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Hay cosas que siempre se supieron, aun sin querer saberse, y siempre se dijeron, aunque se dijeran bajo las formas del relato mítico, o de la construcción de un espacio indefinible entre pesadilla o realidad, o de la confusión de pensamientos en un estado emocional alterado. Los límites muchas veces borrosos entre amor y abuso, entre consentir y no hacerlo, entre sumisión y respeto, entre pasión y propiedad privada de los cuerpos familiares, entre ausencia e idealización de aquel a quien se ama, por tratar de nombrar algunos. Y para decir sin decir, no hay como cierta literatura entre los siglos XVIII y XIX: una retórica encendida, tensada; tan tensada entre extremos que a veces cansa y toca su propio manierismo. Y sin embargo conmueve en su búsqueda de, justamente, estados intermedios, salidas impensadas, mundos siempre alternativos a la sociedad burguesa y, sobre todo, a los valores del capitalismo y la industrialización.
El romanticismo fue ese ímpetu, aunque ahora se lo reduzca muchas veces, en un recorte que se repite sin pensar y que no le hace justicia, a la simple exacerbación del yo: fue rebeldía contra un estado de cosas que filósofos y escritores veían crecer y asentarse; fue rechazo de una sociedad embrutecida por el afán de lucro y de ascenso social por el solo expediente del dinero; fue deseo de otra vida, una que uniera ética, estética y amor incondicional como lo que no tiene precio. Y en ese mismo anhelo encontró esas fronteras borrosas, y los extremos turbios y morbosos del terror, lo desconocido, la muerte, la culpa, la perversión.
Es en una de esas líneas zigzagueantes donde Mary Shelley ubica esta novela. Hay aquí una mujer cuya vida novelesca es una sucesión de desdichas; hay el perfil del que no es amado y por eso se entrega sin resguardos al amor; hay un dolor que no se anima a nombrarse y se bordea todo el tiempo. Interesante ambigüedad que escamotea el núcleo de la narración (los hechos) para darnos estados de conciencia torturados, un lenguaje también algo retorcido en su combinación de extremos, siempre intensos, y una historia siempre y jamás contada: la de una mujer desdichada por amor, confundida entre ese sentimiento y su contrario, una mujer que se siente —o a quien hacen sentir— culpable de lo que siente un hombre, sobre todo si lo que este siente es inapropiado y la destruye. Entre estas complejidades, lo inaudito para la época, y que es el núcleo romántico en la literatura escrita por mujeres en esa época: es una mujer la que rehúye la sociedad, la que quiere vivir sola, la que no quiere ni amor ni redención, la que piensa y escribe. “A mi alrededor nadie sabía lo que ocurría realmente. Solo veían a una criatura desdichada con el alma rota […]. Alguien que necesitaba la soledad, que se encogía ante la compañía y que ¡ah, sí! nunca sonreía. Así que me escapé. Dejé la casa de mi tutor, y de mí nunca más se supo”.
Se ha dicho que la novela es autobiográfica: puede o no serlo, pero eso no es importante. Lo interesante es que un texto de 1819 (estuvo perdido durante casi un siglo y medio antes de publicarse) dice lo que tantas mujeres están diciendo hoy en día, y que, por el hecho de no decirlo con un lenguaje directo, casi brutal, sino con la retórica literaria de su tiempo, lo dice mejor, es decir, lo hace vivir a quien lee, como lo que siempre fue: una confusión donde los límites entre el deseo y su contrario se difuminan, hasta hacer la vida de esa mujer imposible de ser vivida.
Mary Shelley, Mathilda, traducción de María Mazzocchi, Mar de Fondo, 2025, 124 págs.
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