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TEATRO

Una de tantas: Ricardo III (Horacio Marassi), con piedad cristiana, lava las patas de un osito cariñoso tamaño humano (Alejandro Vizzotti). Fácil decirlo. Ponerlo en escena es otro tema. La escena es parte de El año de Ricardo, una reversión del Ricardo III de Shakespeare, ese que el Bardo de Avon inmortalizó deforme y perverso. Un siglo XXI desencantado con las promesas democráticas, pero también conocedor de lo terrible de las salidas dictatoriales, se permite leerlo distinto. Ricardo, déspota por excelencia, alberga al menos una virtud que cotiza fuerte: miente con honestidad, a sabiendas, sin creerse ni pretender que creamos sus propias mentiras.

A modo de epígrafe, el osito cariñoso (todavía sin su cabeza falsa) nos lee unos pasajes del Eclesiastés. Texto sapiencial, protoexistencialista, que nos recuerda cómo todo es vanidad. La concepción del tiempo del Eclesiastés es cíclica, de eterno retorno, casi a contrapelo del resto de la Biblia. “Nada habrá que antes no haya habido; nada se hará que antes no se haya hecho. ¡No hay nada nuevo bajo el sol!” (Ec 1:9). El tiempo signado por la repetición es el tiempo sagrado, en el que los rituales se repiten. Allí, Ricardo III se cruza con Franco y también con cualquier otro tirano que podamos imaginar. La historia retumba en eco, el sonido distorsionado de una canción en loop. La invocación del Eclesiastés nos sumerge en el tiempo sagrado que es, también, el del ritual del teatro, donde asistimos a la destrucción de un cuerpo.

Catesby, el cariñosito de la puesta, es el contrapunto con el que Ricardo pone en escena el eterno juego shakesperiano de bufones y reyes en el que uno termina por preguntarse quién maneja a quién. Catesby, prácticamente mudo, arenga al público con gestos de autómata, pero también recibe el lavado de pies y consuela a su dictador en una de las escenas más logradas del conjunto. ¿Quién maneja, entonces, a quién?

Ricardo es una obra de reiteraciones, eso está también enfatizado desde la escenografía donde destaca una docena de sillas plateadas. Aquí no hay trono o, peor, hay demasiados. Ricardo pasea sus regias nalgas entre todos estos. El poder se mueve, los espacios se llenan y, sin embargo, siempre está el vacío repetido de las sillas en el que manda un deseo de objeto imposible.

Hay, también, una cantante (Magdalena Huberman). Se escuchan temas de Elvis Presley, de Leonard Cohen, de los Pixies y muchos otros. Lo masivo y lo indie dan un ambiente de fin de fiesta, Ricardo y Catesby bailan hasta agotarse, el desgaste de los cuerpos en presente propio del teatro. Asistimos a una fiesta clandestina (con todas las medidas sanitarias) en la que los cuerpos agotados son metáfora de la vida que se destruye y regenera.

La textualidad de Liddell está lejos de ser una receta de cocina, no dice cómo debe resolverse su planteo ni desde lo ético ni desde lo escénico. Ese es el desafío enorme que toman Mariano Stolkiner desde la dirección y su grupo de actores: le ponen el cuerpo a este imposible y lo llevan a buen puerto. Hay marcas reconocibles de las puestas posdramáticas: proyecciones, micrófonos, bailes, pero el ritual no sólo repite, sino que resignifica para el aquí y ahora, busca formas de interpelarnos en presente. Ricardo va a caer, eso es tan necesario como que un año finalice. Hasta 2020 se terminó. Y, sin embargo, durante esa hora y media que comprime el año y que, por extensión, comprime el tiempo sagrado, uno verá todo el destino en el que Ricardo caerá no por sus excesos sino por su propia ternura, por conmoverse, por permitirse ser débil después de ser aberrante. Angustiado por sus fantasmas, Ricardo va a caer, pero no lo hará sin pelea. Y es esa lucha frenética, llevada a cabo por gente valiente, la que uno quiere ver en el teatro. Ese teatro independiente cuya subsistencia, en las condiciones en las que lo conocíamos, está comprometida como nunca. En medio de toda esa destrucción, surge un nuevo Ricardo. Y nos pone de vuelta ese espejo del poder. Y nos muestra, de vuelta, lo que pueden los cuerpos en el teatro.

 

El año de Ricardo, dramaturgia de Angélica Liddell, adaptación y dirección de Mariano Stolkiner, Teatro El Extranjero, Buenos Aires.

11 Feb, 2021
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