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La chica de Kyushu

Seicho Matsumoto

OTRAS LITERATURAS

“Tokio era de color gris plomizo, como un esbozo”, dice Kiriko, que viajó veinte horas en tren, desde Kyushu, para entrevistarse con un abogado de renombre. El viaje desde un sur marginado al centro político y cultural.

Se acusa a su hermano de haber asesinado a una prestamista anciana y de robarle el pagaré que lo ataba a ella. El delito prevé la pena de muerte. Kiriko está convencida de la inocencia de su hermano y recurre entonces a Otsuka, el mejor abogado del mundo. No se conforma con menos. Pero Otsuka, esa suerte de jurista superpoderoso de la capital, apenas escucha por arriba las circunstancias del caso antes de rechazarlo, apurado por llegar a un partido de golf que tampoco le importa demasiado. Las causas de su negativa quedan claras para todos: sus honorarios. Kiriko no puede pagarlos. No hay matices en esa actitud; al abogado más prestigioso del mundo sólo le interesa la plata.

El desprecio de los poderosos no entiende de modales ni de etiqueta y jamás se conmueve con la posibilidad de que muera un inocente. En este sentido, La chica de Kyushu, de Seicho Matsumoto (1909-1992), cuestiona el tiempo en que vivimos, como toda gran novela policial, pero quizás haya otra cosa en sus páginas, algo más importante, de resonancias más íntimas. La novela no denuncia simplemente la indefensión de los pobres o los problemas del sistema judicial (el nuestro o el japonés, lo mismo da), capaz de condenar a un inocente sólo por ser pobre.

La narración intercala transcripciones de las declaraciones que tomó la policía, informes de peritos y testigos. Hay una tendencia a la verborragia, pero al fin de cuentas lo mismo sucede en cualquier proceso penal, en el que las fojas se multiplican con ínfimas variantes, entre formularios preimpresos y documentos acartonados. El verdadero investigador, el de talento, sabe descubrir lo singular en páginas cargadas de rutina.

Accedemos a los antecedentes del caso de primera mano, sin intermediarios. Matsumoto juega limpio, nos da la chance de participar en la pesquisa y descubrir nosotros mismos al verdadero asesino de la prestamista. Hasta que en algún momento, enredados en esa vorágine de documentos, finalmente entendemos que no importa. Matsumoto construyó un misterio en el que no son relevantes los asesinos. Su novela apunta al corazón humano y sondea la rabia que anida ahí, provocada por las injusticias. ¿Qué está dispuesta a hacer Kiriko ante la indiferencia del abogado? ¿Hasta dónde está dispuesta a llevar su furia, o su dolor? El hermano de Kiriko muere institucionalizado, víctima de esa acusación que parece falsa, y ella no consigue sacarse de la cabeza que no recibió la ayuda que merecía.

La imagen que le depara la ciudad a Kiriko, después del encuentro fallido con Otsuka, tiene algo de “El hombre de la multitud”, de Poe. Leemos, por ejemplo: “Durante el camino de vuelta encontró más gente, pero sus caras parecían todas iguales”. Es inevitable que asome la pregunta volvedora: ¿acaso no estamos todos solos en este mundo, rodeados de indiferencia?

Más que la identidad del asesino, en La chica de Kyushu lo que importa es la red de relaciones, de odios y venganzas que el asesinato ha desencadenado. Una verdadera transgresión para una novela policial que, al comienzo, se nos presenta con una estructura clásica de enigma. Ya se sabe que la supervivencia del género sólo es posible con la continua y delicada infracción de sus leyes.

 

Seicho Matsumoto, La chica de Kyushu, traducción de Marina Bornas, Libros del Asteroide, 2017, 262 págs.

 

 

5 Sep, 2019
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