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La noche

Al Álvarez

OTRAS LITERATURAS

Un crujido incierto, el repiqueteo abrupto, la sombra furtiva que se recorta sobre el fondo negro; el festejo, el desparpajo, la desinhibición; el jeroglífico de imágenes caleidoscópicas; el blíster de somníferos. Pródiga en anamorfosis, trampantojos y dobleces, la noche es un tema que le calza como un guante a un tipo a la vez vital y melancólico como Al Álvarez, capaz tanto de escalar montañas con un tobillo sin cartílago como de coquetear con el suicidio, atributos cuyo corolario es una versatilidad para escribir sobre lo que se le ocurra casi siempre con el mismo tino. Querer abarcar algo tan amorfo como la noche, y además hacerlo desde varios frentes, parece una tarea destinada al fracaso; pero Álvarez no sólo sale airoso del trance, también ofrece un riguroso y elegante recorrido sobre “cómo iluminamos la noche, negociamos con ella, la habitamos y, en fin, la ignoramos”.

El recorrido comienza con un repaso histórico de la formas de iluminación artificial, desde el uso del fuego hasta la luz eléctrica, pasando por hogueras, antorchas, lámparas de aceite, grasa y gas; y deriva en un bosquejo de las diferencias de clase respecto a la iluminación: los pobres viven al ritmo del sol, mientras que los ricos disfrutan de la noche como un lujo; porque, nos enteramos, el disfrute de la vida nocturna como opción democrática es una invención moderna. Si bien la luz artificial amortiguó algunos de los peligros asociados a la noche, no eliminó los miedos y temores nocturnos. El propio Álvarez expone sus miedos infantiles en primera persona y da en el clavo cuando dice que “los niños dan formas y rostros a su miedo a la oscuridad y esas formas pueden tener significados personales […]. Pero lo que verdaderamente temen es la oscuridad misma”. Además de la iluminación, la otra forma de conjurar el miedo a la oscuridad es el sueño. Desglosar sus aristas conlleva explorar sus múltiples facetas. Para aprehender la ciencia del proceso neurofisiológico, Álvarez se dirige a un laboratorio del sueño, primero como observador, luego como objeto de análisis. De esa forma nos enteramos de que despertamos más veces de las que creemos, a medida que uno envejece necesita dormir menos, soñamos alrededor de dos horas diarias y el sueño está relacionado con la etapa REM, que en el nivel cerebral no presenta diferencias sustanciales con la vigilia. Pero sobre todo el resultado del análisis de los datos arroja un desajuste insalvable entre la objetividad de los instrumentos de medición y la experiencia subjetiva. Lo que lleva a centrar el foco de interés en la vertiente subjetiva del sueño: su interpretación. Aquí la referencia ineludible del psicoanálisis, el romanticismo y el surrealismo. Respecto del psicoanálisis, hay correcciones irrefutables: “No es que soñemos para preservar el descanso […]; antes bien, dormimos para poder soñar, porque soñar es una función física natural y necesaria”. Pero también lecturas sesgadas: expresiones tales como que el “psicoanálisis moderno” se basa en el análisis de las relaciones de objeto, ¿habrá que atribuirlas a la nacionalidad del autor, o a que su compañera es una respetada analista kleiniana? El recorrido finaliza con la crónica paralela de dos patrullajes nocturnos como acompañante de policías de Londres y Nueva York, la radiografía de los ritmos de la noche en la ciudad y el campo, y, por supuesto, “la oscuridad de la muerte, esa noche que al fin nos atrapa a todos y que ni la mayor profusión de luz eléctrica llegará a iluminar nunca”.

Sorprende la facilidad con que Álvarez pasa del recuento histórico a la crónica, de la cita erudita a la vivencia personal; la variedad de enfoques es contigua al pasaje entre géneros. Esta dispersión de diletante consecuente no hace mella en el pulso narrativo, ni en el tono, que sostiene la intensidad a lo largo del relato y cuyas modulaciones el traductor ha sabido no sólo escuchar, sino también dotar de armónicos y timbres que ensanchen el campo de expresión de la lengua. Conviene leer este ensayo en tándem con 24/7, de Jonathan Crary, cuya alarmante tesis sostiene que están dadas las condiciones para que el dormir, último reducto que resiste la intrusión del capitalismo, finalmente sea conquistado. Pero por más esfuerzos que la humanidad realice por aplazarla, atenuarla o cancelarla, la noche sobreviene, impertérrita, y revela la futilidad de ciertas acciones; porque como dice el poeta: “Se empieza a saber / que sólo sirven las lámparas / que congregan a las sombras”. La de Álvarez alumbra como pocas.

 

Al Álvarez, La noche. Una exploración de la vida nocturna, el lenguaje de la noche, el sueño y los sueños, traducción de Marcelo Cohen, Fiordo, 2018, 312 págs.

6 Dic, 2018
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