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La colina de Watership

Richard Adams

OTRAS LITERATURAS

Cuentan quienes fueron sus alumnos de literatura inglesa que Borges solía comparar las batallas del Beowulf con las refriegas sabatinas entre barrabravas del ascenso. La analogía tenía un fin humorístico, la quita de solemnidad que ciertos clásicos necesitan con urgencia, pero también contrabandeaba una lección: la épica es retrospectiva, una herramienta vitalmente artificial que eleva los hechos y les da su forma última. Entre el relato y la anécdota inspiradora —suponiendo que la hubo— media la distancia que existe entre un producto terminado y su prototipo. Si se combatió a dragones presuntos o a la muchachada del Doque, la pregunta esencial es cómo ese combate será narrado después. Y la escala, claro, puede disminuir mucho más todavía. 

Con una treintena de conejos imaginarios, más o menos precisados según su lugar en la trama, Richard Adams hizo de la campiña de Hampshire —región donde residió gran parte de su vida— una Götaland personal. O tal vez deberíamos decir una Troya, una Lavinio, ya que la anécdota de La colina de Watership transcurre entre dos ciudades: la conejera que será destruida, la conejera que será fundada. La referencia grecorromana se difunde desde la presentación de sus personajes principales: el sagaz Avellano, el fuerte Pelucón, el oracular Quinto y el tirano Vulneraria, quienes guiñan por turnos a Ulises, Eneas, Áyax, Casandra, Agamenón y tantos otros actores del poemario homérico y sus sucedáneos. 

Epopeya en prosa, fábula de largo aliento, La colina de Watership suelda dos géneros inventados por la misma gente para acompañar una sola idea: a la síntesis solo se llega tras una trayectoria surcada por fracasos, sacrificios y aprendizajes no solicitados. Vivir es endurecerse, medir la propia valía con un exterior que, si algo promete, nada regala. Quinto recibe el augurio y hace saber a la agarrotada conducción de la conejera que la calamidad se avecina; a partir de ese punto, lo que sobrevendrá para él y los suyos —unos pocos insurrectos, los menos privilegiados por la estructura colectiva— será una ristra de enfrentamientos con hurones, zorros y demás depredadores de la pradera, relatos intercalados sobre ejemplares mitológicos del credo conejil, neologismos de lagomorfos, la siempre funesta aparición del hombre. El tercio final de la novela está dedicado a una cruzada contra un ejército liderado por un conejo salido de alguna pesadilla estalinista. Amén del correlato helénico, La colina de Watership fue un producto de su época: Adams concibió el esqueleto de la aventura en los años sesenta, mientras divertía a sus sobrinos durante un viaje largo. 

El pulso madre es la peripecia, el brinco de una amenaza a la siguiente, el remache de una voz que ata sucesos sobre la marcha, como un conejo que corre desesperado de una madriguera a la otra, y el resultado está lejos de amoldarse a la inocuidad actual de las narraciones infantiles. Aunque en los setenta hubo una versión animada que no cicateó brutalidad —incluso desplegó una lisergia que rivaliza con los dibujos que Gerald Scarfe hizo para The Wall—, hace no tanto Netflix regurgitó una serie anodina y olvidable, con todos los vicios del ATP más genérico. Quienes quieran derrotar la colina verdadera deberán apelar a la novela original, de donde la muerte no se ausenta. Y donde la sangre y el barro abundan porque son antiguos.   

  

Richard Adams, La colina de Watership, traducción de Pilar Giralt Gorina y Encarna Quijada, Seix Barral, 2025, 456 págs.

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