala personajes y ciudadanos, todos atrapados en la rueda infinita de la crisis: los que no tienen para pagar la cuenta deben comprar deuda con deuda y seguir formando parte de un hotel en un lugar imaginario o de un país real que parece un simulacro.
García Lao, con humor, sutileza, conciencia de la historia literaria y registro de la actualidad, también permite que la literatura recobre su capacidad crítica para discutir el presente.
Fernanda García Lao, Estación Saturno, Entropía, 2026, 146 págs.
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